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Historia de una Pasion Netflix Desnuda

5936 palabras

Historia de una Pasion Netflix Desnuda

La noche caía sobre el DF como un manto caliente y pegajoso, de esos que te hacen sudar hasta en boxers. Yo, Ana, estaba tirada en el sofá de mi depa en la Condesa, con el control remoto en la mano, buscando algo chido en Netflix. Javier, mi carnal del alma desde hace dos años, acababa de llegar del gym, todo sudado y con esa playera pegada al pecho que marcaba sus pectorales de vato bien puesto. Neta, cada vez que lo veo así, se me acelera el pulso como si fuera la primera vez.

"¿Qué vemos, morra?", me dijo con esa voz ronca que me eriza la piel, tirándose a mi lado y pasando el brazo por mis hombros. Su olor a hombre fresco mezclado con sudor me invadió las fosas nasales, un aroma que me ponía cachonda al instante. Elegí Historia de una pasión Netflix, una serie nueva que prometía drama y romance picante, de esas que te dejan con las bragas mojadas sin darte cuenta.

Apagué las luces, solo quedó el resplandor azul de la tele iluminando la sala. Nos acurrucamos, mi cabeza en su regazo, sintiendo el calor de sus muslos duros bajo mi nuca. La serie empezó: una tipa intensa enamorándose de un tipo misterioso en las calles empedradas de algún pueblo mágico. Los diálogos eran puro fuego, miradas que decían más que palabras, toques accidentales que encendían chispas. Yo sentía la mano de Javier bajando despacito por mi brazo, sus dedos trazando círculos lazy en mi piel desnuda.

¿Por qué carajos esta serie me está poniendo tan caliente? Es como si estuviera viéndome a mí misma en la pantalla
, pensé, mientras mi respiración se ponía pesada.

En la pantalla, la protagonista besaba al galán con hambre, sus lenguas enredándose en un beso que duraba eternidades. Javier se movió un poco, y noté su verga endureciéndose contra mi mejilla. Sonreí para mis adentros, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo de cumbia. "Esto está bueno, ¿verdad, wey?", murmuró él, su mano ahora en mi cintura, colándose bajo mi crop top. Su palma áspera rozó mi ombligo, enviando ondas de calor directo a mi entrepierna. Olía a su colonia barata mezclada con feromonas, un perfume que me hacía agua la boca.

La tensión crecía con cada escena. En la serie, se quitaban la ropa lento, explorando cuerpos con manos temblorosas de deseo. Yo no aguanté más: giré la cara y lamí su bulto a través del pantalón, sintiendo el sabor salado de la tela. "¡Puta madre, Ana!", jadeó él, su voz quebrada. Le desabroché el zipper con dientes, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante como un corazón salvaje. La tomé en mi boca, saboreando el precum salado, el olor almizclado de su excitación llenándome la nariz. Él gemía bajito, enredando los dedos en mi pelo, pero sin empujar, solo guiando con ternura.

Esto es mejor que cualquier historia de una pasión Netflix, se me cruzó por la mente mientras chupaba más profundo, mi lengua girando alrededor de la cabeza hinchada. Sus caderas se movían al ritmo de mis labios, el sofá crujiendo bajo nosotros. Pero quería más, necesitaba sentirlo dentro. Me quité la tanga rápido, empapada ya, y me subí a horcajadas sobre él. Nuestros ojos se clavaron: "¿Estás segura, mi reina?", preguntó, siempre el caballero. "Neta que sí, métemela ya", respondí con voz de perra en celo.

Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. ¡Ay, wey! El estiramiento ardía delicioso, mis paredes internas apretándolo como guante. Empecé a moverme, arriba y abajo, el slap slap de piel contra piel resonando en la sala junto a los moans de la serie de fondo. Sudábamos a chorros, mi sudor goteando en su pecho, mezclándose con el suyo. Él me amasaba las nalgas, sus dedos hundiéndose en la carne suave, mientras yo rayaba su espalda con las uñas, dejando marcas rojas de pasión.

La serie seguía, pero ya no la veíamos. Era nuestra propia historia de una pasión Netflix, pero en vivo y a todo color. Javier se incorporó, chupándome las tetas con hambre, mordisqueando los pezones duros como piedras. El placer me subía por la espina como corriente eléctrica, mis gemidos volviéndose gritos: "¡Más fuerte, cabrón! ¡Dame todo!". Él obedecía, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada, su verga golpeando mi punto G una y otra vez. Olía a sexo puro, a jugos mezclados, a deseo desbocado.

Internamente luchaba:

No quiero que acabe nunca, pero ya estoy al borde, mi clítoris hinchado rogando por explosión
. Aceleré el ritmo, frotándome contra su pubis, el roce perfecto. Sus manos en mi cadera guiaban, pero yo mandaba, cabalgándolo como reina. "Me vengo, Ana, ¡me vengo!", gruñó él, su cara contorsionada en éxtasis. Sentí su verga hincharse más, chorros calientes inundándome, empujándome al abismo. Mi orgasmo me partió en dos: olas de placer convulsionándome, el mundo volviéndose blanco, mis paredes ordeñándolo hasta la última gota.

Colapsamos juntos, jadeantes, pegajosos de sudor y fluidos. La serie seguía rodando créditos, pero nosotros en afterglow total. Javier me besó la frente, suave, su mano acariciando mi espalda empapada. "Eres lo máximo, morra. Esto fue mejor que cualquier pinche serie". Reí bajito, sintiendo su semen escurrir por mis muslos, un recordatorio cálido y pegajoso. Nos quedamos así, enredados, el aire cargado de nuestro olor compartido, el corazón latiendo al unísono.

Al día siguiente, desperté con él cocinando huevos rancheros, el olor a chile y cilantro llenando el depa. " ¿Vemos la segunda temporada esta noche?", bromeó guiñándome el ojo. Sonreí, sabiendo que nuestra historia de una pasión Netflix apenas empezaba. En el DF, entre el caos de la ciudad, habíamos encontrado nuestro propio final feliz, uno que se repetía noche tras noche, con más fuego cada vez.

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