Quien Protagoniza a Jesus en la Pasion de Cristo Despierta Mi Lujuria
El sol de abril quemaba como un hierro al rojo en Iztapalapa, pero el ambiente de Semana Santa lo hacía todo chido. La multitud bullía alrededor del cerro, con el olor a incienso mezclado con el sudor de cientos de cuerpos apiñados. Yo, Ana, había venido desde el centro pa' ver la Pasión de Cristo, esa obra que cada año arma el barrio entero. No soy devota ni nada, pero chíngame, el ambiente se siente en la piel, como una caricia prohibida.
Ahí estaba él, saliendo de entre la multitud de romanos y ladrones. El tipo que protagonizaba a Jesús. Alto, moreno, con esos ojos verdes que brillaban bajo la corona de espinas falsa. Su cuerpo marcado por el sol, músculos tensos de cargar la cruz de madera todo el día. Lo vi azotado, sangrando tinta roja, y sentí un calor bajito en el estómago que no tenía nada que ver con la fe. ¿Quién carajos es este vato? me pregunté, mordiéndome el labio mientras el público gritaba "¡Perdónanos!".
Después de la crucifixión simulada, la gente se dispersó un poco. Yo me quedé rondando cerca del escenario improvisado, con el corazón latiéndome como tambor de concheros. Olía a tierra húmeda, a fritangas de los puestos y a ese aroma varonil que dejaba él al bajar, secándose el sudor con una toalla raída. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, con dientes blancos perfectos.
Pinche hombre, pareces sacado de una película... ¿quién protagoniza a Jesús en La Pasión de Cristo? ¿Tú en mi mente sucia?pensé, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa ligera.
Se acercó, aún con la túnica pegada al cuerpo por el sudor. "Qué tal, mija, ¿te gustó la obra?" Su voz era grave, como un ronroneo que me erizó la nuca. Olía a sal, a esfuerzo, a algo salvaje. "Sí, carnal, estuviste padísimo. Oye, rapidito, ¿quién protagoniza a Jesús en La Pasión de Cristo, la de la película esa?" le solté, coqueta, para romper el hielo. Rió bajito. "Jim Caviezel, güey. Pero hoy, aquí, soy yo. Marco. ¿Y tú?" "Ana. Y quiero saber más de tu... pasión."
Nos fuimos caminando por las callejones llenos de luces de colores y música de banda lejana. Hablábamos de todo: de cómo él ensayaba meses pa' cargar esa cruz que pesaba como demonios, de cómo el público lo tocaba en la procesión, reverente pero hambriento. Mi mano rozó la suya "por accidente". Su piel áspera, callosa, me mandó chispas hasta el entrepierna. Ya valió, Ana, lo quieres pa' ti sola, me dije, oliendo su aroma que se mezclaba con el de las jacarandas en flor.
Acto dos: la escalada. Terminamos en su depa chiquito pero chulo, en una colonia cercana, con vista al cerro. "Siéntete como en casa", dijo, quitándose la túnica. Quedó en boxers, su pecho ancho subiendo y bajando, vello oscuro hasta el ombligo. Yo me acerqué, temblando un poco. "Déjame verte de cerca, como a Jesús... pero sin espinas." Mis dedos trazaron sus abdominales, duros como piedra. Él jadeó, tomándome la cintura. "Eres fuego, Ana."
Nos besamos despacio al principio, saboreando el salado de su sudor y el dulce de mi gloss de fresa. Sus labios carnosos me devoraban, lengua explorando mi boca como si fuera el Santo Grial. Lo empujé al sillón viejo, montándome encima. Sentí su verga endureciéndose contra mi panocha a través de la falda. ¡Qué chingón! Olía a sexo inminente, a feromonas que nublaban la cabeza. "Tócame", le pedí, guiando su mano bajo mi blusa. Sus dedos grandes amasaron mis tetas, pellizcando los pezones hasta que gemí alto, el sonido rebotando en las paredes.
Esto es pecado, pero qué rico pecado. Su cuerpo es mi cruz, y yo la clavaré en él.
Le bajé los boxers. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La olí, almizclada, masculina pura. La lamí desde la base, saboreando la piel salada, hasta chuparla hondo. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo. "¡Así, mamacita, chúpamela como Virgen María no podría!" Risas entre jadeos. Yo me mojaba tanto que mis bragas chorreaban. Me las quité, frotándome el clítoris hinchado mientras él me miraba con ojos de lobo.
Me levantó como pluma, llevándome a la cama deshecha. Olía a sábanas limpias con toques de su esencia. Me abrió las piernas, besando mis muslos internos, mordisqueando hasta llegar a mi concha empapada. Su lengua era mágica: lamió lento, círculos en el clítoris, metiendo dedos que curvaba justo ahí, en el punto G. Grité, arqueándome, oliendo mi propio aroma dulce y salado mezclándose con el suyo. "¡No pares, Marco, chinga mi alma!" El sudor nos unía, piel resbaladiza, pulsos acelerados latiendo al unísono.
La tensión crecía como tormenta. Él se puso encima, verga rozando mi entrada. "Dime que sí", murmuró, ojos en los míos. "¡Sí, cabrón, métemela ya!" Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena, cada pulso. Gemí largo, uñas clavadas en su espalda. Empezó a moverse, lento al principio, luego brinco por brinco, la cama crujiendo como en su crucifixión. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, el aire cargado de jadeos y "¡Más! ¡Duro!".
Yo lo monté después, cabalgando como amazona en el cerro. Sus manos en mis caderas, yo apretando con mi concha, ordeñándolo. Veía su cara de éxtasis, barba incipiente, sudor goteando. Este es mi Jesús, mi pasión de carne. El clímax se acercaba, como la resurrección inevitable. Él me volteó a perrito, embistiéndome profundo, bolas golpeando mi clítoris. "¡Me vengo, Ana!" "¡Yo también, coroname con tu leche!" Explotamos juntos: yo convulsionando, chorros calientes llenándome, él rugiendo como león.
Caímos exhaustos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El cuarto olía a sexo crudo, a satisfacción. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón calmarse. "Eres la mejor devota que he tenido", bromeó, besándome la frente. Yo reí suave. "Y tú, el Jesús que protagoniza mis pasiones más locas. ¿Quién protagoniza a Jesús en La Pasión de Cristo? Nadie como tú en la mía."
Nos quedamos así, en afterglow, con el eco de la banda lejana y el calor de nuestros cuerpos. Algo cambió esa noche: no era solo un polvo, era conexión, como si hubiéramos resucitado juntos. Mañana sería otro día en la CDMX, pero esta pasión, neta, quedaría grabada en mi piel para siempre.