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Pasión Carrera

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Pasión Carrera

Ana ajustó el casco con manos temblorosas, el olor a goma quemada y gasolina impregnando el aire del pit lane en el Autódromo Hermanos Rodríguez. El sol de mediodía en Ciudad de México caía a plomo, haciendo que el asfalto brillara como un espejo negro. Era su primera carrera grande en la categoría de stock cars, y el rugido de los motores la ponía nerviosa de la buena manera. Órale, pensó, esto es lo que vivo: pasión carrera, puro fuego en las venas.

Desde el otro lado del garaje, Marco la observaba. Alto, moreno, con brazos tatuados que asomaban bajo la overol manchado de aceite. Era el mecánico estrella del equipo rival, pero neta que sus ojos cafés la devoraban como si ya estuviera imaginando cómo se sentiría su piel bajo las suyas. Ana lo había visto antes en las prácticas, siempre con esa sonrisa pícara, diciendo "¡Échale ganas, reina!" cada vez que ella aceleraba. Hoy, cuando él se acercó para checar los neumáticos de su carro, sus dedos rozaron los de ella accidentalmente. O no tan accidental.

Qué wey tan mamón, se dijo Ana. Pero ay, cabrón, ese toque me dejó el corazón a mil.

La práctica empezó con un estruendo ensordecedor. Ana pisó el acelerador, el carro vibrando bajo su cuerpo como un amante ansioso. El viento azotaba su visor, y por el retrovisor vio el bólido rojo de Marco pegado a su cola. Él la presionaba, la retaba en cada curva, sus máquinas rozándose en la recta. El sudor le corría por la espalda, pegando el traje de carrera a sus curvas. Cada frenada era un jadeo contenido, cada acelerón un pulso acelerado entre las piernas.

Al final de la sesión, en los pits, Marco se quitó el casco primero. Su cabello negro revuelto, la piel brillante de sudor. "¡Qué chingón te veías allá afuera, Ana! Esa pasión carrera tuya es contagiosa." Ella se bajó del carro, las rodillas flojas no solo por la adrenalina. "Tú no te quedas atrás, pendejo. Casi me sacas de la pista." Rieron, pero la tensión era palpable, como electricidad estática antes de la tormenta.

La noche cayó sobre el autódromo con un cielo estrellado y luces de neón parpadeando en los stands. Ana se duchó en el tráiler del equipo, el agua caliente lavando el polvo y el aceite, pero no el calor que Marco había encendido en ella. Se puso unos jeans ajustados y una blusa escotada, lista para la fiesta de pilotos. Neta, voy a ver qué pasa con ese morro, pensó mientras se maquillaba frente al espejo empañado.

En la zona de hospitality, la música norteña mezclada con reggaetón retumbaba. Cervezas frías en mano, Ana charló con los otros corredores, pero sus ojos buscaban a Marco. Lo encontró en una esquina, platicando con unos cuates, su risa grave cortando el ruido. Cuando sus miradas se cruzaron, él dejó la botella y caminó hacia ella con paso seguro.

"¿Bailas, reina?" Extendió la mano. Ana la tomó, sintiendo el callo en su palma, áspero y masculino. La pegó a su cuerpo en la pista improvisada, sus caderas moviéndose al ritmo de "Amor Prohibido". El olor de su colonia mezclada con sudor fresco la mareaba. Sus pechos rozaban el pecho duro de él con cada giro, y abajo, sentía su dureza creciente contra su vientre.

¡Virgen santísima, este wey está listo para la arrancada!

Se escaparon de la fiesta sin decir nada, caminando por el paddock desierto. La luna iluminaba los carros cubiertos, sombras alargadas como testigos mudos. Marco la arrinconó contra un tráiler, sus labios capturando los de ella en un beso hambriento. Sabían a cerveza y a deseo puro. Las lenguas se enredaron, explorando, mientras sus manos subían por la blusa de Ana, acariciando la piel suave de su espalda.

"Te quiero desde que te vi manejar, Ana. Esa forma en que domas la máquina... me pone como loco." Murmuró contra su cuello, mordisqueando la piel sensible. Ella gimió, arqueándose. "Pues ven y domíname a mí, cabrón." Lo jaló adentro del tráiler vacío, cerrando la puerta con un clic que sonó como el disparo de salida.

Acto dos de su propia carrera: la ropa voló en segundos. La blusa de Ana cayó al piso, revelando sus senos plenos, pezones endurecidos por el aire fresco. Marco los tomó en sus manos grandes, masajeándolos, lamiendo uno mientras pellizcaba el otro. "¡Ay, qué rico, wey! No pares." Ella le bajó el overol, liberando su verga gruesa, palpitante. La tocó con dedos temblorosos, sintiendo el calor y la suavidad de la piel aterciopelada. Él gruñó, empujándola al colchón improvisado.

Se tumbaron desnudos, piel contra piel. El olor a sexo ya flotaba en el aire confinado, mezclado con el cuero del asiento cercano. Marco besó su camino bajando: cuello, pechos, vientre. Llegó a su monte de Venus, inhalando su aroma almizclado. "Estás chorreando, mi amor." Separó sus labios con los dedos, probándola con la lengua plana y lenta. Ana se arqueó, las uñas clavadas en su cabello.

¡Esto es mejor que ganar la carrera! Su lengua me lleva al cielo.
Gritos ahogados escapaban de su garganta mientras él chupaba su clítoris, metiendo dos dedos que curvaba justo en su punto G. El placer subía en oleadas, tensándola como un resorte.

Pero ella quería más. Lo volteó, montándose a horcajadas. "Ahora yo mando." Se hundió en él despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. El estiramiento era exquisito, sus paredes internas apretándolo. Empezó a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada roce, cada vena. Marco la agarraba las nalgas, amasándolas, guiando el ritmo. "¡Sí, reina, así! Cógeme duro."

El tempo aumentó, como en la recta final de la pista. Sudor goteaba de sus cuerpos, slap-slap de carne contra carne, gemidos mezclados con jadeos. Ana sentía el orgasmo construyéndose, un nudo en el bajo vientre. Marco la volteó, poniéndola a cuatro patas, embistiéndola desde atrás con fuerza controlada. Sus bolas golpeaban su clítoris, enviando chispas. "¡Me vengo, cabrón! ¡Dame todo!"

Él aceleró, gruñendo como un motor al rojo vivo. El clímax los golpeó juntos: Ana convulsionó, chorros de placer mojando las sábanas, mientras Marco se vaciaba dentro de ella en pulsos calientes. Colapsaron, exhaustos, respiraciones entrecortadas sincronizadas.

En el afterglow, yacían enredados, el corazón latiendo al unísono. Marco le besó la frente, suave. "Eso fue pasión carrera de verdad, Ana. ¿Repetimos después de la carrera?" Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.

Neta, esto no termina aquí. La pista y él... mi nueva adicción.
Afuera, el amanecer teñía el cielo de rosa, prometiendo más vueltas, más velocidad, más fuego.

La carrera del día siguiente fue épica. Ana cruzó la meta en segundo lugar, pero el verdadero triunfo lo había ganado la noche anterior. Marco la esperaba en los pits, ojos brillantes. Se abrazaron frente a todos, sin pudor. La pasión carrera no se acababa en la pista; apenas arrancaba.

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