Diario de una Pasión 2
Querido diario de una pasión 2, hoy retomo estas páginas con el corazón latiendo como tambor de cumbia en una fiesta del barrio. Hace semanas que no escribo, desde esa noche inolvidable con Diego en la playa de Acapulco, donde el mar nos mecía y su piel olía a sal y a hombre. Neta, wey, esa primera entrega fue pura fuego, pero ahora la vida en la Ciudad de México me tiene atrapada en el ajetreo de oficinas y tráfico infernal. Trabajo en una galería de arte en Polanco, rodeada de cuadros que gritan deseo, pero nada como el que siento por él.
Esta mañana, mientras sorbía mi café de olla en la terraza del depa, con el aroma dulce del piloncillo subiéndome por la nariz, me llegó su mensaje: "Valeria, ¿vienes a la expo esta noche? Te extraño, carnal." Órale, mi pulso se aceleró como si hubiera corrido la pista del Zócalo. Diego, ese moreno alto con ojos cafés que brillan como obsidiana, el que me hace sentir viva con solo una mirada. Vestí mi falda negra ajustada, esa que marca mis curvas chilangas, y un top rojo que deja ver el encaje de mi brasier. Me perfumé con jazmín, oliendo a tentación pura.
La galería estaba llena de gente fancy, copas de vino tinto flotando, risas y jazz suave de fondo. Lo vi de lejos, platicando con un artista, su camisa blanca pegada al pecho musculoso por el calor húmedo de la noche. Cuando nuestros ojos se cruzaron, sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas volando descontroladas. Me acerqué, mis tacones cliqueando en el piso de mármol, y él me jaló por la cintura. "¿Qué onda, preciosa? Te ves para comerte aquí mismo." Su aliento cálido en mi oreja, oliendo a tequila reposado, me erizó la piel.
Pienso: Dios mío, este pendejo me enciende con solo rozarme. Quiero que me bese ya, que sus manos bajen por mi espalda hasta mi culo.
Platicamos de todo y nada, coqueteamos con miradas que decían más que palabras. Sus dedos rozaban los míos al pasarme la copa, enviando chispas eléctricas por mi brazo. El deseo crecía lento, como el volcán Popo antes de erupción. Salimos a la terraza, el skyline de la CDMX brillando con luces neón, el ruido de cláxones lejanos mezclándose con nuestro susurro. "Ven conmigo a mi hotel, Val. No aguanto más." Su voz ronca, grave, me mojó entre las piernas al instante. Asentí, empoderada, queriendo cada centímetro de él.
Acto de escalada, mi diario. En el Uber rumbo al hotel en Reforma, no pudimos esperar. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda, mientras yo le mordía el lóbulo de la oreja. Su piel sabe a sal y sudor fresco, como después de un partido de fut en el parque. Llegamos y subimos corriendo al elevador, solos por milagro. Ahí explotó la tensión: me empujó contra la pared, sus labios devorando los míos, lengua danzando salvaje, sabor a vino y pasión. Gemí bajito, mis uñas clavándose en su espalda a través de la camisa. "Eres mía esta noche, Valeria." Sí, cabrón, y tú mío.
En la habitación, luces tenues, cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Se quitó la camisa despacio, revelando abdominales marcados, vello oscuro bajando al ombligo. Lo miré, lamiéndome los labios, oliendo su aroma masculino mezclado con el del hotel, limpio y lujoso. Me desvistió con calma tortuosa, besando cada centímetro de piel expuesta: cuello, hombros, pechos. Sus labios en mis pezones, chupando suave luego fuerte, me arquée gimiendo, "¡Ay, Diego, no pares, wey!" El sonido de mi voz ecoaba, jadeos entrecortados, su respiración pesada contra mi carne.
Caímos en la cama, cuerpos entrelazados, piel contra piel resbaladiza por el sudor. Mis manos exploraron su verga dura, gruesa, palpitante en mi palma, venas marcadas como ríos de lava. La apreté, masturbándolo lento, oyendo sus gruñidos guturales: "¡Qué rico, nena, así!" Él bajó entre mis piernas, lengua experta lamiendo mi clítoris hinchado, saboreándome como tamal dulce. El placer subía en olas, mis caderas moviéndose solas, olor a sexo llenando el aire, almizclado y embriagador. "Te voy a hacer venir primero, amor." Y lo hizo, mi orgasmo explotando como piñata en fiesta, cuerpo temblando, grito ahogado en la almohada.
Interno: Neta, este hombre sabe tocarme como si leyera mi alma. Me siento reina, poderosa, deseada al máximo.
La intensidad creció. Me puse encima, cabalgándolo despacio al inicio, sintiendo cada centímetro de él llenándome, estirándome delicioso. Nuestros ojos clavados, sudor goteando, pechos rebotando con cada embestida. "Muévete así, Valeria, ¡órale!" Aceleré, caderas girando, clítoris rozando su pubis, placer duplicándose. Él me agarró el culo, amasándolo fuerte, guiándome más profundo. Gemidos se volvieron gritos: míos agudos, suyos roncos. El colchón crujía rítmicamente, piel chocando con palmadas húmedas, olor a nuestros jugos mezclados.
Cambié de posición, él atrás, perrito estilo, penetrándome hondo, una mano en mi clítoris frotando, la otra tirando mi pelo suave. Siento su verga golpeando mi G, fuego puro, voy a explotar otra vez. El clímax nos tomó juntos: yo convulsionando, él gruñendo "¡Me vengo, nena!", calor inundándome adentro, pulsos interminables. Colapsamos, exhaustos, abrazados, piel pegajosa, respiraciones sincronizadas calmándose.
En el afterglow, yacimos enredados, su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón galopante ralentizarse. Besos suaves en mi vientre, caricias perezosas. "Eres increíble, Val. Esto no termina aquí." Sonreí, oliendo su cabello húmedo, sabor de él aún en mis labios. Miramos las luces de la ciudad por la ventana, Reforma brillando como promesa.
Reflexión final: Mi diario de una pasión 2 cierra con este capítulo ardiente, pero sé que hay más. Diego me hace sentir completa, empoderada en mi sexualidad. Mañana, ¿quién sabe? Por ahora, duermo en sus brazos, satisfecha hasta el alma.
Fin de esta entrega, pero la pasión sigue viva, latiendo como el corazón de México.