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Pasión de Velación

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Pasión de Velación

La noche caía pesada sobre la casa de doña Rosa, en el corazón de Coyoacán. El velorio estaba en su apogeo, con el aroma dulzón de las velas de cera derretida mezclándose con el olor a café de olla y pan de muerto que las vecinas habían traído. El difunto, un tío lejano que apenas recordaba, yacía en su ataúd abierto en la sala principal, rodeado de flores blancas y murmullos de rezos. Yo, Ana, había llegado temprano, vestida con un huipil negro sencillo que abrazaba mis curvas sin ser provocador, pero que neta me hacía sentir viva en medio de tanta muerte.

Entre la gente, lo vi. Diego, el sobrino de la difunta, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que cortaba el aire como un cuchillo caliente. Nuestras miradas se cruzaron cuando repartía el café. Sus ojos cafés, profundos como pozos de chocolate, me recorrieron de arriba abajo. Sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se hubiera cargado de electricidad.

"¿Qué chinga te pasa, Ana? Estás en un velorio, no en una fiesta",
me regañé en silencio, pero mi cuerpo no escuchaba. Me acerqué a ofrecerle ayuda con las charolas.

Wey, ¿necesitas una mano? —le dije, mi voz saliendo más ronca de lo que quería.

Él se giró, oliendo a jabón fresco y a algo más, como tierra mojada después de la lluvia. —Órale, morra, sí, ven pa'cá. No mames, qué buena onda que estés aquí.

Sus dedos rozaron los míos al pasarme la charola. Fue un toque fugaz, pero ardiente, como si su piel estuviera en llamas. El corazón me latió fuerte, tap-tap-tap, ahogando los padrenuestros de fondo. Hablamos bajito mientras servíamos, recordando al tío, pero la plática viró rápido a lo personal. Él me contó de su chamba en una constructora, yo de mis clases de baile en el centro. Cada risa compartida era un hilo que nos unía, tensando el ambiente a nuestro alrededor.

La pasión de velación empezó a bullir en mi pecho, ese deseo prohibido que nace en los rincones oscuros de las noches de duelo. La casa estaba llena, pero el jardín trasero llamaba, con sus buganvilias perfumadas y el sonido lejano de un mariachi que alguien había contratado para animar el trámite.

Salimos a tomar aire, fingiendo que íbamos por más hielo. El jardín era un oasis: el viento fresco lamía mi cuello sudoroso, y las luces tenues de las guirnaldas pintaban sombras danzantes en su rostro. Nos sentamos en una banca de piedra, nuestras rodillas rozándose.

"Si me acerco más, ¿me vas a cachetear, chula?",
pensé, pero en vez de eso, él tomó mi mano.

—Ana, neta, desde que te vi entrar, no puedo dejar de mirarte. Eres como un rayo en esta pinche tristeza.

Su aliento cálido en mi oreja me erizó la piel. Asentí, mordiéndome el labio. —Yo igual, Diego. Estás cañón, güey. Pero aquí no, ¿eh? La familia...

Él rio bajito, un sonido grave que vibró en mi vientre. —Ven, sígueme.

Me llevó a un cuartito al fondo del jardín, una especie de bodega con colchas viejas y el olor a madera y jazmín seco. Cerró la puerta con un clic suave, y de pronto, el mundo se redujo a nosotros. Sus manos grandes subieron por mis brazos, dejando un rastro de fuego. Lo miré a los ojos, pidiendo permiso sin palabras. Él asintió, y nos besamos. ¡Puta madre! Sus labios eran suaves pero firmes, sabían a café y a menta, y su lengua danzó con la mía como en un tango salvaje.

Acto uno del deseo: el beso se profundizó, sus manos explorando mi espalda, desatando el huipil con delicadeza. Mi piel expuesta al aire fresco se erizó, pero su calor la cubrió al instante. Lo empujé contra la pared, sintiendo su erección dura contra mi muslo. —¡Qué rico! —gemí, mientras él lamía mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas directo a mi centro.

Nos quitamos la ropa con urgencia contenida, el sonido de telas rasgando el silencio. Su pecho ancho, musculoso por el trabajo físico, olía a sudor limpio y hombre. Lo besé ahí, saboreando la sal de su piel, mientras mis uñas arañaban su espalda. Él me alzó como si no pesara nada, sentándome en una mesa improvisada de cajones. Sus dedos bajaron por mi vientre, deteniéndose en mis pechos, pellizcando los pezones hasta que dolió placenteramente.

"Más, pendejo, no pares",
le supliqué en mi mente, y él lo hizo realidad, chupando uno mientras masajeaba el otro.

La tensión crecía como una tormenta. Bajó más, sus labios trazando un camino ardiente hasta mi entrepierna. El primer toque de su lengua en mi clítoris fue eléctrico: húmeda, caliente, girando en círculos que me hicieron arquear la espalda. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el jazmín del cuarto. Gemí bajito, tapándome la boca para no alertar a la familia. Sus dedos entraron en mí, curvándose justo ahí, el punto que me volvía loca. —Diego... ¡Sí, cabrón! —susurré, mis caderas moviéndose al ritmo de su boca.

Él se incorporó, jadeante, su verga tiesa y palpitante frente a mí. La tomé en mi mano, sintiendo su grosor, las venas pulsando bajo mi palma. Era perfecta, caliente como un hierro. Lo masturbé lento, viéndolo cerrar los ojos de placer. —Entra en mí, ya —le rogué, guiándolo.

Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era exquisito, un dolor dulce que se convertía en éxtasis. Nos movimos juntos, primero lento, saboreando cada embestida: el slap-slap de piel contra piel, sus gruñidos roncos en mi oído, mis uñas clavándose en sus nalgas. El sudor nos unía, resbaloso y pegajoso. Aceleramos, el ritmo furioso, mi clítoris rozando su pubis con cada thrust.

"Voy a venirme, morra, contigo",
jadeó él.

La liberación llegó como una ola: mi orgasmo me sacudió entera, contracciones fuertes ordeñando su verga, mientras él se derramaba dentro de mí, caliente y abundante. Gritamos ahogados, mordiéndonos el hombro para silenciarlo.

Acto final: el afterglow. Nos quedamos abrazados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su semen goteaba por mis muslos, cálido recordatorio. Besos suaves, caricias perezosas. —Neta, eso fue la pasión de velación más chida de mi vida —murmuró él, riendo.

Yo sonreí, mi cabeza en su pecho, escuchando su corazón volver a la normalidad. —Y ni ha terminado la noche, güey.

Regresamos al velorio como si nada, pero con una complicidad ardiente en las miradas. La muerte había unido a la familia, pero la vida, esa pasión oculta, nos había unido a nosotros. Al amanecer, cuando el ataúd se cerró, supe que esto era solo el principio. El aroma a velas y café se mezclaba ahora con el nuestro, un secreto perfumado que llevaría conmigo.

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