Pasión de Gavilanes Capítulo 116 Fuego en las Entrañas
La noche caía sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara como un manto de terciopelo negro punteado de estrellas. El aire olía a jazmín fresco y a tierra húmeda después de la lluvia vespertina, ese aroma que se te mete en la piel y te despierta los sentidos. Yo, Gabriela, estaba recostada en el sillón de cuero de la sala, con las piernas cruzadas y un vaso de tequila reposado en la mano. Frente a mí, la tele transmitía Pasión de Gavilanes capítulo 116, esa escena donde los hermanos Reyes se enfrentan al destino con una pasión que quema la pantalla. Mi corazón latía un poco más rápido cada vez que Óscar besaba a su mujer con esa hambre salvaje.
Qué chido es ver esto, pensé, mientras el líquido ámbar del tequila me bajaba ardiente por la garganta, dejando un regusto ahumado que me hacía lamer los labios. Javier, mi carnal desde hace dos años, entró a la sala con dos platos de enchiladas suizas humeantes. Alto, moreno, con esos ojos cafés que prometían travesuras, se sentó a mi lado, tan cerca que sentí el calor de su muslo contra el mío. Olía a jabón de lavanda y a hombre después de un día en el rancho, ese olor terroso que me ponía la piel de gallina.
—Órale, Gaby, ¿ya llegaste a la buena parte? —me dijo con esa voz grave, juguetona, mientras me pasaba el plato. Sus dedos rozaron los míos, un toque eléctrico que me recorrió el brazo hasta el pecho.
—Sí, mi amor. Pasión de Gavilanes capítulo 116 está que arde. Mira cómo se miran, como si se fueran a devorar —respondí, mordiéndome el labio inferior sin darme cuenta.
Comimos en silencio al principio, el sonido de las risas grabadas de la telenovela mezclándose con el crujir de las tortillas y el sorber de nuestras cerveis frías. Pero mis ojos no estaban solo en la pantalla. Lo veía a él de reojo: la forma en que su camisa se pegaba a sus pectorales, el movimiento de su nuez al tragar. Un calorcillo se me empezó a formar en el vientre, bajito, como una brasa que se aviva con el viento.
En la tele, la pasión explotaba. Los amantes se besaban con furia, manos por todas partes, gemidos que llenaban el aire. Javier dejó el plato a un lado y su mano grande se posó en mi rodilla, subiendo despacito por mi falda vaquera. Sentí su palma cálida contra mi piel, áspera por el trabajo, y un escalofrío me erizó los vellos.
¡Ay, Dios! ¿Por qué me prende tanto esta novela? O mejor dicho, ¿por qué él me prende tanto viéndola conmigo?
—Gaby, tú estás más caliente que esa escena —murmuró Javier cerca de mi oído, su aliento caliente oliendo a tequila y chile. Me volteó la cara con un dedo bajo la barbilla y me besó suave al principio, labios carnosos rozando los míos, probando el sabor salado de mis labios.
El beso se profundizó rápido. Su lengua entró en mi boca, danzando con la mía, un sabor dulce y picante que me hizo gemir bajito. Mis manos subieron a su cuello, enredándose en su cabello negro y revuelto. El sillón crujió cuando me jaló sobre su regazo, mis nalgas acomodándose contra su dureza creciente. Sentí su verga tiesa presionando contra mí a través de los jeans, dura como piedra, palpitante.
Acto primero de nuestra propia novela: el deseo inicial, ese tira y afloja entre la cena y el hambre verdadera. Apagué la tele con el control remoto, pero el eco de Pasión de Gavilanes capítulo 116 seguía en mi cabeza, avivando el fuego. Javier me quitó la blusa con urgencia, sus manos expertas desabrochando el brasier. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como balas bajo su mirada hambrienta.
—Eres mi gavilana, Gaby. Mi pasión —dijo, bajando la cabeza para mamar uno de mis pezones. Su boca caliente, húmeda, chupando con fuerza suave, lengua girando alrededor del botón rosado. Un rayo de placer me subió directo al clítoris, que ya latía hinchado bajo mis panties de encaje.
Yo no me quedaba atrás. Le desabroché la camisa, arañando su pecho ancho con las uñas, sintiendo los músculos tensos bajo mi tacto. Olía a sudor limpio, a macho listo para montarme. Bajé la cremallera de sus jeans y saqué su verga gruesa, venosa, la cabeza roja brillando con una gota de precum. La apreté con la mano, masturbándolo despacio, sintiendo cómo palpitaba en mi puño, caliente y viva.
—Javi, te necesito ya. Pero no tan rápido, mi pendejo travieso —le dije riendo, mordiéndole el lóbulo de la oreja. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho.
Nos levantamos tambaleando, besándonos mientras caminábamos al cuarto. El pasillo olía a las velas de vainilla que había encendido antes, luces tenues que bailaban en las paredes de adobe. En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, caímos enredados. Acto segundo: la escalada, donde el deseo se vuelve tormenta.
Javier me tendió boca arriba, besando mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula donde el pulso martilleaba loco. Bajó por mi vientre, mordisqueando la piel suave, hasta llegar a mis panties. Las olió primero, inhalando profundo mi aroma almizclado de excitación, ese olor dulce y salado que lo volvía loco.
—Hueles a miel, nena. A concha madura lista para mí —susurró, quitándoselas con los dientes. Su lengua atacó directo mi clítoris, lamiendo en círculos lentos, chupando suave. Gemí alto, arqueando la espalda, mis manos apretando las sábanas. El sonido húmedo de su boca en mi panocha era obsceno, delicioso, mezclado con mis jadeos y el latido de mi corazón en los oídos.
¡Qué rico! Su lengua sabe exactamente dónde tocar. Me va a hacer venir si sigue así, pero quiero que dure.
Lo empujé hacia arriba, volteándolo. Ahora yo mandaba. Montada a horcajadas sobre su pecho, le metí la concha en la cara, restregándome contra su boca barbuda. Él lamía como poseído, manos en mis nalgas amasándolas fuerte, dedos hundiéndose en la carne suave. Bajé por su cuerpo, besando cada abdominal marcado, hasta llegar a su verga. La tragué entera casi, garganta relajada por la práctica, sintiendo las venas pulsar contra mi lengua. Saboreé el precum salado, amargo, mamándola con hambre, bolas en la mano masajeándolas pesadas y llenas.
La tensión crecía, psicológica y física. Recordé las miradas en Pasión de Gavilanes capítulo 116, esa lucha interna por el amor prohibido, y lo proyecté en nosotros. Javier no era mi hermano Reyes ficticio, pero su pasión era real, nuestra.
—Cógeme ya, Javi. Fóllame duro —le rogué, posicionándome sobre él. Su verga entró en mí de un empujón lento, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Estaba empapada, resbalosa, pero apretada por la excitación. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, caderas girando en círculos que lo hacían gemir ronco.
Él se incorporó, abrazándome fuerte, piel contra piel sudada. Besos fieros, dientes chocando, mientras me embestía desde abajo, verga golpeando mi punto G con cada estocada. El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, feromonas. Sonidos de carne contra carne, chapoteos húmedos, "¡Ay, sí!", "¡Más duro, carnal!". Mis paredes internas lo ordeñaban, contrayéndose alrededor de su grosor.
El clímax se acercaba como avalancha. Cambiamos: él encima, misionero profundo, piernas en sus hombros para penetrar más hondo. Sus embestidas eran brutales pero tiernas, ojos en los míos, susurrando "Te amo, mi gavilana". El orgasmo me partió en dos: un estallido de placer desde el clítoris al cerebro, chorros calientes mojando sus bolas, cuerpo temblando incontrolable. Él gruñó largo, verga hinchándose, corriéndose dentro de mí con chorros potentes, semen caliente inundándome.
Acto tercero: el afterglow. Colapsamos jadeantes, enredados en sábanas revueltas. Su peso sobre mí era reconfortante, verga ablandándose aún dentro, semen goteando lento. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire fresco de la ventana entraba, secando nuestro sudor, trayendo olor a noche ranchera.
—Eso fue mejor que cualquier capítulo —dijo Javier, riendo bajito, acariciando mi cabello.
—Sí, mi amor. Nuestra propia Pasión de Gavilanes capítulo 116, pero con final feliz —respondí, acurrucándome en su pecho, escuchando su corazón calmarse al ritmo del mío.
Nos quedamos así, en paz, saboreando el regusto salado en la piel, el eco de gemidos en los oídos, hasta que el sueño nos venció bajo las estrellas mexicanas.