Pasión y Poder Capítulo 131
La noche en el penthouse de Polanco se sentía cargada de electricidad, como si el skyline de la Ciudad de México conspirara para avivar el fuego que ardía entre nosotros. Yo, Ana Velázquez, dueña de una cadena de hoteles de lujo, acababa de cerrar un trato millonario que me ponía un paso más cerca de dominar el mercado. Pero el verdadero poder, el que me hacía temblar de anticipación, estaba frente a mí: Rodrigo Salazar, mi rival en los negocios y mi amante secreto desde hace meses. Pasión y poder capítulo 131, pensé mientras lo veía recargado en la barra de mármar, con su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro de su pecho. Era como si cada encuentro nuestro fuera un capítulo más en esta saga interminable de deseo y dominio.
El aroma del tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con su colonia amaderada que siempre me volvía loca. Me acerqué con mi vestido rojo ceñido, tacones resonando en el piso de parquet como un desafío. “¿Qué pasa, Salazar? ¿Vienes a felicitarme por el contrato o a intentar quitármelo?” le dije con una sonrisa pícara, mi voz ronca por la emoción. Él giró, sus ojos cafés oscuros devorándome de arriba abajo, y se acercó hasta que su aliento cálido rozó mi oreja.
“Felicidades, reina. Pero sabes que en este juego de pasión y poder, yo siempre tengo la última palabra”, murmuró, su mano grande posándose en mi cintura, dedos firmes apretando la tela como si quisiera fundirla conmigo. Sentí un escalofrío subir por mi espina, el calor de su palma traspasando el vestido hasta mi piel. Neta, este pendejo sabía cómo encenderme con solo una mirada.
¡Dios, cómo lo deseo! Cada vez que nos vemos, es como si el mundo se redujera a su cuerpo fuerte, a esa forma en que me hace sentir invencible y vulnerable al mismo tiempo.
Acto uno apenas empezaba. Lo empujé juguetona contra la barra, nuestras copas tintineando. Bebimos un trago lento, el líquido quemando garganta abajo, mientras sus labios rozaban los míos en un beso fugaz, prometedor. “Prueba esto, Ana”, dijo, untando un dedo en tequila y llevándolo a mi boca. Lo chupé despacio, saboreando la sal de su piel mezclada con el agave, mis ojos clavados en los suyos. El deseo inicial era como una chispa: sutil, pero lista para explotar.
Nos movimos al sofá de piel italiana, el más grande del salón, con vista al Ángel de la Independencia iluminado. Me sentó en su regazo, mis muslos abriéndose a horcajadas sobre él. Sus manos subieron por mis piernas, callosas por años de gym y negocios duros, masajeando la carne suave hasta el borde de mis panties de encaje. “Estás mojada ya, ¿verdad, mi amor? Dime que sí”, gruñó, su voz grave vibrando contra mi cuello. Olía a hombre puro, sudor fresco y deseo crudo. Asentí, mordiéndome el labio, el pulso latiéndome en las sienes.
La tensión crecía con cada caricia. Le quité la camisa, mis uñas arañando ligeramente su torso definido, sintiendo los músculos contraerse bajo mis dedos. Él desabrochó mi vestido con maestría, dejándolo caer como una cascada roja. Mis senos quedaron expuestos al aire fresco del AC, pezones endureciéndose al instante. “Qué chulos son”, susurró, tomándolos en sus manos grandes, pulgares girando sobre las puntas sensibles. Gemí bajito, el sonido escapando sin control, mientras su boca bajaba a lamer uno, succionando con hambre. El placer era eléctrico, rayos bajando directo a mi centro, donde el calor palpitaba insistente.
Pero no era solo físico. En mi mente bullían los recuerdos: cómo nos conocimos en una junta de accionistas, él tratando de sabotear mi expansión, yo contraatacando con seducción calculada. Ahora, en este capítulo de nuestra historia privada, el poder se equilibraba en la cama. “No me rendiré tan fácil, Rodrigo”, jadeé, bajando mi mano a su pantalón, sintiendo su verga dura presionando contra la tela. La desabroché, liberándola: gruesa, venosa, latiendo en mi palma. Él siseó entre dientes, caderas empujando hacia arriba. “Muéstrame entonces quién manda, Ana”.
El medio acto se volvía intenso. Lo empujé al sofá, arrodillándome entre sus piernas. El olor almizclado de su excitación me golpeó, embriagador. Lamí la punta despacio, saboreando la gota salada de precum, mi lengua trazando venas hasta la base. Él enredó dedos en mi cabello, no forzando, solo guiando con gemidos roncos: “¡Órale, qué rico, no pares!”. Lo tragué más profundo, garganta relajándose por práctica, mis manos masajeando sus bolas pesadas. El sonido húmedo de mi boca llenaba la habitación, mezclado con su respiración agitada y el tráfico lejano de Reforma.
Me levantó de golpe, besándome con furia, saboreando su propio gusto en mis labios. Me recostó, quitándome las panties de un tirón suave. Sus dedos exploraron mi coño empapado, separando labios hinchados, frotando el clítoris con círculos precisos. “Estás chorreando, preciosa. Todo para mí”. Entró dos dedos, curvándolos contra mi punto G, bombeando lento al principio, luego rápido. Grité, arqueándome, uñas clavándose en sus hombros. El orgasmo se acercaba como una ola, pero lo frené: “Adentro, cabrón. Quiero sentirte todo”.
Se colocó entre mis piernas, la cabeza de su verga rozando mi entrada, lubricada y ansiosa. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. “¡Ay, qué grande estás! Lléname”, supliqué, piernas envolviéndolo. Comenzó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, piel chocando contra piel con palmadas húmedas. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos, el olor a sexo impregnando el aire. Sus caderas giraban, golpeando ángulos perfectos, mientras besaba mi cuello, mordisqueando suave.
Esto es el poder verdadero: entregarnos sin reservas, sabiendo que al final, los dos ganamos.
La intensidad escalaba. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como amazona. Mis tetas rebotaban con cada bajada, sus manos amasándolas. “¡Sí, rómpeme, Rodrigo! Más fuerte”. Él empujaba desde abajo, gruñendo mi nombre, venas de su cuello hinchadas. El clímax nos alcanzó juntos: yo primero, convulsionando alrededor de él, coño apretándolo en espasmos, gritando su nombre mientras luces explotaban detrás de mis párpados. Él siguió, corriéndose dentro con un rugido gutural, calor inundándome, pulso tras pulso.
Acto final: el afterglow. Colapsamos entrelazados, respiraciones sincronizándose. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Besé su frente sudorosa, saboreando sal. “Esto fue pasión y poder capítulo 131, mi rey. ¿Listo para el 132?”. Él rio bajito, vibrando contra mí. “Siempre, Ana. Tú mandas en mi cama”.
Nos quedamos así, piel pegada, el skyline testigo mudo. En ese momento, no había juntas ni rivales; solo nosotros, empoderados por el placer mutuo. El poder de la pasión nos unía más que cualquier contrato, dejando un eco dulce de promesas futuras.