Cañaveral de Pasiones Cap 11 Llamas Ocultas en la Caña
El sol del mediodía en Veracruz caía como plomo derretido sobre el cañaveral, haciendo que las hojas verdes se mecieran con un susurro áspero, como si guardaran secretos húmedos y calientes. Yo, Lupita, caminaba entre las hileras altas de caña, sintiendo el sudor resbalar por mi espalda bajo la blusa ajustada que se pegaba a mis tetas como una segunda piel. Hacía meses que trabajaba aquí, cortando caña con la machete en mano, pero hoy todo era diferente. Javier, ese morenazo con ojos de fuego y brazos que parecían tallados en roble, me había estado mirando toda la mañana. Órale, pensé, este wey me trae loca.
Nos conocimos hace unas semanas, en una de esas fiestas rancheras donde la banda tocaba cumbias calurosas y el mezcal corría como agua. Bailamos pegaditos, sus manos en mi cintura, su aliento con olor a tierra y tabaco rozando mi cuello. Desde entonces, cada día en el cañaveral era una tortura dulce. Lo veía de reojo, cortando caña con golpes precisos, su camisa abierta dejando ver el pecho sudoroso, marcado por el sol. Hoy, al terminar el turno, me hizo una seña con la cabeza. Ven, dijo sin palabras. Mi corazón latió fuerte, como tambor de jarabe veracruzano.
Esto es el capítulo once de nuestro cañaveral de pasiones, me dije mientras lo seguía entre las cañas altas, que nos ocultaban como un velo verde y frondoso. Cap 11, donde todo arde de verdad.
El aire estaba cargado del olor dulce de la caña madura, mezclado con el sudor nuestro, ese aroma almizclado que ya me ponía la piel de gallina. Nos adentramos más, hasta que el mundo exterior desapareció. Solo quedábamos nosotros, el crujir de las hojas bajo nuestros pies, el zumbido lejano de las chicharras. Javier se giró de golpe, me jaló contra él con fuerza pero suave, como si supiera que yo quería eso. Sus labios encontraron los míos, calientes, urgentes, saboreando a sal y a deseo reprimido.
—Mamacita, murmuró contra mi boca, su voz ronca como el viento en la caña. —No aguanto más verte moverte así, con ese culo que me vuelve pendejo.
Reí bajito, sintiendo su verga dura presionando contra mi vientre a través de los pantalones raídos. Mis manos subieron por su pecho, palpando los músculos tensos, el calor de su piel curtida. Lo besé con hambre, mi lengua enredándose con la suya, probando el dulzor del jugo de caña que siempre masticaba. El mundo se reducía a eso: su boca devorándome, sus manos grandes amasando mis nalgas, apretándome contra él.
Me recargó contra un tallo grueso de caña, las hojas raspando mi espalda con un cosquilleo delicioso. Bajó los tirantes de mi blusa, liberando mis tetas al aire caliente. Sus ojos se oscurecieron al verlas, los pezones ya duros como piedras por la brisa y la excitación. Se inclinó y chupó uno, succionando con fuerza, haciendo que un gemido se me escapara sin querer. ¡Ay, cabrón! El placer era eléctrico, bajando directo a mi entrepierna, donde ya sentía la humedad empapando mis calzones.
—Te quiero toda, gruñó, mientras sus dedos desabrochaban mi falda, bajándola con impaciencia. Yo no me quedaba atrás; le quité la camisa de un tirón, arañando leve su espalda con las uñas. Olía a hombre de campo, a tierra fértil y sudor fresco. Mis manos bajaron a su cinturón, lo abrí torpe de la prisa, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, su grosor que apenas cabía en mi palma. La apreté, moviendo arriba y abajo, y él jadeó, echando la cabeza atrás.
Caímos al suelo mullido de hojas secas y tierra húmeda, un colchón natural que crujía bajo nosotros. Me puse encima, cabalgándolo con las caderas, frotando mi coño mojado contra su polla dura. El roce era tortura exquisita, mi clítoris hinchado rozando su piel, enviando chispas por todo mi cuerpo. Javier me miró con esos ojos que prometían pecados, sus manos en mis caderas guiándome, apretando la carne suave.
—Qué rico te sientes, Lupita. Eres mi reina del cañaveral.
Me bajé los calzones a un lado, posicionándome. Lentamente, lo guié dentro de mí. Ay, Diosito, qué llenura. Entró centímetro a centímetro, estirándome, su grosor abriéndome como una flor al sol. Gemí largo, sintiendo cada vena, cada pulso. Él empujó arriba, profundo, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Empezamos a movernos, un ritmo lento al principio, como olas del Golfo rompiendo en la playa. El sonido de nuestros cuerpos chocando, piel contra piel húmeda, se mezclaba con nuestros jadeos y el susurro de la caña.
El sudor nos unía, resbaloso, salado cuando lo lamí de su cuello. Olía a sexo, a feromonas crudas, a caña dulce aplastada bajo nosotros. Aceleramos, mis tetas rebotando con cada embestida, sus manos pellizcando mis pezones, tirando suave. ¡Más fuerte, Javier! ¡Dame todo! grité, perdida en la niebla del placer. Él obedeció, volteándome de lado, levantando mi pierna para penetrarme más hondo. Sentía su verga golpeando adentro, masajeando mis paredes, el roce perfecto que me llevaba al borde.
Este es nuestro cañaveral de pasiones, cap 11, donde el fuego nos consume sin piedad, pensé en un arrebato, mientras mis uñas se clavaban en su culo musculoso, urgiéndolo.
La tensión crecía como tormenta veracruzana, nubes negras de deseo acumulándose. Mis músculos se contraían alrededor de él, ordeñándolo, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo. Él gruñía como animal, sus embestidas salvajes ahora, el suelo temblando bajo nosotros. Olía a tierra removida, a nuestro jugo mezclado, viscoso y caliente. El clímax me golpeó primero, una ola gigante que me arqueó la espalda, haciendo que chillara su nombre. ¡Javier! ¡Me vengo! Mi coño se apretó en espasmos, chorros de placer saliendo, empapándolo todo.
Él no tardó; con un rugido gutural, se hundió hasta el fondo y explotó, su leche caliente llenándome, pulso tras pulso. Sentí cada chorro, espeso, marcándome por dentro. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en el suelo cálido. El cañaveral nos mecía con su brisa, las hojas susurrando aprobación.
Después, yacimos ahí, piel contra piel pegajosa, el corazón latiendo al unísono. Javier me besó la frente, suave, tierno. —Eres lo mejor que me ha pasado en este pinche cañaveral, dijo, su voz aún ronca.
Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo, sintiendo el subir y bajar tranquilo. El sol se ponía, tiñendo las cañas de oro rojizo, y el aire se enfriaba, pero nosotros ardíamos aún. Cap 11 terminado, pensé, pero hay más capítulos por venir en nuestro cañaveral de pasiones. Me acurruqué contra él, inhalando su olor mezclado con el mío, saboreando la paz dulce del afterglow. Mañana volveríamos al corte, pero esto... esto era nuestro, eterno como la caña que nos rodeaba.