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Pasión de Mel Gibson en Carne Propia

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Pasión de Mel Gibson en Carne Propia

Estaba en ese bar chido de Polanco, con luces tenues y un DJ que ponía cumbia rebajada que te hacía mover las caderas sin querer. Yo, Ana, veintiocho años, recién salida de una ruptura que me dejó con ganas de algo real, pedí un tequila reposado y me senté en la barra. El aire olía a perfumes caros mezclados con el humo de cigarros electrónicos y un toque de limón fresco. Mi vestido negro ajustado se pegaba a mi piel por el calor de la noche, y sentía el pulso acelerado, como si supiera que algo iba a pasar.

Entonces lo vi. Alto, con esa mandíbula cuadrada y ojos azules intensos que te clavan en el sitio. Parecía sacado de una película: él, Alejandro, con el cabello revuelto y una camisa blanca entreabierta que dejaba ver un pecho moreno y musculoso. Se acercó, güey, con una sonrisa lobuna que me erizó la piel. "¿Me invitas a un trago o qué?", dijo con voz grave, como si ronroneara. Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Hablamos de todo: del pinche tráfico de la CDMX, de la comida callelosa que extrañamos cuando salimos de fiesta. Pero de pronto, sacó el tema de las películas.

"¿Has visto las de Mel Gibson? Esa pasión de Mel Gibson en Braveheart, carnal, te prende el fuego por dentro", dijo mientras sus dedos rozaban el borde de mi vaso. Yo asentí, recordando esas escenas donde el tipo se entrega todo, sin medias tintas.

¡Chin, este wey parece su clon!, pensé. Su mirada me hacía sentir desnuda ya, vulnerable y excitada al mismo tiempo.
Pedimos otro tequila, y el líquido quemaba la garganta, calentándome las venas. Bailamos pegaditos, su cuerpo duro contra el mío, el sudor empezando a perlar su cuello. Olía a colonia amaderada con un fondo salado, y su mano en mi cintura me apretaba justo lo necesario para que mi corazón latiera como tamborazo zacatecano.

La tensión crecía con cada roce. Sus labios rozaron mi oreja mientras susurraba: "Tú tienes esa misma pasión, nena, se te nota en los ojos". Me mordí el labio, sintiendo el calor subir por mis muslos. No aguanto más, pensé. "Vamos a tu depa", le dije, audaz, y él sonrió como si lo esperara. Salimos al valet, subimos a su camioneta negra, y en el camino su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacio, enviando chispas por mi piel. El viento de la noche entraba por la ventana, refrescando mi cara arrebolada.

Su departamento era en una torre fancy de Reforma, con vistas al Ángel y luces de la ciudad que parpadeaban como estrellas caídas. Apenas cerramos la puerta, me acorraló contra la pared, su boca devorando la mía. Sabía a tequila y a deseo puro, su lengua explorando con urgencia. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello. "Eres fuego, Ana", murmuró, mientras sus dedos desabrochaban mi vestido, dejando que cayera al piso como una cascada de seda. Quedé en lencería negra, el aire acondicionado erizando mis pezones.

Me cargó hasta la cama king size, las sábanas frescas y suaves contra mi espalda. Se quitó la camisa, revelando abdominales marcados y un vello oscuro que bajaba hasta su pantalón.

Esto es la pasión de Mel Gibson en carne propia, ¡qué rico!
Sus manos callosas recorrieron mis curvas, apretando mis senos, pellizcando suave hasta que arqueé la espalda. Bajó besos por mi cuello, el sabor salado de mi piel en su lengua, y yo jadeaba, oliendo su aroma masculino que me mareaba. "Tócame, güey", le pedí, y él obedeció, deslizando la mano entre mis piernas. Estaba empapada, mi clítoris hinchado rogando atención. Sus dedos juguetearon, círculos lentos que me hacían retorcer, el sonido húmedo de mi excitación llenando la habitación.

Lo volteé, queriendo tomar control. Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en la mano, sintiendo su calor y dureza, el pulso latiendo contra mi palma. La lamí desde la base, saboreando el gusto salado de su piel, hasta la punta donde una gota precorial brillaba. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho. "¡Qué chingona chupas, nena!", exclamó, sus caderas moviéndose. Lo tragué profundo, mi garganta ajustándose, mientras mis uñas arañaban sus muslos. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, espeso y embriagador.

Pero quería más. Me subí encima, frotando mi panocha mojada contra su verga, lubricándola. "Entra ya, pendejo", le dije juguetona, y él rio, guiándome. Cuando me hundí en él, fue como un rayo: lleno, estirándome delicioso. Grité, el placer punzante expandiéndose desde mi centro. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes, mis senos rebotando con cada embestida. Sus manos en mis caderas, marcando el ritmo, el slap-slap de piel contra piel como música erótica. Sudábamos, gotas rodando por su pecho, y yo las lamía, saladas y calientes.

La intensidad subía. Me volteó a cuatro patas, su peso sobre mí protector. Entró de nuevo, profundo, golpeando mi punto G con cada thrust. "¡Más fuerte!", supliqué, y él obedeció, una mano en mi clítoris frotando furioso. Gemidos míos, gruñidos suyos, el colchón crujiendo. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola en mi vientre, mis piernas temblando. "Me vengo, carnal", avisé, y exploté, contrayéndome alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas. Él siguió, prolongando mi éxtasis, hasta que rugió y se derramó dentro, caliente y abundante, su cuerpo convulsionando contra el mío.

Caímos exhaustos, enredados. Su pecho subía y bajaba rápido, el corazón martilleando bajo mi oreja. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y sudor dulce. Me besó la frente, suave ahora. "Eso fue épico, como la pasión de Mel Gibson en pantalla grande", bromeó. Reí, sintiéndome plena, empoderada.

Quién iba a decir que un clon de mi crush actor me daría la noche de mi vida, pensé. Esto no era solo sexo, era conexión, fuego compartido.

Nos quedamos así, hablando bajito de sueños y películas hasta que el sueño nos venció. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, lo miré dormir y supe que esto era solo el principio. La ciudad despertaba afuera, pero en esa cama, la pasión ardía todavía, lista para más rondas. Me acurruqué contra él, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido y el alma en paz.

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