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La Pasion Es Un Valor que Nos Une

7012 palabras

La Pasion Es Un Valor que Nos Une

Estaba en esa fiesta en la terraza de un edificio en Polanco, con las luces de la Ciudad de México brillando como estrellas caídas a mis pies. El aire olía a jazmín y a tacos de asador que repartían los meseros, y la salsa ranchera retumbaba suave desde los bocinas. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa mexica, tomaba un paloma helada que picaba en la lengua con su limón y su tequila. Neta, necesitaba desconectarme del pinche trabajo en la agencia de publicidad, donde los jefes te exprimen como limón podrido.

Ahí lo vi. Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te calienta el estómago. Vestía una camisa guayabera blanca que se le pegaba un poco al pecho por el calor húmedo de la noche. Nuestras miradas se cruzaron mientras bailaba con unas amigas, y sentí un cosquilleo en la nuca, como si el viento me hubiera lamido la piel. Se acercó con un trago en la mano, oliendo a colonia fresca y a hombre que sabe lo que quiere.

Órale, güey, ¿vienes a robarme el corazón o nomás a platicar? —le dije juguetona, alzando la ceja.

Se rio, una risa grave que vibró en mi pecho. —Simón, pero primero cuéntame de ti. Yo soy Javier, arquitecto, y tú pareces la reina de esta noche.

Hablamos de todo: de la pasión por la arquitectura que él tenía, de mis campañas publicitarias locas, de cómo en México la pasión es un valor que nos mantiene vivos, como el chile en el mole. Sus ojos cafés me devoraban, y cada roce accidental de su mano en mi brazo enviaba chispas por mi espina. El deseo crecía lento, como el calor que sube del asfalto después de la lluvia.

¿Por qué este cabrón me pone así? Su voz ronca, el modo en que dice mi nombre... Ay, Ana, no seas pendeja, déjate llevar.

La noche avanzaba, el sudor perlaba su cuello, y yo imaginaba lamerlo. Bailamos pegados, su cadera contra la mía al ritmo de un cumbia rebajada. Sus manos en mi cintura, firmes pero tiernas, me hicieron jadear bajito. —Vamos a mi depa, está aquí cerquita —murmuró en mi oído, su aliento cálido con sabor a tequila.

Vámonos, carnal —respondí, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

El elevador del edificio era un horno, pero no nos importó. Apenas se cerraron las puertas, sus labios cayeron sobre los míos. Bésame hambriento, lengua explorando mi boca con gusto a sal y deseo. Mis manos en su cabello negro, tirando suave, mientras él me apretaba contra la pared fría. Sentí su dureza presionando mi vientre, y un gemido se me escapó, eco en el espacio chiquito.

Entramos a su penthouse minimalista, con vistas al skyline y velas ya encendidas que olían a vainilla y canela. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios en mi clavícula, dientes rozando suave, enviando ondas de placer hasta mis muslos. Yo le arranqué la camisa, oliendo su piel salada, músculos duros bajo mis uñas.

—Eres preciosa, Ana. Tu cuerpo es puro fuego —dijo, voz ronca, mientras me recostaba en la cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia.

Mis pechos se alzaban con cada respiración agitada, pezones duros pidiendo atención. Él los lamió, succionó con devoción, y yo arqueé la espalda, gimiendo su nombre. Qué rico, su lengua caliente, húmeda, trazando círculos que me volvían loca. Bajó más, besos en mi ombligo, en el monte de Venus, hasta llegar a mi centro empapado. El aroma de mi excitación llenaba el aire, almizclado y dulce.

¡Dios, este hombre sabe lo que hace! Su aliento en mi clítoris... ya quiero explotar, pero aguanta, disfruta el camino.

Separó mis piernas con manos grandes, callosas de tanto dibujar planos. Su lengua entró en mí, lamiendo lento al principio, saboreándome como si fuera el mejor postre. Chupó mi clítoris con maestría, dedos curvándose dentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Grité, ¡ay, Javier, no pares! Mis caderas se movían solas, persiguiendo su boca. El sonido de su succión, mis jugos, era obsceno y delicioso. Sudor nos cubría, pieles resbalosas chocando.

No aguanté más. El orgasmo me golpeó como tormenta en el desierto, cuerpo temblando, pulsos retumbando en oídos, visión borrosa. Él no paró, prolongándolo hasta que supliqué misericordia entre jadeos.

—Ahora tú —le dije, volteándolo. Su verga erecta, gruesa, venosa, saltaba libre. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo caliente. La lamí desde la base, saboreando su esencia salada, pre-semen perlado en la punta. Él gruñó, manos en mi pelo, guiándome sin forzar. La chupé profunda, garganta relajada, labios sellados, lengua girando. Mmm, qué sabor tan macho, embriagador.

Me vas a matar, reina —gimió, caderas empujando leve.

Me subí encima, frotando mi humedad contra él, torturándonos. —Te quiero dentro, susurré. Me hundí despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué chido! Llenándome por completo, golpeando profundo. Cabalgaba ritmada, pechos rebotando, sus manos amasándolos. El slap de carne contra carne, nuestros gemidos mezclados con la ciudad ronroneando afuera.

Cambiamos posiciones: él encima, misionero intenso, ojos en ojos. —La pasión es un valor que nos hace fuertes —dijo entre embestidas, y lo creí. Cada thrust potente, clítoris rozando su pubis, me llevaba al borde otra vez. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Siento cada vena de él dentro de mí, cada latido sincronizado. Esto es México en las venas: fuego, sabor, entrega total.

Me volteó a cuatro patas, nalgadas suaves que ardían placenteras. Entró feroz, manos en mis caderas, tirando de mí. El ángulo perfecto, tocando mi G-spot sin piedad. Grité, ¡más duro, pendejito! Él obedeció, ritmo salvaje, bolas golpeando mi clítoris. Olía a sexo puro, almizcle y pasión desatada.

El clímax nos alcanzó juntos. Yo primero, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, llenándome con chorros calientes, profundo. Colapsamos, entrelazados, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. Su semen goteaba lento, mezclándose con mis jugos en las sábanas.

Después, en la afterglow, fumamos un cigarro en la terraza, desnudos bajo las estrellas. El viento fresco secaba nuestro sudor, y él me abrazó por atrás, barbilla en mi hombro.

Neta, Ana, esto fue épico. La pasión es un valor que no se negocia.

Sonreí, besando su mano. —Simón, y repetimos pronto, ¿eh?

Me fui al amanecer, con el cuerpo dolorido dulce y el alma llena. En el taxi, mirando las luces apagándose, supe que la pasión no era solo fuego: era el valor que nos une, que nos hace humanos en esta jungla de concreto.

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