Abismo de Pasion Capitulo 72
El sol del atardecer teñía de naranja la playa de Puerto Vallarta, donde el mar susurraba promesas de placer infinito. Yo, Ana, acababa de llegar a la villa que mi amante, Marco, había rentado para nosotros. Éramos dos adultos libres, sin ataduras más que el deseo que nos consumía desde hace meses. Él me esperaba en la terraza, con una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Qué chingón se ve con esa camisa blanca abierta, dejando ver su pecho moreno y musculoso, pensé mientras subía las escaleras de piedra, el aroma salino del océano mezclándose con el perfume de las buganvillas.
—¡Ey, mi reina! —gritó Marco, levantándose para abrazarme. Sus brazos fuertes me envolvieron, y sentí su calor contra mi piel, el roce de su barba incipiente en mi cuello. Olía a protector solar y a hombre, ese olor terroso que me ponía la piel de gallina.
Nos besamos con hambre contenida, como si cada encuentro fuera el primero. Sus labios sabían a tequila y lima, frescos y adictivos. —Te extrañé, carnal —murmuré contra su boca, mis manos explorando la curva de su espalda bajo la camisa.
Entramos a la villa, un paraíso de madera y cristal con vistas al Pacífico. En la sala, la tele estaba encendida en el canal de telenovelas. Justo empezaba Abismo de Pasion Capitulo 72, esa historia de amores imposibles que tanto nos gustaba ver juntos. Los personajes se miraban con ojos llameantes, prometiendo pasión desbordada. Marco rio bajito. —Mira, justo como nosotros, ¿no? Ese abismo de pasión que nos jala.
Me senté en el sofá de cuero suave, él a mi lado, su muslo presionando el mío. El aire acondicionado zumbaba suavemente, pero el calor entre nosotros era sofocante. Mientras veíamos la novela, su mano comenzó a recorrer mi pierna, subiendo despacio por el short de mezclilla. Sentí el pulso acelerarse, el cosquilleo en mi vientre.
¿Por qué cada toque suyo me enciende como una fogata? Es como si supiera exactamente dónde presionar para hacerme jadear.
En la pantalla, la protagonista gemía de deseo, y Marco aprovechó para inclinarme hacia él, besando mi oreja. —Imagínate si fuéramos ellos —susurró, su aliento caliente enviando ondas de placer por mi espina. Asentí, perdida en sus caricias. La tensión crecía con cada escena de la novela, pero la nuestra era real, palpable. Sus dedos se colaron bajo mi blusa, rozando mis pezones endurecidos. ¡Ay, cabrón! —exclamé en voz baja, arqueándome contra su palma.
Apagó la tele con un control remoto, dejando solo el sonido de las olas rompiendo a lo lejos. —Olvídate de la novela, mi amor. Hagamos nuestro propio abismo de pasion capitulo 72. —Sus palabras me encendieron más. Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome al dormitorio principal. La cama king size nos esperaba, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca.
Allí, en la penumbra dorada del atardecer que se filtraba por las cortinas, empezó el verdadero juego. Me quitó la blusa con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de piel expuesta. Su lengua trazó círculos alrededor de mi ombligo, bajando hasta el borde del short. Sentí mi humedad crecer, el aroma almizclado de mi excitación llenando el aire. —Estás empapada, güey —dijo con voz ronca, riendo juguetón mientras deslizaba el short y las bragas por mis caderas.
Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, mordisqueando su pecho, saboreando el salado de su sudor. Sus abdominales se contrajeron bajo mi lengua, y gemí al sentir su erección dura contra mi muslo. Es enorme, siempre me llena tanto, pensé, mientras desabrochaba su pantalón. Su verga saltó libre, palpitante, con una gota de presemen brillando en la punta. La tomé en mi mano, acariciándola despacio, sintiendo las venas hinchadas, el calor que irradiaba.
Marco me tumbó boca arriba, separando mis piernas con gentileza. —Déjame probarte, reina. —Su boca descendió, y cuando su lengua tocó mi clítoris, vi estrellas. Lamía con maestría, chupando suave luego fuerte, introduciendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G. El sonido húmedo de su boca contra mi sexo era obsceno, delicioso. Mis caderas se movían solas, persiguiendo su placer. —¡Más, pendejo, no pares! —supliqué, enredando mis dedos en su cabello negro y ondulado.
El clímax me tomó por sorpresa, una ola que me sacudió entera. Grité su nombre, mi cuerpo convulsionando, jugos derramándose en su boca. Él lamió todo, bebiendo mi esencia como si fuera néctar.
Nunca nadie me ha hecho correrme así de rápido y fuerte. Es mi adicción, mi abismo.
Pero no terminó ahí. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mis nalgas. Sus manos amasaron mi carne, y sentí la punta de su verga presionando mi entrada. —Dime si quieres, mi vida —preguntó, siempre atento, siempre consensual. —¡Sí, métemela ya! —respondí, empujando contra él.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué rico! —jadeamos al unísono. El roce de su piel contra la mía, el slap slap de sus caderas chocando con mis pompas, el olor a sexo puro impregnando la habitación. Aceleró el ritmo, una mano en mi cadera, la otra en mi clítoris, frotando en círculos. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en un baile frenético.
Me giró de nuevo, cara a cara, para mirarnos a los ojos. Sus pupilas dilatadas, el verde de sus iris casi negro de lujuria. —Te amo, Ana —confesó entre embestidas profundas. Yo lo besé, saboreando mis propios jugos en su lengua. —Yo más, cabrón. Fóllame más duro.
La tensión escalaba, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Sentí su verga hincharse más, lista para explotar. —Me vengo —gruñó, y eso me llevó al borde. Corrimos juntos, mi orgasmo apretándolo como un puño, su semen caliente llenándome en chorros potentes. El mundo se redujo a pulsos, gemidos y el latido compartido de nuestros corazones.
Colapsamos enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, protector. Besó mi frente, mi nariz, mis labios hinchados. —Eso fue épico, como el final de un capítulo intenso —dijo, riendo suave.
Nos duchamos juntos después, bajo el agua tibia que lavaba el sudor pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas recorrieron mi cuerpo, caricias tiernas ahora. Salimos envueltos en toallas, y nos tumbamos en la cama viendo las estrellas por la ventana abierta. El mar cantaba su nana, el aire fresco trayendo el scent de jazmín nocturno.
Esto es nuestro abismo de pasión, capítulo 72 y contando. No hay vuelta atrás, solo más profundidad, más éxtasis.Marco me abrazó por detrás, su mano descansando en mi vientre. —Mañana repetimos, ¿sale? —susurró.
Sonreí en la oscuridad. —Chido, mi rey. Siempre.
En ese momento, supe que nuestro amor era como esa telenovela: dramático, intenso, eterno. Pero el nuestro era real, consensual, nuestro. Y eso lo hacía perfecto.