Relatos Prohibidos
Inicio Sexo con Maduras A la UNAM Pasión Infinita Letra A la UNAM Pasión Infinita Letra

A la UNAM Pasión Infinita Letra

7210 palabras

A la UNAM Pasión Infinita Letra

Tú caminas por los pasillos de Ciudad Universitaria, el sol de México cayendo a plomo sobre las torres de concreto y los murales vibrantes de O´Gorman. El aire huele a jacarandas en flor y a tacos de canasta que venden los ambulantes cerca de la entrada principal. Eres Ana, estudiante de literatura en la UNAM, con veintitrés años y un cuerpo que se mueve con la gracia de quien sabe que despierta miradas. Tus jeans ajustados marcan tus curvas, y la blusa ligera deja ver el encaje de tu brasier negro. Llevas el cabello suelto, negro como la noche mexicana, y en tu mochila, un cuaderno lleno de versos que sueñas publicar algún día.

Entras a la biblioteca central, ese templo de silencio donde el polvo de los libros viejos se mezcla con el aroma de café de las máquinas expendedoras. Buscas un rincón apartado para estudiar, pero te topas con él: Diego, el güey de la facultad de filosofía, alto, moreno, con ojos cafés que parecen pozos sin fondo y una sonrisa pícara que dice te voy a comer con la mirada. Lo has visto antes en las asambleas estudiantiles, gritando consignas contra el sistema, con esa voz grave que te eriza la piel.

Órale, Ana, ¿qué onda? ¿Ya te cansaste de los pinches ensayos? —te dice, acercándose con un libro en la mano, su colonia fresca invadiendo tu espacio personal.

Tú sonríes, sientes un cosquilleo en el estómago.

¿Por qué este pendejo me pone así? Solo con su voz ya me imagino sus manos en mi cintura.
Le contestas con un guiño:

—Simón, carnal. Necesito un break. ¿Y tú qué, filosofando sobre el amor o qué?

Se ríe, un sonido ronco que reverbera en tu pecho. Se sientan juntos en una mesa apartada, las luces fluorescentes parpadeando sobre sus cabezas. Hablan de todo: de Sabines y sus poemas que queman el alma, de las marchas en el Zócalo, de cómo la UNAM es más que ladrillos, es un latido vivo. Él saca un papel arrugado de su bolsillo.

—Mira esto, lo escribí anoche pensando en este lugar. A la UNAM pasión infinita letra. Es como un manifiesto, ¿no? Pasión infinita por estos muros, por la gente que late aquí dentro.

Tú lees las líneas garabateadas, su letra firme y apasionada. Sientes un calor subir por tus muslos al imaginar esas palabras dedicadas a ti. La tensión crece con cada frase que comparten, sus rodillas rozándose bajo la mesa, accidentales al principio, intencionales después. El roce de su pierna contra la tuya es eléctrico, como un rayo en la tormenta de mayo.

Salen juntos al atardecer, caminando por el bosque de la UNAM, donde los pájaros cantan y el viento trae olor a tierra húmeda. Se sientan en una banca cerca del lago artificial, el agua reflejando las luces de las torres. Diego te mira fijo, su mano rozando la tuya.

—Ana, desde que te vi en la primera asamblea, supe que eras fuego puro. ¿Quieres saber qué más escribí en esa letra?

Tu pulso se acelera, el corazón latiéndote en las sienes.

Chin güey, si me besa ahora, me derrito como helado en el asfalto del DF.
Asientes, y él se inclina, sus labios capturando los tuyos en un beso lento, profundo. Su boca sabe a chicle de tamarindo y a deseo crudo. Sus lenguas se enredan, explorando, mientras sus manos suben por tu espalda, apretándote contra su pecho firme.

El beso se intensifica, tus pechos presionados contra él, sintiendo sus músculos tensos bajo la camisa. Jadeas cuando su mano baja a tu nalga, amasándola con fuerza juguetona.

—Eres una chulada, Ana. Vamos a mi depa, está cerca, en Copilco.

Dices que sí, el deseo ardiendo en tu vientre como tequila puro.

En su departamento pequeño pero chido, con posters de Frida y posters de rock en zapopazo, el aire huele a incienso de copal y a su sudor masculino. Cierran la puerta y se devoran de nuevo. Tú lo empujas al sofá, quitándole la camisa con urgencia. Su piel bronceada brilla bajo la luz tenue, el vello en su pecho invitándote a recorrerlo con las uñas.

Quítate eso, mamacita, —murmura, su voz ronca mientras desabrocha tu blusa. Tus senos saltan libres, pezones duros como piedras de obsidiana. Él gime al verlos, chupándolos con hambre, su lengua trazando círculos que te hacen arquear la espalda. Sientes su verga dura presionando contra tu muslo a través del pantalón, gruesa y palpitante.

Te incorporas, desabrochándole el cinturón con dedos temblorosos. Su verga salta libre, venosa, con la cabeza roja y brillante de precúm. La tocas, suave al principio, luego aprietas, sintiendo su pulso en tu palma. Él gruñe:

Qué rica mano tienes, Ana. Chúpamela, porfa.

Te arrodillas, el piso fresco contra tus rodillas. La lames desde la base hasta la punta, saboreando su salado almizcle. La engulles, succionando, tu saliva chorreando mientras él te agarra el pelo, guiándote sin forzar, solo disfrutando. Los gemidos de Diego llenan la habitación, mezclados con el sonido húmedo de tu boca.

Me encanta cómo palpita en mi garganta, este pendejo es un chingón.

Él te levanta, te quita los jeans y la tanga de un tirón. Tus labios mayores hinchados, mojados, listos. Te acuesta en la cama, sus dedos explorando tu clítoris, frotándolo en círculos que te hacen retorcerte.

—Estás chorreando, preciosa. ¿Quieres mi verga?

¡Sí, métemela ya, güey! —suplicas, las caderas alzadas.

Se pone condón, porque es responsable el cabrón, y se hunde en ti despacio. Sientes cada centímetro estirándote, llenándote hasta el fondo. Gritas de placer, uñas clavadas en su espalda. Él embiste, lento al principio, saboreando cada roce, el sonido de piel contra piel como un tambor azteca.

El ritmo acelera, tus jugos lubricando todo, el olor a sexo impregnando el aire. Sudor perlando sus cuerpos, resbaloso y caliente. Tú lo montas después, cabalgándolo como amazona, senos rebotando, su mirada clavada en ti con adoración.

Eres mi pasión infinita, Ana. A la UNAM, donde todo empezó, jadea él, mientras sus manos aprietan tus caderas.

La tensión sube, espiral infinita, hasta que explotas. Tu orgasmo te sacude como terremoto en la CDMX, paredes contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Él te sigue, gruñendo, bombeando hasta vaciarse dentro del látex.

Caen exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones entrecortadas. El ventilador del techo gira perezoso, enfriando el sudor en sus pieles. Diego te besa la frente, trazando patrones en tu vientre con los dedos.

—Esa letra que te mostré... era para ti, en realidad. Pasión infinita aquí, en la UNAM, contigo.

Tú sonríes, el corazón lleno, un glow post-sexo que te hace sentir invencible.

Este güey no es cualquier pendejo. Es mi fuego, mi letra viva.

Se quedan así hasta el amanecer, planeando más noches, más versos, más pasión en los rincones de la universidad que los vio nacer. La UNAM no es solo piedra; es deseo eterno, letra grabada en la piel.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.