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Pasión de Gavilanes Capítulo 71 Fuego en la Piel

7461 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 71 Fuego en la Piel

La noche caía suave sobre la casa en las afueras de Guadalajara, con ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara. Yo, Ana, me recostaba en el sofá viejo pero cómodo de la sala, con las piernas cruzadas sobre las de Javier, mi hombre desde hace dos años. El tele estaba prendido, sintonizado en el canal de las telenovelas, y justo empezaba Pasión de Gavilanes capítulo 71. Órale, qué vicio tenemos con esa novela, wey. Esas miradas ardientes entre los hermanos Reyes y las Elizondo siempre nos ponían de malas, pero de las buenas, ¿sabes? Como si el drama de ellos avivara el nuestro propio.

Javier, con su camiseta ajustada que marcaba esos músculos de tanto trabajar en la construcción, me pasaba la mano por el muslo despacito, subiendo y bajando como quien no quiere la cosa. Olía a su jabón de sándalo mezclado con el sudor ligero del día, un aroma que me hacía agua la boca.

Pinche Javier, siempre sabe cómo encender la mecha
, pensé, mientras la pantalla mostraba a Óscar Reyes besando con furia a una de las hermanas, el beso tan intenso que parecía que se iban a devorar. Mi corazón latió más rápido, y sentí un cosquilleo entre las piernas, neta.

—¿Ves eso, mi chula? Así te voy a besar yo ahorita —me dijo Javier con esa voz ronca, juguetona, inclinándose para rozar mi cuello con los labios. Su aliento cálido me erizó la piel, y el roce de su barba de tres días fue como electricidad pura. Yo reí bajito, pero no lo aparté. Al contrario, giré la cara para que me besara de lleno. Nuestros labios se juntaron suaves al principio, probando, como en la novela, pero pronto se volvió hambre pura. Su lengua entró en mi boca, saboreando a tequila de la chela que nos echamos antes, y yo le respondí con la mía, enredándolas en un baile húmedo y caliente.

La televisión seguía con el capítulo, las voces de los actores llenando la sala con gritos de pasión y celos, pero ya ni les hacíamos caso. Javier me jaló sobre su regazo, y sentí su dureza presionando contra mí a través de los jeans. ¡Ay, cabrón! Ese bulto duro me hizo jadear. Mis manos se colaron bajo su camiseta, tocando su pecho firme, los pezones que se endurecían bajo mis dedos. Él gemía bajito en mi boca, un sonido grave que vibraba en mi pecho y bajaba directo a mi centro, donde ya sentía la humedad empapando mis panties.

Nos separamos un segundo para respirar, mirándonos a los ojos. Los suyos, cafés oscuros, brillaban con deseo puro.

Este wey me vuelve loca, neta que sí
, pensé, mientras él me quitaba la blusa con urgencia, dejando mis tetas al aire, cubiertas solo por el brasier de encaje negro que me puse sabiendo que pasaríamos la noche así. El aire fresco de la noche me rozó los pezones, poniéndolos duros como piedritas, y Javier no perdió tiempo: bajó la cabeza y los chupó uno por uno, lamiendo, mordisqueando suave. Sentí su lengua caliente, áspera, y un tirón delicioso entre las piernas. —¡Javier, mi amor, no pares! —le supliqué, arqueando la espalda.

El medio del capítulo seguía, pero ahora era puro ruido de fondo, como un latido acelerado que acompañaba el nuestro. Javier me recostó en el sofá, besando mi barriga, bajando despacio por mi ombligo, hasta llegar al botón de mis shorts. Los desabrochó con dientes, juguetón, y yo levanté las caderas para ayudarlo a quitármelos. El olor de mi propia excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, mezclándose con el suyo. Él se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas con manos firmes pero tiernas. Siempre tan consentidor, pensé, mientras su nariz rozaba mi monte de Venus a través de la tela húmeda.

—Estás chingón mojada, Ana. Todo por esa pinche novela —rió él, y yo le di un coscorrón juguetón en la cabeza.

—¡Cállate, pendejo, y haz tu trabajo! —le contesté, pero mi voz salió ronca, suplicante.

Me quitó las panties de un jalón, exponiéndome al aire, y sentí el fresco en mi piel caliente, vulnerable. Su boca se posó en mi clítoris de inmediato, chupando suave al principio, lamiendo en círculos lentos. ¡Madre mía! El placer fue como una ola, subiendo desde mi chochita hasta la nuca. Gemí fuerte, agarrando su cabello negro revuelto, empujándolo más contra mí. Su lengua entraba y salía, saboreándome entera, y el sonido húmedo de su boca en mí era obsceno, delicioso. Oía mi propia respiración agitada, los jadeos que no podía contener, y el corazón latiéndome en los oídos como tambores.

Pero Javier no era de los que se conforman. Se levantó, se quitó la ropa rápido, quedando desnudo frente a mí. Su verga erguida, gruesa, venosa, apuntando al techo, con una gota perlada en la punta. La miré con hambre, lamiéndome los labios.

Quiero esa madre adentro ya
. Él se recostó a mi lado, jalándome encima. —Ven, mi reina, móntame como tú sabes.

Me subí a horcajadas, sintiendo la cabeza de su pito rozando mi entrada húmeda. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándome, llenándome por completo. Era perfecto, como hecho para mí. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce interno, el roce de su pubis contra mi clítoris. Javier agarraba mis caderas, guiándome, pero dejándome el control. Sus manos subían a mis tetas, amasándolas, pellizcando los pezones. El sudor nos cubría, brillando bajo la luz tenue de la tele, y el olor a sexo llenaba la sala, intenso, animal.

Acabamos de lado, él detrás de mí, embistiéndome profundo mientras me besaba el cuello, mordiendo la oreja. —Te amo, Ana. Eres mi todo —susurró, y sus palabras me apretaron más por dentro. Yo giré la cabeza para besarlo, nuestras lenguas enredadas mientras su verga entraba y salía, chapoteando en mi jugo. El ritmo se aceleró, mis gemidos se volvieron gritos ahogados: ¡Chíngame más duro, Javier! ¡Así, cabrón! Sentía el orgasmo construyéndose, una tensión en el vientre que crecía como tormenta.

Él gruñía bajito, su aliento caliente en mi piel, el sonido de carne contra carne retumbando.

No aguanto más, se viene
, pensé, y exploté. El clímax me sacudió entera, olas de placer puro, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Javier se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, gimiendo mi nombre como oración. Nos quedamos pegados, temblando, sudados, el corazón galopando al unísono.

La tele seguía con Pasión de Gavilanes capítulo 71, pero ya había terminado el clímax de ellos también, irónico. Javier me abrazó por detrás, besando mi hombro. —¿Ves? Esa novela siempre nos prende el fusible —rió bajito.

Yo sonreí, girándome para mirarlo, acariciando su cara barbuda. Mi hombre perfecto. Nos quedamos así un rato, enredados en las cobijas que jalamos del respaldo, el aire ahora fresco contra nuestra piel caliente. Olía a nosotros, a sexo satisfecho, a amor. Fuera, el grillos cantaban, y en mi pecho quedaba esa paz chida, esa conexión profunda que no se explica. Mañana sería otro día de rutina, pero noches como esta nos recordaban por qué valía la pena todo. Pasión de Gavilanes capítulo 71 había sido el detonante perfecto para nuestra propia historia ardiente.

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