Pasión y Poder Franco
En el corazón de Polanco, donde las luces de los restaurantes brillan como estrellas caídas, Ana se ajustó el vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo. El aire olía a jazmín y a cigarros caros, mezclado con el perfume dulzón de las mujeres que revoloteaban alrededor de los hombres de traje. Era una gala benéfica, de esas donde el poder se negocia entre copas de champagne y sonrisas falsas. Pero esa noche, Ana no buscaba tratos; buscaba algo más crudo, más vivo.
Entonces lo vio. Franco. Alto, con esa mandíbula cuadrada y ojos negros que perforaban como cuchillos. Vestía un traje negro impecable, sin corbata, la camisa abierta lo justo para mostrar un pecho moreno y musculoso. Él charlaba con un grupo de empresarios, su voz grave retumbando como trueno lejano. Pasión y poder franco, pensó Ana, recordando una frase que su amiga le había dicho una vez sobre hombres así: directos, sin rodeos, que toman lo que quieren. Su corazón latió más rápido, un pulso traicionero entre sus muslos.
Se acercó al bar, pidiendo un tequila reposado. El bartender le guiñó un ojo.
—Órale, jefa, ¿qué traes esta noche? Te ves como que andas en cacería.Ana sonrió, pero su mirada estaba fija en él. Franco giró la cabeza, la vio. Sus ojos se clavaron en los de ella, y el mundo se achicó. Caminó hacia ella con paso seguro, como si el piso fuera suyo.
—¿Bailamos? —dijo, su voz ronca rozando su piel como una caricia.
Ana sintió el calor subirle por el cuello. Neta, este pendejo sabe lo que hace, pensó. Asintió, y su mano grande envolvió la de ella, tirando con firmeza pero sin fuerza bruta. En la pista, sus cuerpos se pegaron al ritmo de un bolero moderno. El sudor de su cuello olía a sándalo y hombre, y cuando su cadera rozó la de ella, Ana jadeó bajito. Sus pechos se apretaron contra el torso duro de él, y sintió la erección creciente presionando su vientre. Qué chingón, se dijo, mordiéndose el labio.
—Me gustas —murmuró Franco en su oído, su aliento caliente oliendo a tequila—. Directo al grano, ¿no?
—Pasión y poder franco —susurró ella, citando lo que bullía en su mente—. Eso es lo que traes.
Él rio bajito, un sonido que vibró en su pecho y se metió en el de ella. La tensión creció con cada giro, cada roce. Sus manos bajaron a su cintura, apretando posesivo, y Ana arqueó la espalda, sintiendo el pulso en su clítoris como un tambor.
La noche avanzaba, y el deseo se volvía insoportable. Franco la llevó a un rincón apartado del jardín, donde las luces eran tenues y el aroma de las bugambilias saturaba el aire. La empujó suave contra la pared de adobe, sus labios capturando los de ella en un beso feroz. Lenguas danzaron, saboreando tequila y sal, mientras sus manos exploraban. Él subió el vestido, dedos ásperos rozando sus muslos suaves, hasta encontrar las bragas húmedas.
—Estás chorreando, carnal —gruñó, metiendo un dedo dentro, curvándolo justo ahí.
Ana gimió, clavando uñas en sus hombros. Esto es lo que necesitaba, un hombre que no se anda con pendejadas. El dedo se movía lento, torturante, mientras su boca bajaba a su cuello, chupando la piel hasta dejar marca. El sonido de su respiración agitada se mezclaba con el jazz lejano, y el calor de su cuerpo la envolvía como una manta ardiente.
Pero no era solo físico. En su mente, Ana luchaba: ¿Y si es solo una noche? ¿Quiero más? Franco lo sintió, se apartó un segundo, mirándola fijo. —Dime qué quieres, Ana. Sin juegos.
—A ti. Todo de ti —confesó ella, voz temblorosa.
Él sonrió, ese poder franco brillando en sus ojos. La cargó en brazos, llevándola a su auto, un BMW negro reluciente. El cuero de los asientos olía a nuevo y a aventura cuando la recostó en el backseat. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, el mundo era solo ellos.
Franco se arrodilló entre sus piernas abiertas, bajando el vestido para exponer sus senos plenos. Los lamió, succionando pezones duros como piedras, mientras sus dedos volvían a su coño empapado. Dos ahora, estirándola, preparándola. Ana arqueó, gimiendo alto, el vidrio empañándose con su aliento. Su lengua... ay, cabrón. Bajó más, inhalando su aroma almizclado, y lamió su clítoris con hambre. Lengua plana, círculos rápidos, chupando como si fuera miel.
—¡Franco! —gritó ella, caderas moviéndose solas.
Él no paró, dedos follando profundo mientras lamía. El orgasmo la golpeó como ola, cuerpo convulsionando, jugos salpicando su barbilla. Saboreó todo, gruñendo satisfecho.
Ana lo jaló arriba, besándolo, probando su propio sabor salado. Desabrochó su pantalón, liberando la verga gruesa, venosa, goteando precum. La tomó en mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso furioso. —Fóllame ya, pendejo —exigió juguetona.
Franco rio, posicionándose. Entró de un empujón suave pero firme, llenándola hasta el fondo. Ambos jadearon. El estiramiento ardía delicioso, su grosor rozando cada nervio. Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para volver hondo. El sonido chapoteante de piel contra piel llenaba el auto, mezclado con gemidos y ¡sí, así!.
Ana clavó uñas en su espalda, sintiendo músculos contraerse bajo su piel sudorosa. Olía a sexo crudo, a ellos. Él aceleró, caderas chocando duro, verga golpeando su punto G sin piedad. Esto es poder franco, pensó ella, perdida en el placer. Sus pechos rebotaban, él los atrapaba, mordiendo pezones.
La tensión crecía, espiral infinita. Ana sentía el clímax venir de nuevo, más grande. —¡Me vengo! —chilló, coño apretando su polla como vicio.
Franco gruñó, follando más fuerte, sudor goteando de su frente a sus senos. —Yo también, reina. —Se corrió dentro, chorros calientes inundándola, prolongando su orgasmo. Colapsaron, jadeando, cuerpos pegajosos.
Después, en su penthouse en Reforma, con vistas a la ciudad iluminada, se bañaron juntos. Agua caliente cascabeando, jabón oliendo a lavanda. Él la enjabonó despacio, dedos masajeando cada curva. Ana lo miró, vulnerable.
—No fue solo sexo, ¿verdad?
—Neta —dijo él, besándola suave—. Pasión y poder franco. Eso somos.
Se secaron, cayeron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como nubes. Hicieron el amor otra vez, lento, explorando. Él de cucharita, entrando suave, mano en su clítoris. Gemidos suaves, besos en la nuca. El amanecer los encontró entrelazados, el sol filtrándose dorado.
Ana sonrió, sintiendo su brazo pesado sobre su cintura. Esto es nuevo. Poder franco, pasión pura. El futuro era incierto, pero esa noche lo había cambiado todo. El aroma de sus cuerpos mezclados perduraba, un recordatorio vivo de la entrega total.