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Pasion de Pareja Ardiente

6551 palabras

Pasion de Pareja Ardiente

El sol se ponía sobre el lago de Valle de Bravo, tiñendo el agua de un naranja intenso que se reflejaba en los ojos de Javier mientras cargaba las maletas hacia la cabaña. Yo, Ana, lo seguía con una sonrisa pícara, sintiendo ya ese cosquilleo en el estómago que siempre me invade cuando estamos solos, lejos del ruido de la ciudad. Habíamos planeado este fin de semana para reconectar, para dejar que la pasión de pareja que nos unía desde hace cinco años ardiera sin frenos. El aire olía a pino fresco y a tierra húmeda, mezclado con el humo lejano de alguna fogata vecina. Javier, con su camiseta ajustada marcando esos músculos que tanto me gustan, se volteó y me guiñó el ojo.

Qué wey tan chido es este carnal mío, pensé mientras entrábamos. La cabaña era perfecta: madera rústica, una chimenea lista para encenderse y una cama king size con vistas al lago. Preparamos tacos de carnitas que compramos en el camino –esa carne jugosa, crujiente por fuera y tierna por dentro, con cilantro fresco y cebolla morada que picaba en la lengua–. Nos sentamos en la terraza, con unas chelas frías sudando en las manos. Javier me contaba anécdotas del trabajo, riendo con esa voz grave que me eriza la piel, y yo lo miraba, notando cómo el sudor le perlaba el cuello después de descargar todo.

–Neta, Ana, verte así, con ese vestido floreado que se te pega a las curvas... me estás volviendo loco –dijo, acercando su silla a la mía.

Mi corazón latió más fuerte. Extendí la mano y le rocé el muslo, sintiendo el calor de su piel a través del short.

Esta noche va a ser nuestra, solo nuestra
, me dije. Cenamos despacio, saboreando cada bocado, pero la tensión crecía como una tormenta en el horizonte. El sol se ocultó, dejando un cielo estrellado que parecía guiñarnos.

Después de la cena, pusimos música en el Bluetooth: una rola de José Alfredo Jiménez, suave, ranchera, que nos hacía movernos al ritmo. Javier me jaló hacia él en la sala, sus manos grandes en mi cintura. Bailamos pegaditos, mi pecho contra el suyo, sintiendo su corazón galopando igual que el mío. Olía a su colonia mezclada con el sudor masculino, un aroma que me moja las bragas sin remedio. Sus labios rozaron mi oreja.

–Te deseo tanto, morra. Desde que salimos de la casa no paro de imaginarte gimiendo debajo de mí.

Me reí bajito, juguetona. –Pos vente, pendejo, a ver si puedes conmigo. Lo besé primero, un beso lento que sabía a cerveza y a carnitas, explorando su lengua con la mía. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretándolas firme, y yo gemí contra su boca. La pasión de pareja que siempre ha sido nuestro secreto se encendía como yesca seca.

Nos fuimos a la cama sin prisa, pero con urgencia en los ojos. Javier me quitó el vestido con delicadeza, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sus labios en mi clavícula, en mis pechos, chupando mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Yo arqueé la espalda, oliendo las sábanas frescas de lavanda que contrastaban con el calor de nuestros cuerpos. Qué rico se siente su boca, pensé, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto.

Él se arrodilló entre mis piernas, mirándome con esos ojos cafés intensos. –Déjame probarte, mi reina. Quiero que te vengas en mi cara.

Asentí, abriéndome para él. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo despacio al principio, círculos suaves que me hacían jadear. El sonido de su succión era obsceno, húmedo, mezclado con mis gemidos que rebotaban en las paredes de madera. Sentía el calor de su aliento, el roce de su barba incipiente en mis muslos internos, raspando delicioso. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. No aguanto más, Javier, fóllame ya, supliqué en mi mente, pero en voz alta solo atiné a decir:

–¡Ay, wey, qué chingón eres! No pares...

Él levantó la vista, con los labios brillando de mis jugos. –Aún no, amor. Quiero que lo sientas todo.

La tensión subía como la marea del lago en tormenta. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordisqueando mis nalgas redondas. Sus manos masajeaban, separaban, y de pronto sentí su lengua en mi ano, un lametón juguetón que me hizo gritar de placer.

Este hombre sabe cómo volverme loca
. Me puse de rodillas, ofreciéndole todo, y él se acomodó detrás, frotando su verga dura contra mí. La sentía palpitante, gruesa, la punta mojada rozando mi entrada.

–Dime que la quieres, Ana –gruñó, con voz ronca.

–Sí, carajo, métemela toda. Hazme tuya.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí fuerte, sintiendo cada vena, cada pulso de su polla dentro de mí. El slap de sus caderas contra mis nalgas resonaba, rítmico, como un tambor azteca. Sudábamos, el olor a sexo llenaba la habitación: almizcle, sal, deseo puro. Él me jalaba el pelo suave, no para dominar, sino para que sintiera esa conexión profunda, esa pasión de pareja que nos hace uno solo.

Cambié de posición, montándolo ahora. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones mientras yo rebotaba, cabalgándolo como una diosa. Veía su cara de éxtasis, los músculos de su pecho tensos, el sudor corriendo por su abdomen marcado. Eres mío, Javier, todo mío. Aceleré, sintiendo el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre. Él me ayudaba, embistiendo desde abajo, profundo, golpeando justo en mi G.

–Me vengo, amor... ¡Me vengo! –grité, y exploté, contrayéndome alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas. Javier rugió, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos que sentía adentro, marcándome.

Colapsamos juntos, jadeantes, envueltos en sábanas revueltas. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi hombro. El lago susurraba afuera, la chimenea crepitaba que habíamos encendido antes. Olía a nosotros, a felicidad compartida.

–Te amo, Ana. Esta pasión de pareja es lo mejor que me ha pasado –murmuró, con voz somnolienta.

Yo sonreí en la oscuridad, trazando círculos en su pecho.

Mañana repetimos, wey. Y el día siguiente también
. Nos quedamos así, entrelazados, con el corazón latiendo al unísono, sabiendo que esto era solo el principio de un fin de semana inolvidable. La noche nos arrulló, prometiendo más fuego, más unión, más de nosotros.

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