Leandro Santos y la Pasión de Gavilanes
Jimena respiró hondo el aire cargado de tierra húmeda y jazmín silvestre al bajar del viejo camión en la entrada de la hacienda Pasión de Gavilanes. El sol del mediodía en Sinaloa quemaba como un beso ardiente, y el polvo del camino se pegaba a sus sandalias. Venía de la ciudad, huyendo del ruido y las rutinas asfixiantes, buscando un poco de paz en la herencia de su tía. Pero nada la preparó para él: Leandro Santos, el capataz que regía aquellas tierras con la fuerza de un toro y la mirada de un gavilán.
Lo vio primero desde lejos, montado en su caballo negro, el sombrero echado atrás revelando mechones oscuros sudados que caían sobre su frente morena. Su camisa blanca, abierta hasta el pecho, dejaba ver músculos curtidos por el sol y el trabajo rudo. Órale, qué chulo, pensó Jimena, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Leandro desmontó con gracia felina, sus botas crujiendo sobre la grava, y se acercó con una sonrisa pícara que prometía problemas deliciosos.
¿Tú eres la sobrina de doña Rosa? Bienvenida a Pasión de Gavilanes, mamacita. Soy Leandro Santos, a tus órdenes.
Su voz era grave, ronca como el relincho de un semental, con ese acento sinaloense que arrastraba las palabras como miel caliente.
Jimena tragó saliva, notando el olor a cuero, sudor fresco y hombre que lo envolvía. Qué rico huele el wey. Extendió la mano, pero él la tomó con firmeza, levantándola a sus labios para un beso que duró un segundo de más. El roce de su barba incipiente contra su piel envió chispas por su espina dorsal.
Gracias, Leandro. Lindo lugar tienes aquí.
Él rio bajito, un sonido que vibró en el pecho de ella. No es mío, pero lo cuido como si lo fuera. Ven, te enseño el camino a tu cuarto antes de que el calor te derrita.
La primera noche, durante la cena en el comedor rústico de la hacienda, la tensión creció como una tormenta en el horizonte. La mesa larga de madera estaba llena de platos humeantes: tacos de carne asada jugosa, guacamole cremoso y tortas crujientes. El vino tinto mexicano fluía generoso, tiñendo las mejillas de Jimena de rosa. Leandro se sentó frente a ella, sus ojos cafés clavados en los suyos, devorándola más que la comida.
¿Por qué me mira así? Como si ya me hubiera quitado la ropa, se dijo Jimena, apretando los muslos bajo la mesa. El aire olía a carbón de leña y a su colonia terrosa, una mezcla que la mareaba.
Cuéntame de la ciudad, Jimena. ¿Allá los hombres te tratan como mereces?
preguntó él, inclinándose, su rodilla rozando la de ella accidentalmente. O no tan accidental.
Ella soltó una carcajada nerviosa. Pues ni al caso, la neta. Todos pendejos, pensando solo en su cel.
Leandro sonrió, mostrando dientes blancos perfectos. Aquí en Pasión de Gavilanes somos más directos. Si queremos algo, lo decimos. O lo tomamos.
Su pie subió por su pantorrilla, un toque ligero que la hizo jadear bajito. El corazón de Jimena latía como tambor de banda sinaloense.
Después de la cena, bajo las estrellas que salpicaban el cielo como diamantes, bailaron al son de un corrido ranchero que salía de un viejo tocadiscos. Sus cuerpos se pegaron en el porche, el calor de su piel traspasando la blusa ligera de ella. Leandro la guiaba con manos grandes en su cintura, sus caderas moviéndose al ritmo, rozando las de ella en promesas silenciosas.
Eres fuego, Jimena. Me quemas con solo mirarte.
Murmuró contra su oreja, su aliento cálido oliendo a vino y canela.
Ella giró en sus brazos, presionando sus pechos contra el muro duro de su torso. ¿Y tú qué, Leandro Santos? ¿Siempre conquistas así a las visitas?
Qué ganas de sentirlo dentro, de que me rompa en dos, pensó, mientras sus labios se rozaban por primera vez. Fue un beso suave al inicio, exploratorio, saboreando el tequila en su lengua. Pero pronto se volvió feroz, hambriento. Sus manos bajaron a sus nalgas, amasándolas con fuerza, y ella gimió en su boca, el sonido ahogado por la noche.
La llevó a su habitación en la ala de los trabajadores, un cuarto sencillo con cama king cubierta de sábanas frescas y una ventana abierta al corral. La puerta se cerró con un clic que sonó como destino. Jimena temblaba de anticipación, el pulso acelerado en su cuello, el aroma de su excitación mezclándose con el de las flores nocturnas.
Leandro la recargó contra la pared, besándola con urgencia mientras sus dedos desabotonaban su blusa. Te quiero desnuda, carnal. Quiero verte toda.
Su voz era un gruñido animal, y ella arqueó la espalda, dejando que la ropa cayera al piso como hojas secas.
Sus pechos quedaron expuestos al aire fresco, los pezones endurecidos como piedras preciosas. Él los miró con hambre, bajando la cabeza para lamer uno, succionándolo con maestría. Jimena jadeó, clavando uñas en su espalda, sintiendo la aspereza de su camisa contra su piel desnuda. ¡Qué chingón besa el pendejo! Me va a volver loca.
Leandro se arrodilló, besando su vientre plano, bajando hasta el borde de sus jeans. Con dientes y dedos, los quitó, revelando sus bragas de encaje húmedas. El olor a su deseo lo invadió, almizclado y dulce como miel de maguey. Mira cómo estás, mojada por mí. Eres una diosa, Jimena.
Ella lo jaló del pelo, guiándolo. Chúpame, Leandro. Hazme gritar tu nombre.
Él obedeció, apartando la tela y hundiendo la lengua en su panocha hinchada. Lamía despacio, saboreando cada gota, chupando su clítoris con labios carnosos. Jimena se retorcía, las piernas temblando, el sonido de su succión obsceno y delicioso en la quietud. Su lengua es puro vicio, me lleva al cielo.
No aguantó más. Lo empujó a la cama, quitándole la ropa con furia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. ¡Qué madre tan choncha! Es perfecta
, murmuró ella, acariciándola con manos temblorosas, sintiendo el calor y la dureza de acero vivo.
Leandro la tumbó encima, posicionándola a horcajadas. Móntame, reina. Hazme tuyo.
Ella descendió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándola, llenándola hasta el fondo. El placer era cegador, un fuego que subía desde su útero. Empezó a moverse, cabalgándolo como una amazona, sus caderas girando en círculos viciosos. Él la sujetaba por las nalgas, embistiéndola desde abajo con fuerza brutal pero controlada.
El slap de piel contra piel llenaba el cuarto, mezclado con sus gemidos roncos y sus ¡Sí, así, cabrón!
y ¡Más duro, Leandro Santos!
. Sudor corría por sus cuerpos, salado en la lengua cuando ella se inclinó a besarlo. El olor a sexo crudo, a macho en celo y hembra en éxtasis, era embriagador.
La tensión creció, espiral ascendente. Jimena sintió el orgasmo venir como un tren, contrayendo su coño alrededor de su verga. ¡Ya viene, no pares! Gritó, y explotó en olas de placer, el mundo disolviéndose en luces blancas. Leandro rugió, volteándola para penetrarla de misionero, embistiendo profundo hasta vaciarse dentro de ella en chorros calientes, marcándola como suya.
Jadeantes, se derrumbaron enredados, piel pegajosa contra piel. El aire olía a semen y sudor satisfecho, y el silencio solo roto por sus respiraciones acompasadas. Leandro la besó en la frente, suave ahora, tierno.
Qué noche, Jimena. Pasión de Gavilanes nunca había ardido así.
Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.
Leandro Santos, el rey de esta hacienda y de mi cuerpo. ¿Qué más puedo pedir? Aquí me quedo, con su fuego en las venas.El amanecer pintaba el cielo de rosa, prometiendo más pasiones en las tierras de gavilanes.