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Leyendas de Pasión del Brad Pitt Joven

6359 palabras

Leyendas de Pasión del Brad Pitt Joven

Estaba en la fiesta de la hacienda de mi compadre en las afueras de Guadalajara, con el aire cargado de olor a mezcal y carne asada en la parrilla. La música de banda retumbaba, y la gente bailaba como locos bajo las luces colgadas de los mezquites. Yo, Ana, de treinta y tantos, soltera y con ganas de aventura, tomaba un trago cuando lo vi. Neta, parecía sacado de una película. Ese wey alto, rubio, con ojos azules que brillaban como el cielo de la sierra, y un cuerpo de vaquero forjado en el trabajo duro. Parecía el Brad Pitt joven de Leyendas de Pasión, ese que me había hecho suspirar mil veces viendo la tele.

Me quedé clavada, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mis muslos. Él platicaba con unos cuates, riendo con esa sonrisa pícara, dientes perfectos, y una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales. Olía a hombre de campo, a tierra húmeda y sudor fresco. Me acerqué, fingiendo casualidad, y le dije: "Órale, carnal, ¿vienes de Hollywood o qué? Pareces el Brad Pitt joven ese de las películas."

Se volteó, me miró de arriba abajo con una ceja arqueada, y soltó una carcajada ronca que me erizó la piel. "Ja, ¿en serio? Soy Tristan, pero si quieres, llámame como gustes, mija." Su voz era grave, como un trueno lejano, y su acento norteño me derritió. Empezamos a platicar, coqueteando con miradas que decían más que palabras. Me contó que era ranchero de Zacatecas, que montaba caballos salvajes y que odiaba la ciudad. Yo le dije que era diseñadora gráfica, pero que en el fondo era una fiera contenida. La tensión crecía con cada sorbo de tequila; sentía mi corazón latiendo fuerte, mis pezones endureciéndose contra el brasier.

¿Qué chingados estoy haciendo? Este tipo es puro fuego, y yo aquí ardiendo como yesca. Si no lo beso ya, me voy a volver loca.

La noche avanzaba, y cuando la banda tocó una ranchera bien sentida, me jaló a bailar. Sus manos grandes en mi cintura, el calor de su cuerpo pegado al mío, el roce de su cadera contra la mía. Olía a colonia barata mezclada con su esencia masculina, y su aliento a cerveza tibia me hacía salivar. "Estás bien rica, Ana", murmuró en mi oído, mordisqueándome el lóbulo. Un escalofrío me recorrió la espina, y apreté mis nalgas contra él, sintiendo su verga endureciéndose por detrás. ¡Ay, wey, qué prieta la tienes!

Acto dos: la escalada Nos escabullimos del bullicio hacia el establo, donde los caballos relinchaban suaves y el heno crujía bajo nuestros pies. La luna filtraba plata por las rendijas de la madera, iluminando su rostro anguloso, idéntico al Brad Pitt joven de Leyendas de Pasión. Me acorraló contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabían a tequila y deseo puro, su lengua invadiendo mi boca con urgencia, chupando, mordiendo. Gemí contra él, mis manos explorando su pecho duro, bajando a su abdomen marcado, sintiendo los músculos contraerse bajo mis uñas.

"Te quiero desde que te vi, corita", gruñó, mientras sus dedos desabotonaban mi blusa, liberando mis tetas. Las amasó con rudeza tierna, pellizcando los pezones hasta que dolió rico. Yo le arranqué la playera, lamiendo su piel salada, oliendo su sudor almizclado que me volvía loca de lujuria. Bajé la mano a su pantalón, palpando esa verga gruesa, palpitante, que saltaba libre cuando le bajé el cierre. ¡Madre santa, qué pinga tan chingona! Más grande que en mis sueños con el Brad Pitt joven.

Siento su calor en mi palma, venosa, lista para partirme en dos. No aguanto más, necesito que me llene, que me haga suya como en esas leyendas de pasión salvaje.

Me hincó despacio, besando mi cuello, mi clavícula, bajando a mis tetas. Chupó un pezón con fuerza, succionando hasta que arqueé la espalda, gimiendo bajito para no alertar a nadie. Sus manos desabrocharon mis jeans, metiéndose dentro, rozando mi panocha empapada a través de las calzas. "Estás chorreando, nena", dijo con voz ronca, frotando mi clítoris en círculos que me hacían temblar. Metió dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de mi excitación llenaba el aire, mezclado con nuestros jadeos pesados.

Lo empujé al heno, montándome encima. Le quité los pantalones del todo, admirando sus muslos velludos, su verga erguida como un mástil, la cabeza brillando de precum. La lamí desde la base, saboreando su gusto salado y varonil, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía "¡Así, puta madre, qué buena mamada!". Lo chupé con hambre, sintiendo sus caderas embestir, sus bolas peludas contra mi barbilla. Pero quería más; me quité la ropa rápido, quedando desnuda bajo la luna, mi piel erizada por el aire fresco.

Me abrí de piernas, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio al principio, estirándome deliciosamente, centímetro a centímetro. ¡Qué llenura, wey! Como si me partiera el alma. Empezó a bombear, lento y profundo, sus ojos azules clavados en los míos, sudor goteando de su frente al valle de mis tetas. Aceleró, el slap-slap de piel contra piel, mis uñas clavadas en su espalda ancha. Olía a sexo crudo, a heno molido y nuestros jugos mezclados. Grité cuando sentí el orgasmo subir, mis paredes apretándolo como un puño.

Acto tres: la liberación "¡Córrete conmigo, Tristan!", le supliqué, y él gruñó como animal, embistiendo salvaje. Mi clímax explotó en olas, mi panocha convulsionando alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él se tensó, rugiendo mi nombre, y sentí su leche caliente inundándome, pulso tras pulso. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso delicioso sobre mí, su corazón martillando contra mi pecho.

Nos quedamos así un rato, besándonos suaves, lamiendo el sudor del otro. "Eres mi leyenda de pasión, Ana", murmuró, acariciando mi pelo. Yo sonreí, sintiendo un calor nuevo en el alma, no solo en el cuerpo. Salimos del establo tomados de la mano, la noche envolviéndonos como un secreto compartido. Neta, ese Brad Pitt joven de Leyendas de Pasión había hecho realidad mis fantasías más calientes, y sabía que esto era solo el principio.

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