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Como Encontrar Pasion Por Algo Que Late

7250 palabras

Como Encontrar Pasion Por Algo Que Late

Estaba sentada en la terraza de un café en la Condesa, con el sol de la tarde bañando las mesas de madera y el aroma del café de olla mezclándose con el dulzor de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes. Yo, Laura, treinta y dos años, publicista exitosa pero con el alma hecha un nudo de rutina. Neta, pensaba, ¿cómo encontrar pasión por algo cuando los días se repetían como un disco rayado? Mi vida era cómoda: depa chido en Polanco, amigos divertidos, pero en la cama... puro bostezo. Mi último novio había sido un pendejo que ni sabía dónde estaba el clítoris.

¿Cómo encontrar pasión por algo que te haga vibrar de verdad? ¿O ya se me apagó el fuego para siempre?

Entonces lo vi. Diego entró al café como si el mundo le perteneciera, con esa camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos y un jean que abrazaba sus caderas de forma pecaminosa. Moreno, ojos cafés intensos, sonrisa pícara que gritaba ven pa'cá, mamacita. Pidió un mezcal con limón y se sentó dos mesas adelante. Nuestras miradas chocaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas despertando de un letargo.

Órale, ¿vienes seguido por acá? —me soltó de repente, girándose con naturalidad como si nos conociéramos de toda la vida.

Yo parpadeé, sorprendida pero intrigada. —A veces, wey. ¿Y tú?

Charlamos de todo: del tráfico infernal de Insurgentes, de la neta del pozole en la esquina, de cómo la ciudad te chupa el alma si no le pones salsa. Él era arquitecto, apasionado por restaurar casas antiguas en el Centro. Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizaba la piel. Olía a sándalo y a algo masculino, fresco, que me hacía inhalar hondo sin darme cuenta. Cuando rozó mi mano al pasarme el azúcar, un chispazo me recorrió el brazo hasta el centro de las piernas. Pinche química, pensé.

El sol se puso, las luces de neón del barrio empezaron a parpadear, y Diego propuso: —Vámonos a caminar, ¿no? Hay un barcito con música en vivo que está de poca madre.

No lo pensé dos veces. Salimos, el aire fresco de la noche mexicana nos envolvió, con olor a tacos al pastor de un puesto cercano y risas de parejas paseando. Caminamos hombro con hombro, rozándonos "sin querer". Cada roce era fuego lento: su mano en mi espalda baja, guiándome por la banqueta irregular. Mi corazón latía fuerte, tan-tan, como tambores de una fiesta en Xochimilco.

En el bar, mariachis tocaban Cielito Lindo con guitarras que vibraban en el pecho. Pedimos tequilas reposados, el líquido ámbar quemándonos la garganta con sabor a agave puro y tierra. Bailamos pegaditos, su cuerpo duro contra el mío, mis tetas apretadas a su torso. Sentí su verga semi-dura contra mi muslo, y en vez de asustarme, una ola de calor me inundó la panocha. Sí, cabrón, esto era lo que necesitaba.

—Estás rica, Laura —me susurró al oído, su aliento caliente rozándome el lóbulo—. Neta, desde que te vi pensé en comerte a besos.

Ándale, pues hazlo —le reté, empinándome de puntitas.

Su boca cayó sobre la mía como lluvia en desierto. Labios suaves pero firmes, lengua juguetona explorando, saboreando el tequila en mi saliva. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro y ondulado. El mundo se redujo a ese beso: el ruido del bar un murmullo lejano, el sudor perlando su cuello, el pulso acelerado latiéndonos en las venas.

Salimos tambaleantes de deseo, tomamos un Uber a su depa en la Roma. En el carro, sus manos ya eran impacientes: subiendo por mi falda, acariciando mis muslos suaves, rozando el encaje de mis calzones húmedos. Yo le mordí el cuello, oliendo su piel salada, sintiendo su erección presionando contra mi pierna. Pinche Diego, me vas a volver loca.

Entramos a su departamento, un loft luminoso con ventanales a las luces de la ciudad, olor a madera pulida y velas de vainilla. Me empujó contra la pared, besándome con hambre, quitándome la blusa de un tirón. Mis chichis saltaron libres, pezones duros como piedras bajo su mirada ardiente.

Qué tetas tan perfectas, mamacita —gruñó, lamiendo uno, chupándolo con succión que me arqueó la espalda. Su lengua era fuego, círculos húmedos, dientes rozando justo lo suficiente para doler rico.

Yo no me quedé atrás. Le bajé el zipper, saqué su verga gruesa, venosa, palpitante en mi mano. ¡Órale qué pinga tan chingona! La apreté, sintiendo el calor, la dureza de acero envuelta en terciopelo. La masturbe despacio, oyendo sus jadeos roncos, oliendo su excitación almizclada.

Caímos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio. Él me desvistió por completo, besando cada centímetro: el ombligo, las caderas, el interior de los muslos temblorosos. Cuando llegó a mi concha, ya estaba chorreando, labios hinchados y sensibles. Su lengua la abrió como pétalo, lamiendo el clítoris con maestría, sorbiendo mis jugos con gemidos de placer.

Esto es pasión, neta. Así se encuentra pasión por algo: en el roce que quema, en el sabor que embriaga.

Dame más, le rogué, enredando mis piernas en su cuello, empujándolo más hondo. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, bombeando rítmicico mientras su boca succionaba. El orgasmo me golpeó como tsunami: visión borrosa, cuerpo convulsionando, grito ahogado que retumbó en las paredes. Saboreé mi propia liberación en su beso después.

Lo volteé, cabalgándolo como amazona. Su verga entró en mí de un empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. ¡Ay, wey, qué rico! Reboté sobre él, mis tetas saltando, uñas clavándose en su pecho velludo. Él me agarraba las nalgas, azotándolas suave, guiando el ritmo. Sudor nos unía, piel resbaladiza, olores mezclados de sexo crudo y perfume.

Cambié de posición: él encima, misionero profundo. Sus embestidas eran potentes, caderas chocando con palmadas húmedas, plaf-plaf-plaf. Me miró a los ojos, susurrando: —Vente conmigo, Laura, déjame sentirte apretarme.

La tensión creció, espiral infinita: mis paredes contrayéndose alrededor de su verga, su glande hinchándose. Grité su nombre cuando exploté de nuevo, leche caliente inundándome, su semen derramándose en chorros pulsantes. Colapsamos, jadeantes, corazones galopando al unísono.

Después, enredados en las sábanas revueltas, con el skyline de CDMX brillando afuera, fumamos un cigarro compartido —el humo danzando perezoso—. Su mano trazaba círculos en mi vientre, besos suaves en mi sien.

Gracias, Diego. Neta, hoy descubrí como encontrar pasión por algo: en ti, en esto que late entre nosotros.

Él sonrió, esa sonrisa que me derritió otra vez. —Y yo en ti, preciosa. Esto apenas empieza.

Me fui al amanecer, piernas flojas pero alma encendida. La ciudad despertaba con cláxones y vendedores de elotes, pero yo caminaba ligera, sabiendo que la pasión no se busca, se enciende con el roce correcto. Chido, ¿verdad?

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