Valle de Pasiones Temporada 4 Fuego en las Venas
El sol del mediodía caía a plomo sobre el Valle de Pasiones como un amante impaciente que no espera más. Yo, Ana, acababa de bajar del camión destartalado que me trajo de la ciudad, con el polvo del camino pegado a mis botas vaqueras y el corazón latiéndome como tambor en fiesta. Hacía años que no pisaba este rincón de Jalisco, donde las haciendas se extienden como brazos abiertos y el aire huele a tierra húmeda y jazmín salvaje. Mi familia me mandó llamar por un asunto del rancho, pero en el fondo sabía que era por él. Javier. Ese pendejo guapo que me robó el alma hace diez años y nunca me la devolvió.
El viento caliente me revolvió el pelo mientras caminaba por el sendero empedrado hacia la casa grande. Olía a tortillas recién hechas y a carbón de las parrilladas. Mis pechos se endurecieron bajo la blusa de algodón solo de imaginarlo. ¿Seguirá con esos ojos negros que queman como chile habanero? me pregunté, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Ahí estaba, recargado en la cerca del corral, con su sombrero charro ladeado y la camisa blanca abierta hasta el pecho, mostrando ese torso moreno y musculoso que tanto extrañé.
—Mamacita, ¿ya volviste a enredarme el alma? —dijo con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina, acercándose con paso lento, como toro que acecha.
Le sonreí, mordiéndome el labio. —Wey, no seas menso. Vine por lo del rancho, no por tus chamacos.
Pero sus manos ya estaban en mi cintura, tirando de mí con fuerza suave, y su aliento olía a tequila añejo y menta. Nuestros cuerpos se pegaron como miel en pan caliente. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, dura como tronco de mezquite. El deseo me subió por las venas como fuego de San Juan.
Esto es el Valle de Pasiones temporada 4, pensé. La primera vez fue inocente, la segunda con rabia, la tercera con promesas rotas. Ahora, puro instinto animal.
Acto primero: la bienvenida ardiente. Javier me cargó en brazos como si no pesara nada y me llevó adentro de la casa, pasando por la cocina donde mi tía preparaba mole sin voltear a ver. Subimos las escaleras crujientes hasta su cuarto, el mismo donde nos dimos el primer beso robado. La habitación olía a cuero viejo y sudor masculino, con la cama king size cubierta de sábanas blancas arrugadas. Me tiró sobre el colchón con gentileza bruta, y se quitó la camisa de un jalón, revelando tatuajes de águilas y rosas en su piel bronceada.
—Te extrañé tanto, Ana —murmuró, besándome el cuello mientras sus dedos desabotonaban mi blusa—. Tus tetas siguen siendo mi perdición.
Sus labios chupaban mi piel salada, dejando huellas húmedas que ardían al aire. Gemí bajito, arqueando la espalda. El sonido de su zipper bajando fue como trueno lejano. Saqué su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas como ríos en sequía. La lamí despacio, saboreando el gusto salado y almizclado de su prepucio. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo negro largo.
—Chíngame con la boca, preciosa —suplicó, y yo obedecí, succionando hasta la garganta, oyendo sus jadeos roncos que llenaban la habitación como música de mariachi en boda.
Pero no era solo físico. En mi mente revoloteaban recuerdos: las noches de juventud robadas en el pajar, el olor a heno fresco y su semen caliente en mi boca por primera vez. Ahora, con treinta años, lo quería todo. Lo empujé sobre la cama y me quité el jeans, quedando en tanga de encaje rojo que compré pensando en él. Monté su cadera, frotando mi concha mojada contra su polla dura. El roce era eléctrico, mi clítoris hinchado rogando por más.
Acto segundo: la escalada del infierno. Javier volteó las tornas, poniéndome de rodillas en la cama. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, separándolas para lamer mi ano con lengua experta. El placer me atravesó como rayo, olor a mi propia excitación llenando el aire —dulce, musgoso, irresistible—. Metió dos dedos en mi coño empapado, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas.
—Estás chorreando, carnalita —rió bajito, su aliento caliente en mi piel sensible—. ¿Tanto me deseabas?
—Sí, pendejo, desde que pisé este valle —confesé, temblando—. Pero no pares, carajo.
Me penetró de golpe, su verga llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, cada embestida un choque de pelvis que hacía slap-slap contra mis nalgas. Sudábamos como en sauna, el olor a sexo crudo impregnando todo. Sus bolas peludas golpeaban mi clítoris, enviando ondas de placer que me nublaban la vista. Lo cabalgaba ahora yo arriba, mis tetas rebotando libres, pezones duros como piedras de obsidiana. Él los pellizcaba, chupaba, mordía suave, mientras yo gritaba su nombre al viento que entraba por la ventana abierta.
En el Valle de Pasiones temporada 4, el fuego no se apaga. Se aviva con cada roce, cada suspiro ahogado. Javier era mi droga, mi vicio consentido.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Cambiamos posiciones: de lado, él detrás, una pierna mía alzada para que entrara más profundo. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes internas, mi jugo chorreando por sus muslos. El sonido era obsceno —chapoteos húmedos, gemidos guturales, la cama chirriando como vieja guitarra—. Olía a jazmín del jardín mezclado con nuestro sudor salado. Mi orgasmo se acercaba, un nudo apretado en el vientre que pedía explosión.
—Ven conmigo, Ana —jadeó en mi oído, mordiéndome la oreja—. Lléname de ti.
Acto tercero: la liberación gloriosa. Aceleró, follándome con furia animal, sus caderas chocando como olas en acantilado. El clímax me golpeó primero: un estallido blanco detrás de los ojos, mi coño contrayéndose alrededor de su verga como puño de terciopelo. Grité, arañando su espalda, el placer tan intenso que lágrimas calientes rodaron por mis mejillas. Él rugió como león, eyaculando chorros calientes dentro de mí, llenándome hasta rebosar. Su semen espeso goteaba por mis muslos, cálido y pegajoso.
Colapsamos enredados, respiraciones agitadas sincronizándose poco a poco. Su mano acariciaba mi vientre suave, trazando círculos perezosos. El sol poniente teñía la habitación de naranja y rojo, como fuego eterno. Olía a sexo satisfecho, a promesas renovadas.
—Esta vez no te dejo ir, Ana —murmuró, besando mi frente sudada—. El Valle de Pasiones es nuestro. Temporada 4 y las que sigan.
Reí bajito, acurrucándome en su pecho ancho. Sí, wey, pensé. Aquí, entre colinas verdes y cielos infinitos, nuestro fuego ardía imperecedero. El rancho, la familia, todo podía esperar. Por ahora, solo existíamos nosotros, piel con piel, almas en llamas.