Relatos Prohibidos
Inicio Sexo con Maduras Cuadros de la Pasión de Cristo Desnuda Cuadros de la Pasión de Cristo Desnuda

Cuadros de la Pasión de Cristo Desnuda

8088 palabras

Cuadros de la Pasión de Cristo Desnuda

En el corazón de la antigua iglesia de Taxco, donde el sol de la tarde se colaba por los vitrales teñidos de rojo y oro, Ana se detuvo frente a los cuadros de la Pasión de Cristo. Esos lienzos coloniales, con sus figuras retorcidas en agonía y éxtasis, siempre la habían inquietado. La piel morena de Jesús, marcada por el sudor y la sangre, parecía palpitar bajo la capa de barniz envejecido. El aire olía a incienso quemado y cera de velas, un aroma denso que se pegaba a la lengua como un secreto prohibido.

Ana, con su falda ligera ondeando contra sus muslos, sintió un cosquilleo en la nuca. ¿Por qué estos cuadros siempre me revuelven el estómago de esta forma? pensó, mientras sus ojos recorrían el cuerpo semidesnudo del Cristo cargando la cruz. Los músculos tensos, las venas hinchadas, el rostro contorsionado en un grito mudo que parecía placer más que dolor. Neta, era como si el pintor hubiera capturado algo carnal en medio de la santidad.

De repente, una voz grave la sacó de su trance.

Esos cuadros de la Pasión de Cristo tienen ese poder, ¿verdad? Te hacen sentir viva, como si el fuego del infierno te lamiera las entrañas.

Ana giró la cabeza y ahí estaba él: Javier, alto, con camisa blanca arremangada dejando ver antebrazos fuertes y tatuados con rosas espinosas. Sus ojos negros brillaban con picardía, y su sonrisa era de esas que prometen problemas chidos. Era el restaurador de la parroquia, wey que conocía cada grieta de esos murales como si fueran su propia piel.

—Sí, carnal —respondió ella, con la voz un poco ronca—. Me dan un escalofrío que ni te imaginas. Como si el dolor se convirtiera en... no sé, en algo caliente.

Javier se acercó un paso, lo suficiente para que Ana oliera su colonia fresca mezclada con el sudor del día caluroso. Sus dedos rozaron el aire cerca del cuadro, trazando la curva del hombro de María Magdalena.

—Mira aquí —dijo él, su aliento cálido en la oreja de ella—. La Magdalena no llora de pena, ¿sabes? Es deseo puro. Quiere tocarlo, sanarlo con sus manos, con su boca. Los artistas de antaño metían eso en los cuadros de la Pasión de Cristo, pero la iglesia lo tapa con santurronería.

Ana tragó saliva. Su corazón latía fuerte, como tambores de una procesión. Este pendejo me está encendiendo, se dijo, sintiendo el calor subirle por el pecho hasta los pezones que se endurecían bajo la blusa. La iglesia estaba casi vacía, solo el eco de sus voces y el goteo lejano de una fuente.

Hablaron un rato más, caminando de cuadro en cuadro. Javier le contaba anécdotas: cómo el Cristo flagelado tenía la espalda arqueada como en un orgasmo, cómo las gotas de sangre parecían perlas de sudor en una noche de pasión. Ana reía nerviosa, pero su cuerpo respondía. Sus caderas se mecían un poquito más, rozando accidentalmente el brazo de él. El roce era eléctrico, piel contra piel, cálida y suave.

—Ven a mi taller —la invitó Javier al final, con voz baja—. Ahí tengo fotos de los cuadros antes de restaurarlos. Te muestro el lado crudo, sin filtros.

Ana dudó un segundo, pero el pulso en su entrepierna la traicionó. Órale, ¿por qué no? Es solo curiosidad. Salió con él a la calle empedrada, donde el sol poniente pintaba todo de naranja. El taller estaba a dos cuadras, en una casa colonial con patio lleno de buganvilias. Adentro, olió a trementina y madera vieja, un olor que le recordó la tierra húmeda después de la lluvia.

Se sentaron en un sofá raído, con una botella de mezcal entre ellos. Javier sacó un álbum grande, páginas crujientes con imágenes de los cuadros de la Pasión de Cristo en su estado original: colores vibrantes, sombras profundas que acentuaban cada músculo, cada curva. Ana se inclinó, su rodilla tocando la de él. El mezcal bajaba ardiente por su garganta, soltándole la lengua.

—Neta, estos cuadros me ponen caliente —confesó ella, mirándolo fijo—. Es como si Cristo estuviera sufriendo por puro gusto, ¿no?

Javier dejó el álbum y le tomó la mano. Sus palmas eran ásperas, de trabajar con pinceles y lijas, pero su toque era gentil.

Yo también lo siento así —murmuró—. Cuando los resto, es como acariciar un cuerpo vivo. Ven, déjame mostrarte cómo se siente.

El beso llegó natural, como el inevitable choque de dos cuerpos en éxtasis. Labios suaves al principio, explorando, saboreando el mezcal en la lengua del otro. Javier la atrajo a su regazo, manos grandes subiendo por su espalda, desabrochando el sostén con maestría. Ana jadeó cuando él liberó sus senos, el aire fresco del taller erizándole la piel. Sus pezones, duros como piedras preciosas, rozaron la camisa de él.

Se quitaron la ropa con urgencia, pero sin prisa torpe. Piel contra piel, el olor de sus cuerpos mezclándose: ella a jazmín y deseo húmedo, él a hombre puro, salado. Javier la recostó en el sofá, besando su cuello, bajando por el valle de sus pechos. Su lengua trazó círculos alrededor de un pezón, succionando suave, luego fuerte, arrancándole gemidos que resonaban en el patio vacío.

Esto es mejor que cualquier cuadro, pensó Ana, arqueando la espalda. Sus uñas se clavaron en los hombros de él, sintiendo los músculos tensarse como los del Cristo en la cruz. Javier bajó más, besos mojados por su vientre, hasta llegar al monte de Venus. El aroma de su excitación lo invadió, almizclado y dulce. Separó sus muslos con ternura, lamiendo despacio, saboreando cada pliegue. Ana se retorcía, el placer subiendo en olas, sus caderas empujando contra su boca.

¡Ay, wey, no pares! ¡Chíngame con la lengua! —suplicó ella, voz ronca, agarrando su cabello.

Él obedeció, metiendo la lengua profundo, chupando su clítoris hinchado. El sonido era obsceno: succiones húmedas, jadeos entrecortados. Ana sintió el orgasmo venir como una procesión imparable, el cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando en gritos ahogados.

Pero no pararon. Javier se incorporó, su verga erecta, gruesa y venosa, rozando la entrada de ella. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel aterciopelada sobre hierro.

Métemela ya, cabrón —exigió, guiándolo adentro.

Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El llenado fue perfecto, sus paredes apretándolo como un guante húmedo. Se movieron en ritmo, primero suave, como una danza sagrada, luego feroz, piel chocando con palmadas resonantes. El sudor les corría por la espalda, goteando en charcos calientes. Javier la embestía profundo, rozando ese punto que la hacía ver estrellas, mientras ella clavaba las uñas en su culo, urgiéndolo más fuerte.

Los cuadros de la Pasión de Cristo flotaban en la mente de Ana: el sufrimiento transmutado en gozo puro, el cuerpo roto en éxtasis. Javier gruñía en su oído, palabras sucias y tiernas:

Eres mi Magdalena, rica. Te cojo como Cristo quiere ser cogido.

El clímax los alcanzó juntos. Ana se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras Javier se vaciaba en chorros calientes, llenándola hasta rebosar. Gritos mezclados, cuerpos temblando, el mundo reducido a pulsos y jadeos.

Después, yacieron enredados, el aire pesado con olor a sexo y trementina. Javier le acariciaba el cabello, besos suaves en la frente. Ana sentía una paz profunda, como después de confesar un pecado que no pesa.

Esos cuadros nos unieron, ¿no? —dijo él, riendo bajito.

Sí, carnal. La Pasión en carne viva —respondió ella, saboreando el afterglow en su piel aún sensible.

Salieron al patio al atardecer, el cielo sangrando rojo como los lienzos de la iglesia. Ana sabía que volvería, no solo por los cuadros, sino por ese fuego que Javier había desatado en ella. La pasión no era solo sufrimiento; era vida, pura y ardiente.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.