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Ryan Gosling en Mi Diario de una Pasion

7683 palabras

Ryan Gosling en Mi Diario de una Pasion

Estaba sola en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando bajito y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Afuera, el tráfico de la Ciudad de México rugía como siempre, pero adentro todo era calma. Me recosté en el sofá, con las luces bajas, y puse Diario de una Pasion, esa película que me volvía loca cada vez que la veía. Ryan Gosling en la pantalla, con esos ojos azules que te clavan el alma, esa sonrisa pícara que promete tormentas de placer. Carajo, pensé, mientras sentía un calor subiendo por mis muslos. Su voz grave narrando el diario, hablando de amores eternos, me hacía mojarme sin remedio.

Agarré mi libreta, mi diario personal, y empecé a escribir con la pluma temblando en la mano.

Querido diario, hoy Ryan Gosling de Diario de una Pasion me tiene al borde. Imagino sus manos grandes recorriendo mi piel, su aliento caliente en mi cuello. ¿Cuándo tendré un hombre así, que me haga sentir viva?
Cerré los ojos, tocándome despacito por encima del short, el roce de la tela contra mi piel erizada mandándome chispas. Pero el deseo no se saciaba con fantasías. Necesitaba algo real, algo que oliera a hombre, que palpitara contra mí.

Me arreglé rápido: un vestido negro ceñido que marcaba mis curvas, tacones altos que resonaban en el piso de madera, y un perfume dulce de vainilla que atraía miradas. Salí al bar de la esquina, El Cantina Urbana, lleno de luces neón y risas. Pedí un margarita helado, el sal en los labios picándome la lengua, cuando lo vi. Alto, rubio, con esa mandíbula perfecta y ojos que brillaban como los de él. Puta madre, era Ryan Gosling en carne y hueso, salido de Diario de una Pasion. Se acercó con una cerveza en la mano, su colonia amaderada invadiendo mi espacio.

—¿Puedo invitarte otra? —dijo con voz ronca, como si hubiera nacido en Texas pero con un toque mexicano en el acento. Se llamaba Diego, pero yo ya lo bautizaba en mi mente como mi Ryan personal.

—Claro, wey. Pero solo si me cuentas tu historia —le contesté, mordiéndome el labio, sintiendo el pulso acelerarse en mi cuello.

Charlamos horas, sus risas graves vibrando en mi pecho, sus dedos rozando los míos al pasar el salero. Hablaba de viajes por la Riviera Maya, de atardeceres en la playa que olían a sal y coco. Yo le conté de mi trabajo en diseño, pero en realidad pensaba en cómo se sentiría su boca en la mía. La tensión crecía, el aire entre nosotros cargado de electricidad, como antes de una tormenta en el DF.

Al final de la noche, su mano en mi cintura, cálida y firme, me guió a la salida. —¿Vienes conmigo? Tengo un depa cerca, con vista al Parque México —susurró, su aliento con sabor a tequila rozando mi oreja. Asentí, el corazón latiéndome como tambor.

Acto dos: la escalada

En su depa, las luces tenues pintaban sombras en las paredes blancas, y el balcón abierto dejaba entrar la brisa fresca de la medianoche, mezclada con el aroma de jazmines del parque. Nos sentamos en el sofá de piel suave, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. Hablamos más, profundos. Le conté de mis miedos, de relaciones que se enfriaron como tacos recalentados. Él confesó que buscaba una pasión de esas que te queman por dentro, como en las películas.

—¿Sabes? Me recuerdas a Ryan Gosling en Diario de una Pasion —le dije, riendo nerviosa, mi mano temblando al posarla en su rodilla.

—¿Ah sí? Entonces déjame ser tu Noah —respondió, con esa sonrisa que me derritió. Se inclinó lento, sus labios capturando los míos en un beso suave al principio, explorando, saboreando el margarita en mi lengua. El beso se volvió hambriento, sus manos grandes en mi nuca, tirando de mi pelo con esa fuerza justa que me hacía gemir bajito.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, mi vestido subiéndose por los muslos, exponiendo mi piel al aire fresco. Me llevó a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frías contra mi espalda ardiente. Se quitó la camisa, revelando un pecho definido, vello rubio que pedía ser tocado. Olía a jabón y deseo puro, ese olor almizclado que inunda las fosas nasales.

Chingao, estás cañón —murmuré, mis uñas arañando su espalda mientras él besaba mi cuello, chupando la piel hasta dejar marcas rosadas. Sus manos bajaron mi vestido, liberando mis chichis, los pezones duros como piedras bajo su lengua húmeda. Lamía círculos lentos, mordisqueando suave, mandándome ondas de placer directo a mi centro. Yo arqueaba la espalda, el sonido de mi respiración jadeante llenando la habitación, mezclada con sus gruñidos graves.

Pero no era solo físico. En mi mente, luchaba:

¿Esto es real o solo una noche? ¿Puedo dejarme llevar sin romperme después?
Él lo sentía, paraba para mirarme a los ojos. —Esto es nuestro, Ana. Déjate sentir —decía, y sus palabras me abrían como una llave.

Desabroché su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitando en mi mano. La piel suave sobre el acero, venas marcadas que latían al ritmo de su pulso. La lamí desde la base, saboreando el gusto salado de su pre-semen, mientras él gemía pinche rica. Lo chupé profundo, mi boca llena, garganta relajada, sus caderas moviéndose despacio, respetando mi ritmo. El sonido húmedo de mi succión, sus jadeos, el olor de su excitación... todo me volvía loca.

Me volteó, besando mi panza, bajando hasta mi concha empapada. Separó mis labios con los dedos, sopló aire caliente que me erizó toda, y hundió la lengua en mi clítoris. ¡Madre santa! Lamía con maestría, círculos firmes, succionando mi jugo dulce y salado. Mis muslos temblaban, apretando su cabeza, mis manos enredadas en su pelo rubio. El orgasmo se acercaba, una ola creciendo en mi vientre, pero lo paré. —Adentro, Diego. Te quiero dentro.

Acto tres: la liberación

Se puso un condón rápido, su verga brillando de mi saliva, y se hundió en mí despacio, centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo, un ardor delicioso que se volvía éxtasis. Nuestros cuerpos chocaban, piel sudada resbalando, el slap slap de carne contra carne resonando como música. Él embestía profundo, girando caderas para rozar mi punto G, sus bolas golpeando mi culo.

—¡Más fuerte, pendejo! —le grité, clavando uñas en su espalda, el dolor mezclándose con placer. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo impregnando el aire, sus gruñidos en mi oído como rugidos salvajes. Yo lo monté después, cabalgando su polla, mis chichis rebotando, él amasándolos con manos callosas. El clímax nos golpeó al unísono: mis paredes contrayéndose alrededor de él, chorros de placer escapando, su verga hinchándose al correrse dentro del látex.

Colapsamos, jadeantes, su peso cálido sobre mí, corazones latiendo al unísono. Besos suaves post-sexo, lenguas perezosas, piel pegajosa enfriándose. —Eres mi pasión —me dijo, acariciando mi pelo.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, saqué mi diario del bolso. Escribí con mano temblorosa:

Hoy viví mi propio Diario de una Pasion con un Ryan Gosling de carne y hueso. Diego, mi wey perfecto. Esto no termina aquí.
Él dormía a mi lado, su respiración rítmica como una promesa. Me acurruqué contra su pecho, oliendo a nosotros, sabiendo que el deseo renacería con el próximo beso.

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