Mi Noche Prohibida en Pasion XXX Com
Era una de esas noches calurosas en la Condesa, donde el aire olía a tacos al pastor y jazmines de los balcones. Yo, Ana, sentada en mi depa chiquito pero chulo, con las luces tenues y un mezcal en la mano, sentía ese vacío que solo una buena revolcada podía llenar. ¿Cuánto tiempo sin un hombre de verdad? pensé, mientras scrolleaba el cel sin rumbo. De repente, un anuncio parpadeó: Pasion XXX Com. Neta, el nombre me prendió como cerillo. "Encuentros ardientes para adultos con ganas de pasarla cabrón", decía. ¿Por qué no? Entré, creé un perfil rapidito con una foto mía en lencería roja que guardaba para ocasiones especiales, y empecé a chatear.
Ahí apareció él: Carlos, 32 años, fotógrafo de esas que te dejan con la boca abierta. Su foto mostraba un torso moreno, tatuado con un águila azteca, y unos ojos que prometían travesuras. "Hola, morrita. ¿Qué traes en mente esta noche?", me escribió. Le respondí coqueta: "Busco un wey que me haga olvidar el pinche estrés del jale". Los mensajes volaron como chispas. Hablamos de todo: de cómo el DF te come viva, de antojos de churros a media noche, de fantasías que nos ponían duros los calzones.
Este carnal sabe lo que quiero, neta. Su voz en los audios, grave y ronca, ya me tenía mojadita.Quedamos en vernos en un bar de la Roma, en una hora. El corazón me latía como tamborazo zacatecano.
Llegué al bar con un vestido negro ceñido que marcaba mis curvas, tacones altos y un perfume de vainilla que volvía locos a los hombres. El lugar estaba lleno de luces neón, risas y el sonido de copas chocando. Lo vi de inmediato: alto, barba recortada, camisa entreabierta dejando ver ese pecho que me había imaginado tocando. Me acerqué, y su sonrisa fue como un rayo. "Ana, ¿verdad? Eres más chingona en persona", dijo, besándome la mejilla. Su aliento olía a tequila reposado, cálido y tentador.
Nos sentamos en una mesa apartada. Pedimos margaritas heladas, con sal y chile, y platicamos como si nos conociéramos de toda la vida. Me contó de sus fotos eróticas, de cómo capturaba la pasión en las miradas. Yo le confesé mis ganas de soltarme, de dejar que un hombre me tomara sin miedos. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa, un toque eléctrico que subía por mis muslos. Órale, este pendejo me está volviendo loca con solo su voz, pensé mientras lamía la sal de mi vaso, mirándolo fijo a los ojos. Él se inclinó, su mano rozó mi brazo, piel contra piel, suave pero firme. El aire se cargó de tensión, como antes de una tormenta.
"¿Vamos a otro lado?", murmuró, su aliento en mi oreja enviando escalofríos por mi espalda. Asentí, el pulso acelerado. Salimos tomados de la mano, el bullicio de la calle nos envolvió: cláxones, vendedores de elotes, el olor a smog mezclado con su colonia masculina. Tomamos un Uber a su depa en Polanco, un lugar elegante con ventanales enormes y vistas a la ciudad iluminada. Apenas cerramos la puerta, me acorraló contra la pared. Sus labios encontraron los míos, un beso hambriento, tongues danzando con sabor a tequila y deseo. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo oscuro.
Me cargó como si no pesara nada, riendo. "Eres una diosa, Ana". Me dejó en su cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Se quitó la camisa lento, provocador, revelando músculos tensos y ese tatuaje que quería lamer. Yo me desvestí, quedando en tanga y bra, sintiendo sus ojos devorarme. "Qué rica estás, wey", dijo con voz ronca, acercándose. Sus manos grandes recorrieron mis caderas, subiendo a mis tetas, pellizcando suave los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. El tacto era fuego, mi cuerpo arqueándose hacia él.
Nos besamos de nuevo, rodando en la cama. Su boca bajó por mi cuello, mordisqueando, dejando marcas húmedas que olían a su saliva y mi sudor. Lamí su pecho, saboreando la sal de su piel, bajando hasta su abdomen marcado. Él jadeaba, "Sí, morra, así". Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, las venas latiendo. La chupé despacio, lengua girando en la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Sus gemidos llenaron la habitación, graves y animales, mezclados con mi slurping húmedo.
Esto es lo que necesitaba, neta. Sentirlo en mi boca, controlándolo, pero él tomando el mando.Me volteó boca arriba, quitándome la tanga de un jalón. Su cabeza entre mis piernas, lengua explorando mi concha empapada. Olía a sexo puro, a mi excitación almizclada. Lamía mi clítoris con maestría, dedos adentro curvándose en mi punto G, haciendo que mis caderas se movieran solas. "¡Ay, Carlos, no pares, cabrón!", grité, las uñas clavadas en sus hombros. El placer subía como ola, mis muslos temblando, el sonido de su succión obsceno y delicioso.
Pero quería más. Lo empujé, montándome encima. Su verga entró en mí de un solo movimiento, llenándome hasta el fondo. Qué chido, tan grueso, estirándome perfecta. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada centímetro frotar mis paredes, mis tetas rebotando. Él agarraba mi culo, guiándome, "Muévete así, reina". Aceleré, el slap slap de piel contra piel, sudor goteando, nuestros alientos jadeantes. El olor a sexo impregnaba todo, intenso y adictivo.
Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Me penetraba fuerte, mis piernas en su cintura, uñas arañando su espalda. "Más duro, pendejo, dame todo", le supliqué. Sus embestidas eran salvajes, bolas golpeando mi culo, mi concha chorreando jugos. El clímax se acercaba, tensión en mi vientre, pulsos en mi clítoris. "Me vengo, Ana, contigo", gruñó. Explosamos juntos: yo gritando, contrayéndome alrededor de él, olas de placer sacudiéndome; él llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío.
Caímos exhaustos, enredados, el corazón tronando al unísono. Su peso sobre mí era reconfortante, sudoroso y cálido. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eso fue la neta, morrita. Gracias por venir de Pasion XXX Com", murmuró riendo. Yo sonreí, acariciando su cara. "Fue mutuo, carnal. Quién sabe, repetimos".
Nos quedamos así un rato, escuchando la ciudad ronronear afuera: sirenas lejanas, viento en las cortinas. Me duché después, el agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. Él me preparó un café de olla, dulce y aromático, y platicamos de todo menos de compromisos. Salí al amanecer, piernas flojas, sonrisa pendeja. En Pasion XXX Com encontré más que un revolcón: me encontré a mí, libre y cachonda. Caminé por las calles empedradas, el sol saliendo, sabiendo que volvería a esa página por más noches así de inolvidables.