El Antónimo de la Pasión
En el bullicio de la Condesa, donde las luces de neón parpadean como promesas rotas, entré al bar con el corazón latiendo a ritmo de cumbia rebajada. Yo, Sofia, una morra de veintiocho tacos que trabaja en una galería de arte en Polanco, buscaba algo que me sacara del tedio de mi rutina. El aire olía a mezcal ahumado y a jazmines del jardín exterior, y el sonido de risas y vasos chocando llenaba el lugar. Ahí lo vi: alto, moreno, con ojos negros que parecían pozos sin fondo. Se llamaba Diego, un tipo de unos treinta, con camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos y una expresión de pinche indiferencia que me erizó la piel.
Me acerqué a la barra, pidiendo un paloma con sal en el borde. Él estaba a dos bancos, sorbiendo su tequila solo, sin voltear.
¿Qué le pasa a este güey? Parece el antónimo de la pasión, puro hielo, pensé mientras lo observaba de reojo. Su mandíbula cuadrada se tensaba cada vez que pasaba una chava coqueta, pero ni un guiño, ni una sonrisa. Me picó la curiosidad. Ordené otro trago y, con mi mejor voz juguetona, le dije: Órale, carnal, ¿no te da sed el calor de la noche? Él levantó la vista, lenta, como si yo fuera un mosquito molesto. Sus labios se curvaron apenas. "No mucho. ¿Y a ti?" Su voz era grave, ronca, como grava bajo las llantas de un vocho viejo.
Empezamos a platicar. Diego era arquitecto, de esos que diseñan hoteles en la Riviera Maya, pero su vida parecía un plano sin curvas: trabajo, gym, casa en Lomas. Nada de fiestas locas ni aventuras. Yo le conté de mis pinturas eróticas, de cómo capturo el deseo en óleos que gotean como sudor. Él asentía, pero su mirada era fría, distante. Este pendejo es el antónimo de la pasión hecha hombre, me dije, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. El alcohol nos soltó la lengua, y pronto reíamos de tonterías: de los fifís en sus SUVs y de las tías que venden tamales en la esquina. Su mano rozó la mía al pasar el limón, y juro que sentí electricidad, un calor que contrastaba con su fachada helada.
Salimos del bar cuando el DJ puso un remix de La Chona. La noche de la ciudad nos envolvía con su brisa tibia, oliendo a elotes asados y escape de coches. Caminamos por avenidas arboladas, y yo lo provoqué: ¿Nunca te dan ganas de soltar todo, Diego? ¿De quemarte vivo? Él se detuvo bajo un farol, su silueta recortada contra el cielo estrellado. "La pasión es un lujo que no me puedo dar. Duele demasiado cuando se acaba." Sus palabras me golpearon como un trago de raicilla pura. Lo miré fijo, y sin pensarlo, lo besé. Sus labios eran firmes, reticentes al principio, pero luego cedieron, saboreando a tequila y a menta. Su aliento cálido contra mi boca me hizo temblar.
Acto dos: la escalada. Terminamos en su depa en Roma Norte, un lugar chido con ventanales que daban a la silueta del Ángel. El elevador subía lento, y ya sus manos exploraban mi cintura bajo la blusa. Entramos, y el olor a madera de cedro y su colonia amaderada me invadió. Me quitó la chamarra con deliberada lentitud, sus dedos ásperos rozando mi piel desnuda.
Esto es lo opuesto a su frialdad, puro fuego latente, pensé mientras él me empujaba contra la pared. Nuestros besos se volvieron urgentes, lenguas danzando como en una salsa prohibida. Gemí cuando su boca bajó a mi cuello, mordisqueando suave, dejando un rastro húmedo que olía a mi perfume de vainilla.
Lo jalé al sillón de piel, desabotonando su camisa. Su pecho era duro, marcado por horas en el gym, con vello oscuro que pinicaba delicioso contra mis palmas. Él me desvistió con maestría, exponiendo mis tetas al aire fresco del AC. ¡Qué chingón se siente su mirada ahora, hambrienta! Susurró: Mamacita, eres puro peligro, y chupó un pezón, tirando suave con los dientes. El placer me recorrió como corriente, haciendo que mis caderas se arquearan. Bajó la mano por mi vientre, metiéndose bajo mi falda, encontrando mi panocha ya empapada. Sus dedos juguetearon con mi clítoris, círculos lentos que me hacían jadear. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteante, mezclado con nuestros resuellos.
Pero Diego dudaba, su antónimo de pasión luchando dentro.
¿Y si esto es solo un rato? ¿Y si mañana vuelve a su caparazón?Le leí la mente en sus ojos. Lo volteé, poniéndome encima, montándolo como amazona. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo mi tacto. La lamí desde la base, saboreando su almizcle salado, mientras él gruñía: ¡Carajo, Sofia, me vas a matar! Lo chupé profundo, garganta relajada, saliva goteando por su eje. Él se retorcía, manos enredadas en mi pelo, pero yo controlaba el ritmo, torturándolo con succiones y pausas.
La tensión crecía como tormenta en el Popo. Me levantó, llevándome a la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Me abrió las piernas, inhalando mi aroma de excitación. Su lengua era mágica, lamiendo mis labios hinchados, succionando mi botón con hambre de lobo. Grité cuando metió dos dedos, curvándolos contra mi punto G, mientras su boca no paraba. El orgasmo me azotó primero, olas de placer que me hacían convulsionar, jugos brotando en su cara. Él lamió todo, sonriendo lobuno: Ahora sí, el antónimo de pasión se fue al carajo.
Me penetró despacio, su verga llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El roce era fuego puro, cada embestida un choque de pelvises húmedos, piel contra piel slap-slap. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el cuarto, mezclado con nuestro sudor salado. Cambiamos posiciones: yo de perrito, él jalándome el pelo suave; de lado, cucharita, su mano en mi clítoris acelerando el ritmo. Internal monologue: Dios, este güey me hace sentir viva, cada nervio en llamas. Gritábamos groserías mexicanas: ¡Pásamela más duro, cabrón! ¡Qué rico tu chile! El clímax nos alcanzó juntos, él derramándose dentro con un rugido gutural, yo apretándolo con contracciones que ordeñaban hasta la última gota.
Quedamos jadeantes, cuerpos enredados, el corazón martillando al unísono. El afterglow era tibio, como sol de atardecer en Xochimilco. Diego me besó la frente, murmurando: Creí que la pasión era mi antónimo, pero tú me probaste lo contrario. Reí bajito, trazando círculos en su pecho.
Esto no es solo un polvo; hay algo más, un lazo que nace del hielo roto. Afuera, la ciudad ronroneaba, indiferente a nuestro mundo nuevo. Nos dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, con el sabor de la entrega en los labios y la promesa de más noches incendiarias.