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Cancion de Pasion en la Carne

7111 palabras

Cancion de Pasion en la Carne

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio chido de luces neón y risas que se mezclaban con el aroma a tacos al pastor y tequila reposado. Yo, Ana, había salido con mis amigas a bailar en el bar La Cantina del Cielo, un lugar fancy con banda en vivo que tocaba boleros y rancheras que te ponían la piel chinita. Llevaba un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa, el escote dejando ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera. Me serví un margarita helado, el limón fresco explotando en mi lengua, mientras el sudor ligero me perlaba el cuello por el calor de la gente apiñada.

De repente, la banda arrancó con Cancion de Pasion, esa rola que habla de amores que queman como chile habanero. La voz del cantante era ronca, profunda, como si te estuviera susurrando al oído promesas sucias. "En tus ojos veo el fuego, en tu piel la melodía que me enloquece", cantaba, y yo cerré los ojos un segundo, sintiendo cómo el ritmo me subía por las caderas. Abrí los ojos y ahí estaba él. Alto, moreno, con camisa negra desabotonada mostrando un pecho tatuado con un águila chingona. Me miró fijo, con esa sonrisa pícara que dice "te quiero comer entera". Se llamaba Marco, me enteré después, un carnal que trabajaba en publicidad, pero en ese momento solo era puro deseo con patas.

Órale, Ana, ¿qué pedo contigo? Este wey te está viendo como si fueras el último trago de su vida. Siente el cosquilleo en el estómago, ese que te hace apretar las piernas sin querer.

Se acercó bailando, su mano rozando la mía al tomar mi cintura. "¿Bailamos, preciosa?", dijo con voz grave, oliendo a colonia cara y hombre sudado. No pude decir que no. Sus manos fuertes me guiaron en el piso de baile, nuestros cuerpos pegándose al ritmo de la Cancion de Pasion. Sentí su aliento caliente en mi oreja, su pecho duro contra mis tetas, el roce de su verga semi-dura contra mi muslo. El aire estaba cargado de humo de cigarros y feromonas, y mi chucha ya empezaba a palpitar, húmeda y ansiosa.

Acto dos: la escalada

Nos sentamos en una mesa apartada, con shots de tequila que bajaban ardientes por mi garganta. Hablábamos de todo y nada: de lo chido que era Guadalajara, de cómo el DF te chupa el alma pero te la devuelve multiplicada. Sus ojos cafés me devoraban, y yo jugaba con mi pelo, dejando que mi pie rozara su pantorrilla bajo la mesa. "Eres fuego puro, Ana. Desde que te vi con esa rola, supe que tenía que tenerte", murmuró, su mano subiendo por mi muslo, deteniéndose justo antes de lo prohibido. Me mordí el labio, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

"Vámonos de aquí", le propuse, mi voz ronca de pura necesidad. Vivía cerca, en un depa en Masaryk, con vista al skyline. En el taxi, no aguantamos: sus labios se estrellaron contra los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Mis manos en su paquete, sintiendo lo grande y duro que estaba. Llegamos jadeando, la puerta se cerró con un bang y ya estábamos arrancándonos la ropa. Su camisa voló, revelando abdominales marcados y ese tatuaje que me volvía loca. Yo me quité el vestido de un jalón, quedando en tanga roja y bra de encaje.

¡Chingado, qué prieto está este pendejo! Quiero lamer cada centímetro de su piel salada, sentir cómo me abre en dos.

Me cargó como si no pesara nada, sus brazos de hierro rodeándome mientras me besaba el cuello, mordisqueando suave. Caímos en su cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda caliente. Sus manos expertas me masajearon las tetas, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Gemí bajito, arqueándome, mientras él bajaba besos por mi vientre, lamiendo el ombligo con lengua juguetona. El olor a su excitación, almizclado y macho, me inundaba las fosas nasales. Alcé las caderas cuando llegó a mi tanga, empapada ya.

"Estás chorreando, mamacita", gruñó, quitándomela con los dientes. Su lengua se hundió en mi chucha, lamiendo lento el clítoris hinchado, chupando mis labios mayores como si fueran el mejor elote del mercado. Metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Yo agarraba las sábanas, gimiendo "¡Sí, cabrón, así!", mis jugos corriendo por sus labios. Él se masturbaba mientras me comía, su verga venosa palpitando, la cabeza morada brillando de pre-semen.

Lo jalé del pelo para que subiera. "Dame esa verga, Marco". Se puso condón rápido –siempre responsable el wey– y se posicionó entre mis piernas abiertas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. Empezamos a movernos, lento al principio, sincronizados como en un baile de salsa. Sus embestidas se aceleraron, piel contra piel chapoteando, sudor goteando de su frente a mis tetas. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras él me chupaba los pezones, mordiendo suave.

El ritmo subió, bestial. "¡Córrete conmigo, Ana!", jadeó, su aliento caliente en mi cara. Yo estaba al borde, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi chucha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer saliendo mientras gritaba su nombre. Él se vino segundos después, gruñendo como león, llenando el condón con chorros calientes que sentía palpitar dentro.

Acto tres: el eco del placer

Nos quedamos tirados, jadeando, cuerpos enredados en un charco de sudor y satisfacción. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún galopaba. El aire olía a sexo crudo, a crema y almizcle, con el eco lejano de la ciudad filtrándose por la ventana abierta. Me acarició el pelo suave, besándome la frente. "Eres increíble, Ana. Esa Cancion de Pasion nos unió como por arte de magia".

Qué chido fue todo. No solo el sexo brutal, sino esa conexión, como si nos conociéramos de toda la vida. ¿Será que volvemos a vernos? Mi cuerpo aún tiembla, recordando su sabor en mi piel.

Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón espumoso resbalando por curvas y músculos. Nos lavamos mutuamente, risas y besos juguetones bajo el chorro. Salimos envueltos en toallas, pidiendo room service de chilaquiles y café de olla para recargar energías. Hablamos hasta el amanecer, de sueños, de lo que nos prendía en la vida. No fue solo un polvo; fue algo que me dejó el alma en llamas, un recuerdo que olería a él cada vez que escuchara esa rola.

Al salir, con el sol pintando el cielo de rosa, me dio su número. "Llámame cuando quieras otra Cancion de Pasion", guiñó. Caminé a mi casa con las piernas flojas, sonrisa tonta, sabiendo que la noche había sido perfecta. En México, el amor y el deseo bailan así: intenso, sin filtros, puro fuego en la carne.

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