Vida Pasión y Muerte Desnuda de Federico García Lorca
La noche en mi depa de Polanco se sentía cargada de ese calor pegajoso que invita a quitarse la ropa. Yo, Ana, acababa de llegar de la uni donde doy clases de literatura, con el cuerpo todavía vibrando de las palabras de Federico García Lorca. Ese güey escribía como si el mundo se le acabara en cada verso, lleno de fuego y carne. En mi repisa, destacaba el libro VIDA PASIÓN Y MUERTE DE FEDERICO GARCÍA LORCA, una edición vieja que olía a papel amarillento y recuerdos.
Javier entró como huracán, con su camisa entreabierta dejando ver el pecho moreno y sudoroso. Era mi carnal, mi amante de hace meses, un arquitecto chingón que me hacía sentir viva con solo una mirada. "¿Qué onda, mamacita?" me dijo, besándome el cuello mientras sus manos bajaban por mi espalda. Olía a colonia cara mezclada con el humo de la ciudad, y su aliento cálido me erizó la piel.
Me jaló hacia el sillón de cuero, que crujió bajo nuestro peso. "Mira esto", le dije, señalando el libro. Él lo tomó, hojeándolo con dedos largos y fuertes. "Vida pasión y muerte", leyó en voz alta, su voz grave retumbando en mi pecho como un tambor. Sentí un cosquilleo entre las piernas, como si Lorca mismo nos estuviera susurrando secretos prohibidos.
¿Por qué carajos este libro siempre me pone caliente? Es como si las palabras de ese poeta andaluz se metieran en mi sangre, avivando un fuego que solo Javier sabe apagar.
La luz tenue de las velas parpadeaba sobre su rostro, haciendo que sus ojos brillaran con picardía. Me acerqué más, rozando mi muslo contra el suyo. Él sonrió, esa sonrisa de pendejo que me derrite. "Lorca era un cabrón apasionado, ¿verdad? Como nosotros". Sus labios capturaron los míos, un beso lento al principio, saboreando el tequila que habíamos compartido antes. Su lengua danzaba con la mía, dulce y áspera, mientras sus manos subían por mis chichis, apretando suave pero firme.
El aire se llenó del aroma de nuestra excitación, ese olor almizclado que me vuelve loca. Me quité la blusa con prisa, dejando que mis senos se liberaran, los pezones ya duros como piedras bajo su mirada hambrienta.
Nos movimos al cuarto, tropezando con la alfombra persa que tanto me gustaba. Javier me empujó contra la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que se sentían como caricia de seda. Se arrodilló frente a mí, besando mi ombligo, bajando despacio por mi vientre. "Te voy a devorar, nena", murmuró, y su aliento caliente en mi piel me hizo arquear la espalda.
Sus dedos desabrocharon mis jeans, deslizándolos por mis caderas junto con las tangas de encaje. El roce de la tela contra mi monte de Venus me arrancó un gemido. Estaba empapada, mi concha palpitando de anticipación. Él inhaló profundo, como si mi aroma fuera el mejor perfume. "Hueles a pecado, Ana". Su lengua trazó un camino ardiente por mis muslos internos, lamiendo el sudor salado hasta llegar a mi clítoris hinchado.
¡Chingado, qué rico! Cada lamida es como un verso de Lorca explotando en mi cuerpo. Vida, pasión... y ahora, esta muerte deliciosa del control.
Me abrió las piernas con gentileza, sus ojos fijos en los míos pidiendo permiso. Asentí, mordiéndome el labio. Su boca se cerró sobre mi botoncito, chupando suave al principio, luego con más hambre. Sentí su barba raspando mis labios mayores, un contraste delicioso con la suavidad de su lengua girando en círculos. Mis caderas se movían solas, follándome su cara mientras jadeaba. El sonido de mis jugos siendo lamidos llenaba la habitación, húmedo y obsceno.
Pero no quería correrme todavía. Lo jalé por el pelo, obligándolo a subir. "Quítate todo, cabrón", le ordené, mi voz ronca de deseo. Él obedeció riendo, sacándose la camisa y los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando al techo con la punta brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero debajo. La masturbe despacio, viendo cómo sus bolas se contraían.
"Lee algo de Lorca mientras te la chupo", le pedí, empujándolo a la cama. Él tomó el libro de la mesita, abriéndolo al azar. Mientras su voz recitaba versos de pasión gitana, yo me incliné y lamí la cabeza de su pinga, saboreando el gusto salado y ligeramente amargo. La chupé hondo, hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca. Sus palabras se entrecortaban con gemidos: "¡Ay, amor... que tus besos!".
El ritmo aumentó. Él dejó el libro, tirándolo al piso con un thud sordo. Me volteó boca arriba, posicionándose entre mis piernas. Su verga rozó mi entrada, untándose de mis mieles. "¿Lista para la muerte, mi vida?", susurró, parodiando el título. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Grité de placer, mis uñas clavándose en su espalda musculosa.
Nos follamos con furia contenida al principio, sus embestidas profundas tocando ese punto dentro de mí que me hace ver estrellas. El slap slap de piel contra piel resonaba, mezclado con nuestros jadeos y el chirrido de la cama. Sudábamos a chorros, el olor de sexo impregnando todo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis chichis rebotando mientras giraba las caderas. Él me amasaba el culo, azotando suave. "¡Qué chingona eres, Ana! ¡Me vas a matar!".
Esto es la pasión pura, como en las páginas de ese libro. Vida en cada roce, pasión en cada penetración, y la muerte... la pequeña muerte del orgasmo que se acerca.
Sus manos en mi cintura guiaban el ritmo, más rápido, más duro. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre. Él se sentó, abrazándome, chupando mis pezones mientras yo rebotaba. Nuestros cuerpos pegados, resbalosos de sudor, corrompían el aire con gemidos cada vez más altos. "Vente conmigo, amor", gruñó, y eso fue todo.
Exploté primero, mi concha contrayéndose alrededor de su verga como un puño, chorros de placer saliendo de mí. Él rugió, llenándome con su leche caliente, pulso tras pulso. Nos quedamos temblando, unidos, mientras las réplicas nos sacudían.
Después, en el afterglow, nos tendimos lado a lado, jadeando. El libro yacía abierto en el piso, como testigo mudo. Javier me besó la frente, su mano acariciando mi vientre. "La vida pasión y muerte de Federico García Lorca nunca se sintió tan real", dijo riendo bajito.
En sus brazos, encontré mi propia versión: vida en el deseo, pasión en el acto, y una muerte dulce que renace cada vez que nos tocamos.
Nos dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, con el aroma de nuestro amor flotando en la noche mexicana.