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La Obra de la Pasion de Cristo Desnuda

7260 palabras

La Obra de la Pasion de Cristo Desnuda

El sol de abril caía a plomo sobre el pueblo de San Miguel, en el corazón de México, donde cada Semana Santa se montaba la obra de la pasión de Cristo. Yo era María, la actriz que interpretaba a Magdalena, esa mujer pecadora redimida por el amor divino. Mi piel morena brillaba con sudor bajo el vestido de lino blanco que me ceñía como una segunda piel. El aire olía a copal quemado y a tierra húmeda después de la lluvia mañanera. Juan, mi coestrella, el que encarnaba a Jesús, caminaba hacia mí en el escenario improvisado de la plaza. Sus ojos cafés, profundos como pozos de deseo, me clavaban en el sitio.

¿Por qué carajos me late el corazón así cada vez que lo veo? me pregunté mientras ajustaba mi rebozo. Juan era alto, musculoso por los años de labrar la tierra, con una barba negra que le daba ese aire santo y pecador a la vez. "Órale, María, ¿lista para el ensayo?", me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Asentí, tragando saliva. La obra de la pasión de Cristo era tradición aquí, pero este año, con él como Cristo, todo se sentía diferente. El director nos había pedido intensidad, sentir el sacrificio en las entrañas, y yo lo sentía, pero no era solo teatro.

El primer acto fluyó como miel caliente. Yo, Magdalena, lavaba los pies de Jesús con lágrimas y perfume. Juan se sentó en una banca de madera astillosa, y yo me arrodillé frente a él. Mis manos temblaban al tocar sus pies callosos, ásperos por el sol. El olor de su piel, mezcla de jabón de lavanda y sudor varonil, me invadió las fosas nasales. "Señor, tus pies son mi salvación", recité, pero mi voz salió entrecortada. Él me miró, y juro que vi fuego en sus pupilas. Sus dedos se curvaron ligeramente, rozando mi mejilla. El contacto fue eléctrico, como un rayo que me recorrió la espina dorsal hasta el ombligo.

La multitud de extras y vecinos aplaudió al final del ensayo, pero nosotros nos quedamos solos en la plaza al atardecer. El cielo se tiñó de rosa y naranja, y el viento traía el aroma de tacos de carnitas de la fonda cercana. "Estás increíble, carnala", murmuró Juan, acercándose. Su aliento cálido olía a café con canela. "Es la obra, me meto en el personaje", respondí, pero mis pezones se endurecieron bajo la tela fina. Él sonrió, pillo. "No mames, María, desde el primer día te como con los ojos". Mi vientre se contrajo de anticipación. La tensión entre nosotros era un lazo invisible, apretándose acto a acto.

Al día siguiente, en la iglesia abandonada que usábamos para ensayos privados, la cosa escaló. El interior olía a incienso viejo y madera húmeda, con rayos de sol filtrándose por las vitrinas rotas, pintando el suelo de oro. Vestidos con las túnicas de la obra de la pasión de Cristo, practicamos la escena del huerto de Getsemaní. Yo era la discípula fiel, él el hombre atormentado. "Padre, aparta de mí este cáliz", recitó Juan, sudando profusamente. La tela se pegaba a su pecho ancho, delineando cada músculo. Me acerqué, como mandaba el libreto, para consolarlo. Mis manos en su espalda, sintiendo el calor de su cuerpo, los latidos acelerados bajo mis palmas.

No aguanto más, este güey me va a volver loca. Su piel quema como brasa, y yo aquí, fingiendo ser santa cuando lo que quiero es pecar con él.

"Quédate conmigo, Maestro", susurré, improvisando. Nuestras caras se acercaron tanto que sentí el roce de su barba en mi mejilla suave. Olía a hombre puro, a tierra fértil lista para ser arada. Sus labios rozaron los míos por accidente, o eso creí. Fue un beso fugaz, pero su lengua asomó, probando mi boca como un fruto maduro. Sabía a dulce de tamarindo y sal. Me derretí, mis manos bajaron a su cintura, apretando sus nalgas firmes. "María... esto no está en el guion", jadeó él, pero no se apartó. Al contrario, sus dedos se enredaron en mi pelo negro, tirando suavemente para inclinar mi cabeza. El beso se profundizó, lenguas danzando en un ritual prohibido, mientras el eco de nuestros gemidos rebotaba en las paredes sagradas.

La escena se transformó en algo nuestro. Juan me levantó en brazos, mis piernas rodeando su cadera. La túnica se rasgó un poco, dejando al aire mis senos plenos, pezones duros como piedras de obsidiana. Él los lamió con devoción, succionando uno mientras masajeaba el otro con la mano callosa. ¡Ay, qué rico! Su boca es fuego líquido, pensé, arqueándome contra él. El sonido de su chupeteo húmedo, mezclado con mi ahhh gutural, llenaba el espacio. Bajó mi mano a su entrepierna, donde su verga palpitaba dura como tronco de mezquite bajo la tela. La apreté, sintiendo su grosor, las venas marcadas. "Te quiero adentro, Cristo mío", le rogué, rompiendo el personaje.

Nos tendimos en el altar improvisado, un tapete de paja sobre el piso de laja fría. El contraste del suelo helado contra mi espalda ardiente me hizo gemir más fuerte. Juan se despojó de la túnica, revelando su cuerpo esculpido por el trabajo, vello negro bajando hasta esa verga erecta, goteando precúm como ofrenda. Yo abrí las piernas, mi panocha húmeda y hinchada, lista. El olor almizclado de mi excitación flotaba en el aire, mezclado con el suyo. "Eres mi Magdalena, mi pecado favorito", gruñó, posicionándose. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada pulgada, el roce ardiente, el llenado total. ¡Madre santísima, qué chingón se siente!

Empezamos un ritmo lento, como la procesión de Viernes Santo. Sus embestidas profundas, yo clavando uñas en su espalda, dejando surcos rojos. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sudor goteando de su frente a mis labios. Saboreé su sal, besándolo con hambre. Aceleramos, el clímax acercándose como tormenta. Sus bolas golpeaban mi culo, mis paredes internas apretándolo como vicio. "¡Más fuerte, pendejo, dame todo!", grité, perdida en el éxtasis. Él obedeció, follándome con furia redentora, su aliento jadeante en mi oreja: "Ven conmigo al paraíso".

El orgasmo nos golpeó como latigazos de pasión. Yo primero, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer mojando sus muslos. Grité su nombre, "¡Juan, ay!", mientras olas de éxtasis me recorrían desde el clítoris hasta las yemas de los pies. Él se vino segundos después, gruñendo como toro, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar adentro. Colapsamos, entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El aire olía a sexo crudo, a nosotros.

Después, en la quietud, con su cabeza en mi pecho, escuché su corazón calmarse al ritmo del mío. El sol se colaba, dorándonos. "Esto fue mejor que cualquier obra", murmuró, besando mi ombligo. Reí bajito, acariciando su cabello revuelto. "La obra de la pasión de Cristo nunca fue tan real". No era solo carne; era conexión, redención en brazos del otro. Afuera, el pueblo se preparaba para la función grande, pero nosotros ya habíamos vivido nuestra propia pasión. Caminamos de regreso tomados de la mano, con una promesa tácita de repetir el ensayo privado. La Semana Santa acababa de volverse eterna en mi piel.

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