Regina y David Pasion y Poder
En el corazón de Polanco, donde las luces de los restaurantes brillaban como estrellas caídas, Regina caminaba con ese andar que volvía locos a los hombres. Su vestido rojo ceñido al cuerpo acentuaba cada curva, el escote profundo dejando ver el valle entre sus senos firmes. Olía a jazmín y vainilla, un perfume que se mezclaba con el aroma de las flores frescas en las mesas al aire libre. La noche era cálida, con esa brisa mexicana que acaricia la piel como una promesa.
David la vio desde la barra del bar, su silueta recortada contra las luces neón. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos negros que prometían tormentas. Llevaba un traje negro impecable, camisa abierta un botón de más, dejando entrever el vello oscuro en su pecho. Qué chingón se ve este pendejo, pensó Regina, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Eran rivales en el mundo de los negocios inmobiliarios; él, el tiburón de las torres en Reforma, ella, la reina de los desarrollos en Santa Fe. Pero esa noche, en la gala de la Cámara de Comercio, el aire entre ellos crepitaba con algo más que competencia.
—Regina, qué gusto verte fuera de una sala de juntas —dijo él, acercándose con una copa de tequila en la mano. Su voz grave, ronca, como grava bajo botas de vaquero.
—David, siempre tan galante. ¿Vienes a robarme algún cliente? —respondió ella, ladeando la cabeza, su cabello negro cayendo en ondas sobre un hombro. Tomó un sorbo de su margarita, el salado en los labios haciendo que su lengua los humedeciera instintivamente.
Charlaron, coqueteando con frases cargadas de doble sentido. Él la rozó accidentalmente con el dorso de la mano al pasarle la sal, y el toque fue eléctrico, como un chispazo en la piel sudorosa por el calor de la noche. Regina sintió su pulso acelerarse, el corazón latiéndole en las sienes.
¿Por qué carajos me afecta tanto este cabrón? Es puro poder, como yo. Regina y David, pasión y poder... eso sería el título perfecto para esta noche.La idea la hizo sonreír para sí.
La tensión creció con cada mirada. David la invitó a bailar salsa en la pista improvisada. Sus cuerpos se pegaron al ritmo de los tambores, el sudor perlando sus frentes. Ella sentía la dureza de su erección presionando contra su muslo, y él inhalaba el olor almizclado de su cuello, mezclado con el tequila en su aliento. —Eres fuego, Regina —murmuró él al oído, sus labios rozando la oreja, enviando ondas de placer directo a su centro.
—Y tú, puro poder —replicó ella, apretando su nalga firme bajo la tela del pantalón. No aguantaron más. Salieron del lugar en su Jaguar negro, el motor rugiendo por Insurgentes como un animal en celo.
Acto segundo: la escalada
En el penthouse de Regina en Lomas de Chapultepec, las vistas panorámicas de la ciudad iluminada eran un telón de fondo perfecto. El aire acondicionado zumbaba suavemente, contrastando con el calor que emanaba de sus cuerpos. Ella lo empujó contra la puerta apenas entraron, sus bocas chocando en un beso hambriento. Lenguas danzando, saboreando el tequila y la sal de la piel. David gruñó, sus manos grandes abarcando su cintura, subiendo hasta apretar sus senos. Los pezones se endurecieron bajo el vestido, sensibles al roce áspero de sus pulgares.
Regina jadeaba, el sonido de su respiración entrecortada llenando el silencio. Mierda, qué bien besa este wey. Me tiene mojadísima ya. Lo desabrochó la camisa, arañando levemente su pecho velludo, oliendo su colonia masculina mezclada con sudor fresco. Él la levantó en brazos, sus piernas envolviéndolo, y la llevó al sofá de piel blanca. La sentó a horcajadas sobre él, el bulto en sus pantalones presionando justo donde lo necesitaba.
—Quítate eso, nena —ordenó él, voz ronca de deseo. Ella se incorporó, deslizando el vestido por sus caderas, quedando en tanga negra de encaje y tacones. Sus senos rebotaron libres, grandes y perfectos, con aureolas oscuras. David se lamió los labios, el sabor imaginario de ellos ya en su boca. La tumbó, besando su cuello, bajando por el valle entre pechos, mordisqueando un pezón hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo alto: —¡Órale, David, no pares!
Él exploró más abajo, inhalando el aroma dulce y salado de su excitación. Quitó la tanga con dientes, exponiendo su sexo depilado, hinchado y reluciente. Su lengua la lamió despacio, saboreando el néctar que brotaba, círculos en el clítoris que la hicieron retorcerse. Regina enredó los dedos en su cabello, tirando fuerte.
Este poder que me da, joder... pasión pura, como si fuéramos dueños del mundo.Sus caderas se movían solas, el sonido húmedo de su lengua chupando llenando la habitación, mezclado con sus gemidos agudos.
David se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm. Regina la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre la dureza de acero. La masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos, gruñendo como bestia. —Te quiero adentro, cabrón —susurró ella, guiándolo a su entrada.
Entró de un empujón suave pero firme, llenándola por completo. Ambos gritaron de placer, el estiramiento delicioso, sus paredes contrayéndose alrededor de él. Empezaron a moverse, ritmo pausado al principio, sintiendo cada roce, cada vena frotando sus nervios. El sofá crujía bajo ellos, piel contra piel chapoteando sudor. Él la embestía profundo, sus bolas golpeando su culo, mientras ella clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas.
La intensidad subió. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona, senos rebotando, cabello volando. David la sostenía por las caderas, guiándola, oliendo su sudor mezclado con perfume. Qué chingonería de mujer, puro poder y pasión, pensó él. Regina aceleró, su clítoris rozando su pubis, el orgasmo construyéndose como tormenta. —¡Me vengo, David! —chilló, convulsionando, chorros de placer mojando sus muslos.
Él la volteó a cuatro patas, admirando su culo redondo, entrando de nuevo con fuerza. El slap-slap de carne contra carne, sus gemidos roncos, el olor a sexo impregnando el aire. La tomó del cabello, tirando suave, ella arqueando más, pidiendo más. —Dame todo tu poder —jadeó ella, y él obedeció, embistiendo salvaje hasta que explotó dentro, semen caliente llenándola, pulsos interminables.
Acto final: el resplandor
Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El pecho de David subía y bajaba rápido, su corazón latiendo contra el de ella. Regina acurrucada en su brazo, besando su hombro salado. El silencio era roto solo por sus respiraciones calmándose, el zumbido lejano de la ciudad abajo.
—Eso fue... Regina y David, pasión y poder —murmuró él, riendo bajito, acariciando su espalda con dedos perezosos.
—Sí, mi rey. Puro fuego mexicano —respondió ella, sonriendo, sintiendo una paz profunda. No era solo sexo; era conexión, dos fuerzas iguales chocando y fusionándose. Se quedaron así, hablando susurros de sueños futuros, planes de negocios mezclados con promesas de más noches así. El amanecer tiñó las ventanas de rosa, pero ellos dormían envueltos en sábanas revueltas, el aroma de su unión persistiendo en el aire.
Regina abrió los ojos primero, viendo su rostro relajado.
Este pendejo me conquistó. Pero yo también lo tengo en mis manos. Poder compartido, pasión eterna.Se levantó sigilosa, preparando café en la cocina de granito, el olor fuerte despertándolo. Compartieron desayuno desnudos, risas y miradas cargadas de promesas. Salieron al balcón, el sol calentando su piel desnuda, sabiendo que esto era solo el principio.