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Eugenia León Pasional (1)

6603 palabras

Eugenia León Pasional

La noche en el corazón de la Ciudad de México olía a mezcal ahumado y a jazmines callejeros. Entré al bar de la colonia Roma, ese antro chido donde la música ranchera se mezcla con boleros que te erizan la piel. Yo, un músico de sesión que toca guitarra en antros como este, andaba buscando inspiración para mi próxima rola. Ahí la vi: Eugenia León, la cantante que todos conocemos por su voz que quema el alma, sentada en la barra con un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva como si fuera esculpido por los dioses. Sus ojos negros brillaban bajo las luces tenues, y su melena suelta caía como una cascada de ébano. Neta, era la viva imagen de Eugenia León pasional, esa que canta con el fuego del volcán Popocatépetl.

Me acerqué con el corazón latiéndome a mil, el pulso retumbando en mis sienes como un tamborazo zacatecano. Pedí un tequila reposado y me senté a su lado. ¿Qué wey, vas a ser pendejo o le hablas? me dije a mí mismo. Ella volteó, sonrió con esa boca carnosa que prometía pecados, y dijo:

Órale, carnal, ¿vienes a tocar o a conquistar?
Su voz era ronca, como grava envuelta en miel, y olía a su perfume de vainilla y tabaco, un aroma que me invadió las fosas nasales y me puso la piel de gallina.

Charlamos de música, de rancheras que duelen en el pecho, de cómo un buen trago afloja el alma. Sus manos, finas pero fuertes de tanto agarrar el micrófono, rozaron las mías al pasar el limón. Ese toque fue eléctrico, un chispazo que subió por mi brazo directo a la entrepierna. Sentí mi verga endurecerse bajo los jeans, y ella lo notó, porque su mirada bajó un segundo y se mordió el labio. Esta morra sabe lo que quiere, pensé, mientras el calor de su proximidad me hacía sudar. La tensión crecía como la marea en Acapulco, lenta pero imparable.

Salimos del bar caminando por las calles empedradas, el aire fresco de la medianoche contrastando con el fuego que nos ardía por dentro. Sus tacones repiqueteaban contra el pavimento, un ritmo hipnótico que me tenía hipnotizado. Llegamos a su depa en una casa colonial remodelada, con balcones de hierro forjado y luces suaves que pintaban su piel de dorado. Me invitó a pasar con un guiño:

Ven, wey, vamos a improvisar una rola juntos.
Cerró la puerta y ya estaba sobre mí, sus labios devorando los míos con hambre de loba. Sabían a tequila y a deseo puro, su lengua danzando con la mía en un tango salvaje.

La llevé en brazos hasta la recámara, sus piernas envolviéndome la cintura como enredaderas. La cama king size nos recibió con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La desvestí despacio, saboreando cada centímetro: el vestido rojo cayó al piso con un susurro sedoso, revelando sus tetas firmes, pezones oscuros endurecidos por la anticipación. Mi boca se lanzó a ellos, chupando, lamiendo, mientras ella gemía bajito, ay, cabrón, qué rico. Sus uñas se clavaban en mi espalda, trazando surcos de placer-dolor que me hacían gruñir.

Esto es real, no un sueño de pendejo, me repetía mientras bajaba por su vientre plano, besando la piel salada de sudor. Llegué a su panocha, depilada con un triángulo negro que invitaba al pecado. Olía a almizcle femenino, a excitación pura que me mareaba. Separé sus labios con los dedos, rosados y húmedos, y metí la lengua. Ella arqueó la espalda, gritando:

¡Sí, chingao, así!
Su sabor era dulce-ácido, como tamarindo maduro, y lamí su clítoris hinchado hasta que tembló entera, sus jugos empapándome la barbilla.

Pero no quería que terminara tan pronto. Me quité la ropa a tirones, mi verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando por ella. Eugenia se arrodilló, sus ojos fijos en mí con esa mirada pasional que la define. La tomó en su mano, suave pero firme, y la lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando el precum salado. Mierda, esta chava es una diosa. Se la metió a la boca entera, chupando con ritmo de bolero, su saliva resbalando por mis huevos. Gemí fuerte, agarrando su pelo, follando su boca con cuidado para no ahogarla.

La tensión era insoportable, como una rola que sube al clímax sin resolver. La tiré a la cama boca arriba, sus piernas abriéndose en invitación. Me coloqué entre ellas, frotando mi verga contra su entrada resbaladiza.

Entra ya, mi amor, no me hagas esperar
, suplicó con voz entrecortada. Empujé despacio, sintiendo cómo su coño me apretaba, caliente y aterciopelado, envolviéndome centímetro a centímetro. Ambos jadeamos, el sonido de piel contra piel empezando como redoble de tambores.

Empecé a bombear, lento al principio, saboreando cada embestida. Sus tetas rebotaban con cada choque, sus pezones rozando mi pecho velludo. El olor a sexo llenaba la habitación, mezclado con su perfume y mi sudor masculino. Aceleré, sus caderas uniéndose al ritmo, clavándome las uñas en el culo para empujarme más hondo. Siento su corazón latiendo contra el mío, su aliento caliente en mi cuello. Ella gritaba palabras sucias:

¡Chíngame más fuerte, pendejito, hazme tuya!
El colchón crujía bajo nosotros, el aire cargado de gemidos y jadeos.

La volteé a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto para azotarlo suave. Le di una nalgada juguetona, y ella rio ronca:

¡Más, cabrón!
Volví a entrar, esta vez profundo, golpeando su punto G con cada estocada. Sus paredes se contraían, ordeñándome, y su clítoris lo frotaba contra mi mano mientras la alcanzaba. El clímax se acercaba como tormenta en el desierto: mis huevos se tensaron, su cuerpo tembló violento.

Explotamos juntos. Ella primero, su coño convulsionando en oleadas, gritando mi nombre como una ranchera desgarrada. Yo la seguí, descargando chorros calientes dentro de ella, mi verga pulsando hasta vaciarme. Colapsamos enredados, pieles pegajosas de sudor, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante que volvía a ritmo normal.

Nos quedamos así, en el afterglow, con la luna colándose por la ventana pintando sombras suaves. Ella trazaba círculos en mi piel con el dedo:

Neta, wey, eso fue Eugenia León pasional en todo su esplendor. ¿Vienes a mis conciertos?
Reí bajito, besando su frente. Esto no es el fin, es el principio de algo chingón. La noche nos envolvió en paz, con promesas de más fuego por venir.

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