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Crimen Pasional Pelicula de Nuestra Pasion

6730 palabras

Crimen Pasional Pelicula de Nuestra Pasion

La noche en el depa de la Condesa estaba perfecta, con esa vibra chida de viernes que invita a pecar. Yo, Ana, me recargué en el sofá de piel suave, sintiendo cómo el calor de mi cuerpo se fundía con el cuero tibio. Luis, mi carnal desde hace un año, traía las chelas frías y el control remoto en la mano. Neta, qué guapo se ve con esa playera ajustada que marca sus músculos, pensé mientras lo veía caminar, sus jeans ceñidos dejando poco a la imaginación.

—Órale, mami, ¿qué peli echamos? —me dijo con esa sonrisa pícara que me hace derretir.

—Pon algo intenso, wey. Esa de crimen pasional película que me contaste, la que tiene a esa morra celosa que mata por amor. Suena bien cabrona —le contesté, mordiéndome el labio sin querer.

Él se rio bajito, ese sonido ronco que me eriza la piel, y buscó en Netflix. Ahí estaba: Crimen Pasional, una clásica de esas mexicanas con traiciones, besos ardientes y miradas que queman. La pantalla se iluminó con la silueta de la protagonista, su vestido rojo ceñido al cuerpo como una segunda piel, y el aire del cuarto se cargó de inmediato. Olía a su colonia, esa mezcla de madera y especias que siempre me pone caliente, y al popcorn que habíamos hecho con chile y limón.

Nos acurrucamos, mi cabeza en su pecho, sintiendo el latido fuerte de su corazón bajo mi oreja. Sus dedos jugaban con mi cabello, bajando despacio por mi cuello, rozando esa zona sensible que me hace suspirar. En la peli, la pareja discutía por celos, ella gritaba ¡Eres mío, pendejo!, y de repente se besaban como si el mundo se acabara. Mi mano se coló bajo su playera, tocando su abdomen duro, esos cuadritos que tanto me gustan de lamer.

¿Por qué esta crimen pasional película me está poniendo tan cachonda? Es como si la pasión de ellos se colara en mi sangre

El primer acto terminó con un beso brutal, y Luis pausó la peli. Me volteó la cara con una mano en la mejilla, sus ojos cafés clavados en los míos como dagas de deseo.

—¿Sabes qué, Ana? Tú eres mi crimen pasional. Si alguien te toca, lo mato —bromeó, pero su voz era grave, llena de esa posesión juguetona que nos prende.

Le contesté con un beso, lento al principio, saboreando sus labios salados por la chela. Nuestras lenguas se enredaron, húmedas y urgentes, mientras el olor a su piel sudada me invadía las fosas nasales. Sus manos bajaron a mis chichis, amasándolas por encima del top de encaje, y gemí bajito contra su boca. Qué rico se siente su roce, como fuego líquido.

Acto dos de nuestra propia película: lo empujé suave contra el sofá, quitándole la playera de un jalón. Su pecho desnudo brillaba bajo la luz tenue de la tele, músculos tensos por la anticipación. Me quité el top, dejando mis tetas libres, pezones duros como piedras rozando el aire fresco. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris, y me jaló encima de él. Nuestros cuerpos se pegaron, piel con piel, sudor mezclándose en un olor almizclado y delicioso.

—Ven, mami, siéntate en mis piernas —me pidió, y obedecí, frotando mi entrepierna contra la dureza de su verga bajo los jeans. El roce era eléctrico, cada movimiento mandando chispas por mi espina.

En la pantalla, la peli seguía: ahora la morra lo ataba a la cama en un arrebato de pasión, montándolo como una diosa vengadora. Así quiero yo, pensé, y desabroché su cinturón con dientes, saboreando el metal frío. Saqué su pito erecto, grueso y venoso, palpitando en mi mano. Lo lamí desde la base, sintiendo el sabor salado de su pre-semen, mientras él echaba la cabeza atrás con un ¡Carajo, Ana! que retumbó en el cuarto.

Me chupó las tetas, succionando fuerte, dejando marcas rojas que dolían rico. Bajó una mano a mi short, metiendo dedos en mi calzón empapado. Estoy chorreando por él, sentí su roce en mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. El sonido de mi coño mojado era obsceno, chapoteos suaves mezclados con nuestros jadeos. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en ebullición.

—No aguanto más, carnal. Fóllame ya —le supliqué, voz ronca de necesidad.

Me quitó la ropa de un tirón, y yo a él. Desnudos, piel ardiente contra piel, rodamos al piso sobre la alfombra mullida. Él encima, besando mi cuello, mordiendo suave mientras su verga rozaba mi entrada resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué grande se siente, llenándome hasta el fondo! Gemí alto, uñas clavadas en su espalda, sintiendo el sudor resbalar entre nosotros.

Empezó a bombear, lento primero, cada embestida mandando ondas de placer por mi vientre. El slap-slap de carne contra carne llenaba el aire, junto con nuestros ¡Ay, sí! ¡Más duro!. Aceleró, sus bolas golpeando mi culo, y yo envolví mis piernas en su cintura, clavándolo más profundo. En mi mente, flashes de la crimen pasional película: celos, amor loco, sexo salvaje. Nuestra versión era mejor, consensual y ardiente como chile en nogada.

Lo volteé, montándolo ahora yo, como la reina de mi propio crimen. Reboté en su pito, tetas saltando, sintiendo cómo me rozaba el punto G perfecto. Sus manos en mis caderas, guiándome, ojos fijos en mi cara de éxtasis. Se ve tan chingón así, perdido en mí. El olor a nuestro sudor era embriagador, mezclado con el perfume de mi loción de vainilla.

—¡Me vengo, Luis! ¡No pares, pendejo! —grité, y exploté, coño contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por sus huevos. Él rugió, corriéndose dentro de mí, chorros calientes llenándome hasta rebosar. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas.

Acto tres: el afterglow. Rodamos de lado en la alfombra, su verga aún semi-dura dentro de mí, goteando. Me besó la frente, suave ahora, mientras la peli seguía de fondo con su final trágico. Pero nosotros no éramos tragedia; éramos pasión viva.

Esta crimen pasional película nos unió más, nos hizo recordar que nuestro amor es fuego que no se apaga. Neta, qué chido es tenerlo así, mío para siempre

Luis me acarició el cabello, riendo bajito.

—¿Vemos el final, o repetimos la escena? —me guiñó.

Le mordí el hombro juguetona.

—Repetimos, carnal. Toda la noche.

Y así, envueltos en sábanas revueltas horas después, dormimos con el eco de gemidos en el aire, sabiendo que nuestra historia de crimen pasional era solo de placer infinito.

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