Pasión de Gavilanes Capítulo 170 Llamas en la Piel
La noche en el rancho se sentía como un abrazo caliente, con el aire cargado del aroma dulce de las bugambilias y el humo lejano de una fogata. Yo, Lucía, estaba recargada en el pecho de Mateo, mi hombre, en el sillón de la sala amplia de nuestra hacienda. La tele grande proyectaba las luces parpadeantes de Pasión de Gavilanes capítulo 170, esa escena donde los amantes se miran con ojos que queman como brasas. El corazón me latía fuerte, no solo por la novela, sino por el calor de su mano grande rozando mi muslo desnudo bajo la falda ligera.
Órale, este cabrón sabe cómo encenderla, pensé mientras su aliento cálido me hacía cosquillas en el cuello. Mateo era alto, moreno, con esa barba de tres días que raspaba rico cuando me besaba. Llevábamos años juntos, pero cada vez que veíamos telenovelas así, picaba el fuego. "Mira nomás, Lucía", murmuró con voz ronca, "como nosotros anoche". Su dedo trazó un camino lento por mi piel, subiendo despacio, y yo apreté las piernas, sintiendo ya esa humedad traicionera entre ellas.
En la pantalla, los gavilanes se entregaban a un beso que parecía eterno, con música de fondo que aceleraba el pulso. Yo volteé a verlo, mis labios rozando los suyos. "Tú eres mi gavilán, ¿verdad, wey?", le dije juguetona, mordiéndome el labio. Él sonrió picoso, esa sonrisa que me deshace. "Y tú mi pasión, nena". Sus labios capturaron los míos, suaves al principio, como probando miel. El sabor de su boca, a tequila y menta, me invadió, y gemí bajito cuando su lengua se coló, danzando con la mía en un ritmo que ya conocía de memoria.
La novela seguía, pero ya no la veíamos. Sus manos expertas subieron mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco. Los pezones se endurecieron al instante, ansiosos por su toque. "Qué chingonas están", gruñó, inclinándose para lamer uno, succionándolo con fuerza que mandaba chispas directo a mi centro. Sentí su verga dura presionando contra mi cadera, gruesa y palpitante bajo los jeans. Neta, este pendejo me vuelve loca. Mis uñas se clavaron en su espalda, arañando suave, mientras el olor de su sudor fresco se mezclaba con mi perfume de vainilla.
Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas. La falda se arremangó sola, dejando mi tanga al descubierto, empapada ya. Él rio bajito, ese sonido grave que vibra en el pecho. "Impaciente, ¿eh?". Sus manos amasaron mis nalgas, apretando fuerte, y yo me froté contra él, sintiendo el roce delicioso de su bulto contra mi clítoris hinchado. "Cállate y fóllame, Mateo", le exigí, pero él era maestro en el juego lento. Desabrochó mi blusa del todo, besando cada centímetro de piel expuesta, dejando huellas húmedas que se enfriaban al aire.
En Pasión de Gavilanes capítulo 170 juran amor eterno, pero esto es real, carnal, nuestro, pensé mientras él me volteaba boca abajo en el sillón, el cuero crujiendo bajo nosotros.
Sus dedos bajaron mi tanga, exponiéndome al mundo, pero solo para él. El aire fresco besó mi concha mojada, y gemí alto cuando su lengua la tocó por primera vez. Lamió despacio, saboreando mis jugos, chupando el clítoris con labios carnosos. "Sabes a gloria, Lucía", murmuró contra mí, la vibración mandándome al borde. Mis caderas se movían solas, empujando contra su boca, oliendo mi propio aroma almizclado mezclado con su saliva. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. "¡Ay, cabrón, sí!", grité, las piernas temblando.
Pero él se detuvo, juguetón. "Aún no, mi reina". Me levantó como si nada, cargándome al cuarto. El pasillo olía a madera de cedro, y sus pasos resonaban firmes. En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como nube, me tendió desnuda. Se quitó la camisa, mostrando ese torso marcado por horas en el gym del rancho, músculos que flexionaban bajo la luz tenue de la luna filtrada por las cortinas. Bajó los jeans, y su verga saltó libre, venosa, goteando pre-semen, lista para mí.
Me arrodillé, tomándola en la mano, sintiendo su calor pulsante. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando esa sal picante. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo. "Qué rica chupas, nena". La tragué profunda, garganta relajada por práctica, sintiendo cómo latía en mi boca. Sus caderas empujaron suave, follándome la boca con cuidado, pero intenso. El sonido húmedo, chapoteante, llenaba el cuarto, mezclado con sus jadeos roncos.
No aguanté más. "Ven, métemela ya". Me acostó, abriendo mis piernas anchas. Su mirada ardiente me devoró, y el glande rozó mi entrada, lubricada al máximo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Qué apretada estás!", exclamó, y yo arqueé la espalda, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Cuando estuvo todo adentro, profundo, nos quedamos quietos un segundo, conectados, pulsando juntos. El olor de sexo crudo nos rodeaba, sudor perlando su frente.
Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver hondo. Cada embestida mandaba ondas de placer, mi clítoris frotándose contra su pubis. "Más fuerte, wey, rómpeme", le supliqué, y él obedeció, clavándome con ritmo salvaje. La cama crujía, cabezas golpeaban el cabecero, piel contra piel en palmadas sonoras. Sudábamos, cuerpos brillantes, resbalosos. Sus bolas chocaban contra mi culo, y yo clavaba uñas en sus hombros, dejando marcas rojas.
Esto es mejor que cualquier capítulo de Gavilanes, pensé en medio del torbellino. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como amazona. Mis tetas rebotaban, y él las atrapó, pellizcando pezones. Giré las caderas, moliendo, sintiendo su verga golpear mi G directo. "¡Me vengo, Mateo!", grité, el orgasmo explotando como fuegos artificiales, contrayéndome alrededor de él, jugos chorreando. Él rugió, embistiendo arriba, y se vino segundos después, llenándome de chorros calientes, su semen mezclándose con mis fluidos.
Colapsamos, jadeantes, enredados. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho, con el eco lejano de la tele aún murmurando la novela olvidada. "Te amo, Lucía", susurró, acariciando mi pelo húmedo. Yo sonreí, trazando su pecho con dedo. "Y yo a ti, mi gavilán. Cada noche es nuestro capítulo 170".
Nos quedamos así, pieles pegajosas enfriándose, corazones calmándose. Afuera, grillos cantaban, y la brisa traía jazmín fresco. En ese afterglow, supe que esto era real, eterno, más apasionado que cualquier telenovela. Mañana veríamos el siguiente, pero esta noche era nuestra, pura llama en la piel.