Reencontrados con la Pasión del Primer Amor
El bullicio de la cantina en el corazón de la Condesa me envolvía como un abrazo viejo y conocido. Luces tenues, risas roncas de weyes platicando de fútbol y chelas, el olor a tacos al pastor chamuscándose en la plancha y el picor del chile que flotaba en el aire. Yo, Ana, sentada en la barra con un michelada en la mano, sentía el sudor fresco de la noche de verano pegándome la blusa al pecho. Hacía años que no pisaba un lugar así, pero esa noche, algo me jalaba de regreso a mis raíces, a esa vibra mexicana que te hace sentir viva hasta los huesos.
Entonces lo vi. Juan. Alto, con esa sonrisa chueca que me derretía de morra. Vestía una camisa guayabera blanca que se le pegaba un poquito al torso por el calor, y sus ojos cafés brillaban bajo las luces de neón. Neta, ¿por qué carajos el corazón me late así? pensé, mientras el hielo de mi chela se derretía en mi boca, fresco y salado. Nos miramos, y el tiempo se detuvo. Éramos chavos otra vez, besándonos a escondidas en el parque de Coyoacán, con el miedo y la emoción del primer amor quemándonos la piel.
—¡Ana, pinche loca! ¿Qué pedo, wey? —gritó él, acercándose con pasos largos, su voz grave retumbando sobre la música de cumbia rebajada que sonaba de fondo.
Me paré y lo abracé, sintiendo su pecho duro contra el mío, el olor de su colonia mezclada con sudor masculino que me subió un escalofrío por la espalda. —¡Juanito! Neta que te extrañé, carnal —le dije, riendo, pero mi voz salió ronca, cargada de algo más que plática de amigos.
Nos sentamos en una mesa apartada, pidiendo más chelas y unos taquitos. Hablamos de todo: de cómo la vida nos había separado después de la prepa, de trabajos chidos en la ciudad, de viajes a la playa en Cancún. Pero entre líneas, la tensión crecía. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa, y cada vez que reía, su mano se posaba en mi muslo un segundo de más. Yo sentía el calor subiendo por mi entrepierna, un cosquilleo húmedo que me hacía apretar las piernas.
¿Será que todavía siente lo mismo? Esa pasión del primer amor que nos consumía, ¿volverá a encenderse?
La noche avanzaba, y la cantina se llenaba de parejas bailando pegaditos. Juan me tomó de la mano. —Vamos a caminar, ¿no? El aire fresco nos cae bien —dijo, y su mirada era fuego puro.
Salimos a la calle, el viento nocturno trayendo el aroma de jazmines de algún jardín cercano. Caminamos hasta su depa, a unas cuadras, sin decir mucho, solo rozándonos los dedos. Mi piel ardía, los pezones duros contra la tela de mi bra, el pulso latiéndome en el cuello. Al entrar, el lugar olía a él: madera, café y un toque de tabaco. Cerró la puerta, y nos quedamos mirándonos, el silencio pesado como una promesa.
—Ana, no sabes las ganas que te tengo desde que te vi —murmuró, acercándose lento, su aliento cálido en mi cara.
Lo jalé por la camisa y lo besé. Sus labios sabían a sal de la chela y a menta, su lengua invadiendo mi boca con hambre. Gemí contra él, mis manos enredándose en su pelo negro y revuelto. Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó al sillón, donde caímos revueltos. Sus manos bajaron mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco, y chupó un pezón con una succión que me arqueó la espalda. ¡Qué rico, pendejo! pensé, mientras el placer me corría como electricidad por la piel.
La tensión de años se deshacía en caricias. Le quité la guayabera, lamiendo su pecho moreno, salado por el sudor, bajando hasta su abdomen marcado. Él jadeaba, su verga dura presionando contra mis jeans. —Te voy a comer entera, mi reina —gruñó, desabrochándome el pantalón y bajándolo con mis calzones de encaje.
Me abrió las piernas, y su boca se hundió en mi concha. Sentí su lengua caliente lamiendo mi clítoris, chupando mis labios hinchados, el jugo de mi excitación mojándole la barbilla. Olía a sexo puro, a mi aroma almizclado mezclado con el suyo. Gemí fuerte, agarrándole el pelo, mis caderas moviéndose solas contra su cara. Esto es como antes, pero mejor, con la pasión del primer amor revivida, me dije, mientras olas de placer me subían por el vientre.
No aguanté más. Lo empujé al sillón y le bajé el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, y la metí en mi boca. Saboreé su piel suave, salada, chupando hasta la garganta mientras él gemía mi nombre. —¡Ana, chingada madre, qué chida chupas!
La intensidad subía. Me trepó encima, frotando su verga contra mi raja mojada, lubricándonos mutuamente. Nuestros ojos se clavaron, y en ese momento, todo fue conexión pura. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. —¡Sí, cabrón, así! —grité, clavándole las uñas en la espalda.
Empezamos a movernos, lento al principio, sintiendo cada embestida. El sonido de piel contra piel, chapoteando con mis jugos, llenaba la habitación. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose con frenesí. Él me mamaba las tetas, mordisqueando suave, mientras yo le arañaba la nalga, pidiendo más profundo. La pasión del primer amor nos poseía: esa urgencia inocente mezclada con la experiencia de adultos, haciendo que cada roce fuera fuego.
Aceleramos. Me puso a cuatro, agarrándome las caderas, y me clavó con fuerza. Sentía sus bolas golpeándome el clítoris, el placer acumulándose como una tormenta. Me vengo, me vengo, pensé, y exploté. Mi concha se contrajo alrededor de su verga, chorros de placer mojándonos las piernas, gritando su nombre mientras temblaba entera.
Él no paró, embistiéndome hasta que gruñó, sacándola y viniéndose en mi espalda, chorros calientes salpicando mi piel. Caímos exhaustos, respirando agitados, su cuerpo cubriéndome protector.
Después, en la cama, nos acurrucamos bajo las sábanas frescas. Su mano acariciaba mi pelo, y yo olía su piel, ahora suave y satisfecha. —Neta, Ana, esto fue como el primer amor, pero con todo lo que hemos aprendido —dijo él, besándome la frente.
Yo sonreí, sintiendo una paz profunda.
Con la pasión del primer amor, habíamos encontrado algo eterno, algo nuestro.El amanecer entraba por la ventana, tiñendo todo de oro, y supe que esto era solo el principio.