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Pasión de Gavilanes Capítulo 128 Fuego en la Piel

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Pasión de Gavilanes Capítulo 128 Fuego en la Piel

La hacienda Los Reyes brillaba bajo la luna llena del Valle de México, con sus paredes de adobe blanco reflejando la luz plateada y el aroma de las gardenias flotando en el aire cálido de la noche. Gabriela se recostó en el amplio sofá de la sala principal, su piel morena contrastando con el blanco inmaculado de su blusa de algodón ligera. A su lado, Rodrigo, su amante de ojos negros y sonrisa pícara, le rodeaba los hombros con un brazo fuerte. Habían cenado tacos de arrachera con salsa verde, bien picosa, y ahora compartían una botella de tequila reposado, el cristal helado sudando gotas que Gabriela lamía juguetona de sus dedos.

Pasión de Gavilanes parpadeaba en la pantalla del televisor grande, y justo llegaban al capítulo 128. Gabriela sintió un cosquilleo en el vientre cuando los protagonistas, envueltos en su drama ranchero, se miraban con esa hambre que quema por dentro. "Órale, wey, mira cómo se comen con los ojos", murmuró ella, su voz ronca por el tequila y algo más. Rodrigo giró la cabeza, su aliento cálido rozándole el cuello. "Como nosotros ahorita, nena". Su mano grande se deslizó por su muslo, subiendo despacio la falda floreada que ella llevaba, dejando al descubierto la piel suave y tibia.

Gabriela cerró los ojos un segundo, inhalando el olor masculino de él, mezclado con el cuero de su chamarra y el leve sudor de la tarde en el rancho. El sonido de la telenovela llenaba la habitación: suspiros ahogados, música de guitarra que aceleraba el pulso. En pantalla, el galán tomaba a la mujer por la cintura, y Gabriela imaginó esas manos en su propio cuerpo.

¿Por qué este pinche capítulo siempre me prende tanto? Es como si me hablaran directo al alma, al fuego que traigo guardado.
Su corazón latía fuerte, un tambor en el pecho, y entre las piernas sentía esa humedad traicionera que la hacía apretar los muslos.

Rodrigo lo notó, claro. Siempre notaba. "Estás caliente, ¿verdad, mi reina?" Sus labios rozaron su oreja, la lengua delineando el lóbulo con un movimiento lento que le erizó la piel. Gabriela giró el rostro, capturando su boca en un beso feroz, saboreando el tequila en su lengua y el picor residual de la salsa. Sus manos volaron a la camisa de él, desabotonándola con urgencia, sintiendo el calor de su pecho ancho, los músculos duros bajo sus palmas. "Sí, pendejo, me traes loca con este capítulo 128 de Pasión de Gavilanes. Esos gavilanes nos están dando ideas cabronas".

Él rio bajito, un sonido gutural que vibró contra su boca, y la levantó en brazos como si no pesara nada. Sus pasos resonaron en el piso de losa mientras la llevaba al dormitorio principal, la cama king size con sábanas de satén esperándolos. La dejó caer suave, el colchón hundiéndose bajo su peso, y se quitó la camisa de un tirón, revelando el torso tatuado con un águila mexicana que Gabriela adoraba lamer. "Ven pa'cá, chula", gruñó él, quitándole la blusa y el sostén con dedos hábiles. Sus pechos se liberaron, los pezones oscuros endureciéndose al aire fresco, y Rodrigo los tomó en sus manos callosas, masajeándolos hasta que ella jadeó.

El deseo crecía como una tormenta, gradual pero imparable. Gabriela arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de él mientras bajaba la cremallera de sus jeans. El sonido metálico fue como un disparo en la quietud. Lo empujó hacia atrás, montándose a horcajadas sobre sus caderas, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su centro húmedo a través de la tela. "Qué rico estás, carnal. Quiero sentirte todo". Se frotó contra él, lento, circular, el roce enviando chispas de placer por su espina. Olía a su excitación, ese almizcle salado que la volvía loca, y el de ella, dulce y pegajoso, empapando sus bragas.

No aguanto más. Este hombre me conoce como nadie, sabe tocarme justo donde duele de gusto.
Rodrigo la volteó con facilidad, quedando encima, besando un camino ardiente desde su cuello hasta el ombligo. Le quitó la falda y las bragas de un jalón, exponiéndola al aire. Su lengua exploró primero los muslos internos, lamiendo la piel sensible, subiendo hasta su clítoris hinchado. Gabriela gritó suave, "¡Ay, Dios, qué chido!", sus caderas moviéndose solas contra su boca. Él chupaba y lamía con maestría, saboreándola como si fuera el mejor tequila, sus dedos abriéndose paso dentro de ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de sus movimientos llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y el latido acelerado de su pulso en los oídos.

La tensión subía, su cuerpo temblando al borde. Pero él se detuvo, subiendo para besarla, dejándola probarse en sus labios. "No tan rápido, mi amor. Quiero que explotes conmigo". Se desvistió completo, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, la punta brillando de precúm. Gabriela la tomó en mano, acariciándola firme, sintiendo el pulso caliente bajo su piel. "Métemela ya, wey. No me hagas sufrir". Él se posicionó, rozándola primero, lubricándola con sus jugos, y empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Ambos jadearon al unísono, el estiramiento perfecto, el calor envolvente.

Empezaron a moverse, un ritmo lento al principio, piel contra piel sudorosa, el slap slap de sus cuerpos uniéndose como música erótica. Gabriela clavó las piernas en su espalda, urgiéndolo más profundo, más rápido. "¡Más fuerte, cabrón! Así, qué rico". Él obedecía, embistiéndola con fuerza controlada, sus testículos golpeando suave contra su trasero. El olor del sexo los rodeaba, intenso y primitivo, el sudor goteando de su frente al valle de sus pechos. Sus pezones rozaban el pecho velludo de él, enviando descargas extras.

Siento cada vena, cada latido. Es mío, todo mío, y yo soy de él en este momento perfecto.

La intensidad creció, sus respiraciones entrecortadas, gemidos volviéndose gritos. Gabriela sintió el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre, apretando alrededor de él. "Me vengo, ¡me vengo!". Rodrigo aceleró, gruñendo "Yo también, nena, juntos". El clímax la golpeó como un rayo, su cuerpo convulsionando, paredes internas ordeñándolo mientras chorros de placer la atravesaban. Él se derramó dentro, caliente y abundante, su rugido animal vibrando en su garganta. Colapsaron juntos, jadeantes, el corazón de él martillando contra el suyo.

En el afterglow, se quedaron unidos, suaves besos perezosos en la piel húmeda. El televisor aún murmuraba en la sala lejana, pero Pasión de Gavilanes capítulo 128 ya era olvidado, reemplazado por su propia pasión. Rodrigo le acarició el cabello revuelto, susurrando "Eres mi gavilán, Gabriela. Mi fuego eterno". Ella sonrió, lánguida y satisfecha, oliendo su mezcla en las sábanas.

Esto es lo que necesitaba. No drama de telenovela, sino esto: nosotros, reales, calientes, completos.
La noche los envolvió en paz, con promesas de más capítulos en su propia historia ardiente.

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