La Oracion de la Dolorosa Pasion
En la penumbra de la capilla familiar en su casa de Coyoacán, María se arrodillaba sobre el piso de cantera fría, el aire cargado con el aroma dulce del copal quemándose en el altar. La luz de las velas parpadeaba sobre su piel morena, haciendo que su blusa de algodón se pegara sutilmente a sus curvas por el calor de la noche mexicana. Tenía treinta y cinco años, cuerpo de mujer que había parido dos veces pero que aún guardaba esa firmeza jugosa que volvía loco a su esposo. Recitaba en voz baja la oración de la dolorosa pasión, esas palabras antiguas que hablaban del sufrimiento de la Virgen, pero que en su mente retorcían un hilo de deseo prohibido.
"Oh Virgen Dolorosa, en tu pasión compartida..." murmuraba, sus labios carnosos moviéndose con devoción. Sentía un cosquilleo en el vientre, como si las palabras invocaran no solo piedad, sino un fuego lento que subía por sus muslos. Afuera, el rumor de la ciudad dormida se colaba por las ventanas entreabiertas: un perro ladrando a lo lejos, el zumbido de un moto taxi. Su esposo, Alejandro, la observaba desde la puerta, su silueta alta y fuerte recortada contra la luz del pasillo. Llevaba pantalón de mezclilla gastado y una camiseta que marcaba sus pectorales tatuados con un águila devorando serpiente.
Él se acercó sigiloso, como pantera en la selva, y se sentó a su lado en el suelo. ¿Qué le pasa a esta mujer? Siempre que reza así, se le encienden los ojos como si estuviera pidiendo algo más que perdón, pensó Alejandro, oliendo su perfume mezclado con el sudor ligero de su nuca. María lo sintió llegar, el calor de su cuerpo grande invadiendo su espacio, y su voz se quebró un instante en la oración.
—Cariño, ¿ya terminaste? —susurró él, su aliento cálido rozándole la oreja, con ese acento chilango que la derretía.
Ella giró la cabeza, sus ojos negros brillando. —No, güey, déjame acabar. Esta oración me llega hondo, ¿sabes? Habla de un dolor que duele rico.
Alejandro sonrió pillo, recordando cómo en sus noches de juventud, en las fiestas de pueblo, ella bailaba cumbia con las caderas ondulando como serpiente. La tensión entre ellos creció, invisible pero palpable, como el aire antes de la lluvia en temporada.
Se levantaron juntos, las manos rozándose accidentalmente —o no tanto—. En la recámara contigua, la cama king size con sábanas de hilo egipcio los esperaba bajo un techo de vigas de madera. María se quitó la blusa despacio, revelando sus senos plenos sostenidos por un bra de encaje negro. Alejandro tragó saliva, su verga endureciéndose bajo el pantalón al ver cómo la luz de la luna entraba por la ventana y lamía su piel como lengua ansiosa.
—Ven, amor —dijo ella, tirando de su mano hacia la cama—. Recuérdame esa oración de la dolorosa pasión que tanto te gusta oírme decir.
Él se rio bajito, quitándose la ropa con prisa. Esta pinche mujer sabe cómo joderme la cabeza. Se tumbaron, cuerpos entrelazándose. Sus bocas se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila reposado que habían bebido antes. El olor de su excitación llenaba la habitación: almizcle salado de ella, madera ahumada de él. Manos exploraban, las de Alejandro amasando sus nalgas redondas, sintiendo la carne ceder suave bajo sus dedos callosos de mecánico.
María jadeaba, arqueando la espalda. —Más fuerte, cabrón... hazme sentir el dolor rico de la pasión.
Él obedeció, pellizcando sus pezones oscuros hasta que ella gimió, un sonido gutural que reverberó en las paredes. Bajó la boca por su cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando la clavícula. Sus dedos se colaron entre sus piernas, encontrando la concha ya empapada, resbaladiza como miel de maguey. La frotó despacio al principio, círculos lentos que la hicieron retorcerse, sus uñas clavándose en sus hombros.
¡Dios mío, este hombre me conoce tan bien! Cada roce es como fuego santo quemándome por dentro.Pensaba ella, mientras su mente revivía fragmentos de la oración, torciéndolos en súplica erótica.
La intensidad subió como olla exprés a punto de estallar. Alejandro la volteó boca abajo, besando su espinazo hasta la rabadilla, inhalando el aroma terroso de su culo. Ella levantó las caderas, invitándolo. —Chíngame ya, Alejandro. Quiero sentirte todo.
Él se posicionó, la punta de su verga gruesa rozando su entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo las paredes calientes apretándolo como puño de terciopelo. María ahogó un grito en la almohada, el placer doliendo delicioso, estirándola al límite. Comenzaron a moverse, ritmo pausado al inicio: él embistiendo profundo, ella empujando hacia atrás, piel contra piel chocando con palmadas húmedas.
El cuarto se llenó de sonidos: gemidos roncos, la cama crujiendo, su respiración agitada como viento en el desierto. Sudor corría por sus cuerpos, goteando, mezclándose. Él la sujetó por las caderas, acelerando, cada thrust enviando ondas de éxtasis por su espina. María volteó la cara, mirándolo con ojos vidriosos. —¡Más, pendejo! Dame toda la dolorosa pasión que tengo guardada.
Alejandro gruñó, volteándola de nuevo para mirarse. Misionero ahora, piernas de ella envolviéndolo, talones clavándose en su culo. Se besaron feroz, dientes chocando, mientras él la penetraba con furia controlada. Sus tetas rebotaban al ritmo, pezones duros rozando su pecho peludo. El olor a sexo crudo impregnaba todo, almizcle y sal, con toques de su perfume floral.
Estoy al borde, carnal... esta oración me abrió las compuertas, pensó ella, mientras el orgasmo se acumulaba como tormenta en el Popo.
El clímax llegó como avalancha. María se tensó primero, su concha contrayéndose en espasmos alrededor de su verga, gritando su nombre en un alarido ahogado. —¡Alejandro! ¡Sí, cabrón, sí!
Él la siguió segundos después, corriéndose dentro con rugido animal, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Colapsaron juntos, cuerpos temblando, pulsos latiendo al unísono como tambores de concheros. Permanecieron así, enredados, el aire pesado con su esencia compartida. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el aftertaste salado.
María sonrió contra su cuello, oliendo su piel masculina. —Esa oración... siempre me pone así de caliente. Como si la Virgen entendiera este dolor placentero.
Alejandro rio, acariciando su cabello negro. —Tú y tus rezos locos, mi reina. Pero chido, ¿eh? Siempre termino hecho mierda feliz.
Se quedaron acostados, escuchando el silencio nocturno roto solo por sus respiraciones calmándose. La luna se coló más alta, bañándolos en plata. En ese afterglow, María sintió paz profunda, como si la oración de la dolorosa pasión no solo hubiera invocado devoción religiosa, sino un lazo eterno con su hombre. Mañana sería otro día de rutina —trabajo, tacos al pastor en la esquina, risas con los chavos—, pero esta noche, su pasión ardía eterna, dolorosa y gloriosa.