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Frases Para Encender La Pasion

6882 palabras

Frases Para Encender La Pasion

La luz tenue de las velas parpadeaba en la sala de mi departamento en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que la piel de Javier pareciera bronceada por el sol de Acapulco. Habíamos estado separados una semana por su pinche viaje de trabajo a Monterrey, y ahora, con una botella de tequila reposado a medio terminar y el olor a enchiladas suizas flotando en el aire, sentía que el cuerpo me ardía de anticipación. Javier, mi carnal de tres años, con esa sonrisa pícara y esos ojos cafés que me desarmaban, se recargó en el sofá, su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que me volvía loca.

Órale, Ana, no seas mensa, ya mero es hora de que esto explote, pensé mientras me acercaba con mi copa en la mano, el roce de mi vestido negro corto contra mis muslos enviando chispas por mi espina. Él me jaló de la cintura, su mano grande y callosa —de tanto jalar fierros en el gym— apretándome contra su dureza que ya se notaba bajo los jeans. El calor de su aliento con olor a tequila y menta me rozó el cuello.

"Mi reina, ¿sabes qué? Tu cuerpo es como un mezcal añejo, quema y deja con ganas de más", murmuró, su voz grave retumbando en mi pecho como un tamborazo zacatecano.

Esas frases para encender la pasion que tanto le gustaban a Javier, sacadas de quién sabe dónde, siempre me ponían la piel chinita. Me reí bajito, sintiendo cómo mis pezones se endurecían contra la tela del vestido, el roce áspero mandándome ondas de placer directo al centro de mi ser.

Acto uno apenas empezaba. Nos besamos lento, sus labios carnosos saboreando los míos con hambre contenida, la lengua explorando como si fuera la primera vez. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de la avenida Insurgentes. Sus manos subieron por mis muslos, deteniéndose en el borde de mis panties de encaje, y yo arqueé la espalda, presionándome contra él. Neta, este wey sabe cómo hacerme suya sin apurarse.

Lo empujé suave hacia atrás, montándome a horcajadas sobre sus piernas. El bulto en sus pantalones palpitaba contra mi humedad creciente, y el olor a su loción con notas de sándalo se mezclaba con mi aroma de jazmín y deseo. "Javier, cabrón, me tienes loca con tus palabras", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo mientras mis uñas rasguñaban su pecho.

Él rio, esa carcajada ronca que me erizaba el vello de la nuca. "Pues agárrate, porque voy a soltarte unas frases para encender la pasion que te van a dejar temblando, mi amor". Me levantó en brazos como si no pesara nada, caminando hacia el cuarto con pasos firmes. El colchón king size nos recibió con su frescura de sábanas de algodón egipcio, y el ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aire cargado de promesas.

En el medio del acto, la tensión subía como el volcán Popo en erupción. Javier me quitó el vestido con deliberada lentitud, sus dedos trazando cada curva de mi cuerpo: el valle entre mis senos, el hueco de mi ombligo, hasta llegar a mis caderas anchas que él adoraba agarrar. "Eres mi diosa azteca, Ana, con curvas que podrían tumbar imperios", dijo, su aliento caliente sobre mi vientre mientras besaba la piel sensible justo encima de mi monte de Venus. Sentí un jalón en el bajo vientre, mi clítoris hinchándose de necesidad.

Yo no me quedaba atrás. Le desabroché los jeans, liberando su verga gruesa y venosa que saltó erecta, con una gota perlada en la punta que olía a hombre puro, salado y adictivo. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, y lamí la cabeza despacio, saboreando su esencia mientras él gemía, "¡Chin... qué rico, nena!". El sonido de su placer, gutural y mexicano hasta la médula, me empapaba más.

Nos volteamos en un enredo de piernas y brazos sudorosos. Él se posicionó entre mis muslos, frotando su glande contra mis labios hinchados, lubricados por mi excitación. "Dime que me quieres adentro, mi vida", exigió con voz ronca, y yo, arqueándome, respondí: "Sí, pendejo, métemela ya, pero despacito que me vas a romper". Entró centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, el ardor inicial convirtiéndose en un placer abrasador que me hacía jadear. El slap-slap de piel contra piel empezó suave, sincronizado con nuestros jadeos, el olor a sexo impregnando el aire como incienso prohibido.

Esto es lo que necesitaba, su cuerpo cubriendo el mío, sus frases para encender la pasion susurradas al oído mientras me embiste, pensé en medio del vaivén. "Tu panocha es mi paraíso, Ana, apriétame más fuerte", gruñó, y yo obedecí, contrayendo mis músculos internos alrededor de él, sintiendo cada vena, cada latido. Sudor resbalaba por su espalda, salado en mi lengua cuando lo lamí, y el colchón crujía bajo nosotros como un mariachi desafinado.

La intensidad escalaba. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando al ritmo de mis caderas, sus manos amasándolas, pellizcando pezones que dolían de placer. "¡Mírate, reina, qué chingona te ves montándome!", exclamó, y eso me llevó al borde. El clímax se acercaba como tormenta veraniega, mi piel hipersensible, cada roce enviando descargas eléctricas. Él se incorporó, chupando mi cuello mientras yo giraba las caderas, frotando mi clítoris contra su pubis.

Pero no soltamos aún. Bajé a cuatro patas, él detrás, penetrándome profundo con embestidas que me hacían gritar "¡Más, wey, no pares!". El espejo del clóset reflejaba nuestra unión salvaje: mi culo redondo chocando contra su pelvis, su rostro de éxtasis puro. "Voy a llenarte de mi leche, mi amor, ¿lo quieres?", jadeó, y yo, perdida en el fuego, grité "¡Sí, dámela toda!".

El final llegó como avalancha. Mi orgasmo explotó primero, ondas de placer convulsionándome, mi voz rompiéndose en un "¡Ay, Diosito!" mientras chorros de humedad empapaban sus bolas. Él se tensó, gruñendo como toro, y sentí su verga hincharse, eyaculando chorros calientes dentro de mí, pintándome las paredes internas. Colapsamos juntos, su peso protector sobre mí, corazones galopando al unísono, el aire espeso con olor a semen, sudor y satisfacción.

En el afterglow, Javier me besó la frente, su mano acariciando mi cabello revuelto. "Te amo, Ana, y esas frases para encender la pasion son solo el principio de lo que te daría siempre". Yo sonreí, sintiendo su semilla escurrir entre mis piernas, un recordatorio pegajoso y dulce. Neta, este hombre es mi todo, mi pasión eterna.

Nos quedamos así, enredados, escuchando la ciudad que nunca duerme, con la promesa de más noches como esta. El tequila olvidado en la sala, pero el fuego encendido para siempre.

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