Pasión Capítulo 43 El Reencuentro que Quema
La luz del atardecer se colaba por las cortinas de mi depa en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que me ponía la piel de gallina. Hacía meses que no veía a Javier, ese vato que me volvía loca con solo una mirada. Neta, cada vez que pensaba en él, se me hacía agua la boca recordando su olor a colonia cara mezclada con sudor fresco. Esta noche era especial, como si el universo nos diera otra chance. Me había puesto ese vestido negro ajustado que me marca las curvas justito, sin bra, solo para provocarlo desde el primer segundo.
El timbre sonó y mi corazón dio un brinco. Abrí la puerta y ahí estaba, con su camisa blanca desabotonada un poquito, mostrando ese pecho moreno que tanto me gustaba lamer. Órale, qué chido verte, me dijo con esa sonrisa pícara que me deshace. Lo jalé adentro y cerré la puerta de un golpe, pegándome a él como imán. Sus manos grandes me rodearon la cintura, y sentí su calor atravesando la tela. Ya valió, esta noche no hay vuelta atrás, pensé mientras su boca rozaba mi cuello, oliendo a menta y deseo puro.
Nos sentamos en la sala con una botella de tequila reposado que saqué del bar. Brindamos por los reencuentros que queman, y platicamos de todo y nada: del pinche tráfico de la Roma, de cómo él conquistó ese cliente en la oficina, de mis locuras en el gym. Pero la tensión crecía como tormenta. Cada vez que se reía, su rodilla rozaba la mía, y yo sentía un cosquilleo subiendo por mis muslos.
¿Cuánto aguantamos antes de explotar?me pregunté, mordiéndome el labio.
De repente, Javier se paró y puso música en el Bluetooth: un bolero suave, de los que te hacen mover las caderas sin querer. Me extendió la mano. Ven, morra, baila conmigo. Lo seguí, y en cuanto sus brazos me envolvieron, el mundo se achicó. Su cuerpo pegado al mío, duro y firme, me hacía sentir su verga ya medio parada contra mi panza. Bailábamos lento, sus manos bajando por mi espalda hasta apretarme el culo. Estás rica, Ana, no mames, susurró en mi oreja, y su aliento caliente me erizó todo. Yo le clavé las uñas en los hombros, respondiendo con un ni lo dudes, carnal.
La cosa escaló rápido. Sus labios encontraron los míos en un beso que sabía a tequila y urgencia. Lenguas enredadas, mordidas suaves, manos explorando. Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó al cuarto, tirándome en la cama king size. La habitación olía a velas de vainilla que había encendido antes, y el colchón se hundió bajo nosotros. Se quitó la camisa de un tirón, mostrando esos abdominales marcados que me daban antojo de trazar con la lengua. Yo me incorporé para desabrocharle el cinturón, sintiendo la dureza de su paquete a través del pantalón.
Esto es Pasión Capítulo 43, pensé mientras le bajaba el zipper. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. La tomé en la mano, sintiendo su calor y el pulso acelerado. Te extrañé tanto, pinche rica, gruñó él, mientras yo la lamía desde la base hasta la punta, saboreando ese gusto salado que me volvía loca. Él jadeaba, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. Sí, así, chúpamela toda. Yo obedecía, metiéndomela hasta la garganta, escuchando sus gemidos roncos que llenaban el cuarto.
Pero Javier no era de los que se deja solo. Me volteó boca arriba, arrancándome el vestido con un movimiento fluido. Mis tetas quedaron al aire, pezones duros como piedras. Se lanzó sobre ellas, chupando uno mientras pellizcaba el otro. ¡Ay, wey! grité, arqueándome. Su boca bajaba, lamiendo mi ombligo, hasta llegar a mi tanga empapada. La olía, hueles a miel, Ana, y me la quitó de un jalón. Su lengua encontró mi clítoris, dando vueltas expertas que me hacían ver estrellas. Sentía sus dedos abriéndome, entrando y saliendo, curvándose justo en ese punto que me hace temblar. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteos mezclados con mis ¡más, no pares!.
Esto es puro fuego, puro pasión capítulo 43 en carne viva, me repetía en la cabeza mientras el orgasmo se acercaba como ola gigante. Él aceleró, chupando más fuerte, y exploté gritando su nombre, mis piernas temblando alrededor de su cabeza. El cuarto giraba, mi piel sudada brillando bajo la luz tenue.
No me dio tiempo de respirar. Javier se subió encima, su verga rozando mi entrada húmeda. ¿Estás lista, mi reina? preguntó, mirándome a los ojos con esa intensidad que me derrite. ¡Métemela ya, pendejo! le contesté entre risas, jalándolo hacia mí. Entró despacio al principio, llenándome centímetro a centímetro. Estás tan apretada, neta, gimió. Empezamos a movernos, lento al inicio, sintiendo cada roce, cada vena pulsando dentro. El olor a sexo nos rodeaba, sudor y feromonas mexicanas puras.
La intensidad subió. Yo le clavaba las uñas en la espalda, dejando marcas rojas. Él me embestía más fuerte, la cama crujiendo como si se fuera a romper. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando con cada bajada. Sus manos en mis caderas, guiándome. ¡Qué chingona te ves así! Lo apreté con mis paredes, oyendo sus gruñidos animales. Sudor goteando de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí.
Volteamos de lado, él atrás, una mano en mi clítoris mientras me taladraba. El placer era doble, triples.
Nunca había sentido tanto, como si fuéramos uno solo en esta pasión capítulo 43. Sentí su verga hincharse más, él acelerando. Me vengo, Ana, ¿dónde quieres? Adentro, lléname, le rogué. Con un rugido, se corrió, chorros calientes inundándome, empujándome al segundo orgasmo. Gritamos juntos, cuerpos convulsionando en éxtasis.
Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazones latiendo al unísono. Me besó la frente, suave ahora. Eres lo máximo, morra. Yo sonreí, oliendo nuestro aroma mezclado, sintiendo su semen escurrir entre mis piernas. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero aquí dentro, en este depa lujoso, habíamos creado nuestro mundo.
Nos quedamos así horas, platicando bajito de sueños, de viajes a la playa en Cancún, de cómo esto no acababa aquí. Pasión Capítulo 43 era solo el principio de nuestra saga. Me dormí en sus brazos, con el sabor de él en la boca y el calor de su piel en la mía, sabiendo que el fuego solo acababa de encenderse.