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Pasión Ardiente de los Actores de la Película Diario de una Pasión

6272 palabras

Pasión Ardiente de los Actores de la Película Diario de una Pasión

La noche en mi depa de la Condesa estaba chida, con el aire fresco de la ciudad colándose por la ventana entreabierta. Diego y yo nos habíamos acomodado en el sillón de piel, con una chela fría en la mano y Netflix encendido. Habíamos elegido Diario de una Pasión porque siempre nos ponía de humor. Órale, esos actores de la película Diario de una Pasión eran puro fuego: él, con esa mirada de lobo que te deshace, y ella, con curvas que gritaban pecado.

"Wey, mira cómo Noah la besa en la lluvia", le dije a Diego, sintiendo un cosquilleo en el estómago mientras la pantalla se llenaba de agua y pasión. Su mano ya descansaba en mi muslo, subiendo despacito por debajo de mi short de algodón. El olor a tierra mojada de la película se mezclaba con el aroma de su colonia, ese que siempre me erizaba la piel.

¿Por qué carajos me excita tanto ver a esos actores de la película Diario de una Pasión? Es como si su deseo se colara en mi sangre.

Diego se rio bajito, su aliento cálido contra mi oreja. "Neta, Rachel está riquísima, pero tú eres mejor, mija". Me volteó la cara y me plantó un beso que sabía a cerveza y promesas. Sus labios eran suaves al principio, pero pronto se volvieron hambrientos, chupando mi lengua como si quisiera devorarme. Mi corazón latía a todo lo que daba, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera.

La película seguía, con la pareja gritando declaraciones de amor bajo el diluvio. Diego apagó la tele de un jalón. "Al diablo con ellos, yo quiero mi propia escena". Me levantó en brazos como si no pesara nada, y yo reí, enredando mis piernas en su cintura. Su erección presionaba contra mí a través de los pantalones, dura y caliente. Lo guie al cuarto, donde la cama king nos esperaba con sábanas revueltas del día anterior.

Acto uno de nuestra noche: el juego previo. Me tiró suave sobre el colchón, y se quitó la playera, dejando ver ese torso moreno y marcado por horas en el gym. El olor de su sudor fresco me invadió, mezclado con el mío propio, ese almizcle de excitación que huele a sexo inminente. Sus manos expertas me despojaron del short y la blusa, quedándome en tanga de encaje negro. "Estás mojadísima, corida", murmuró, rozando mis labios vaginales con los dedos. Gemí, arqueando la espalda. El roce era eléctrico, como chispas en mi piel sensible.

Me besó el cuello, mordisqueando justo donde me vuelve loca. Cada lamida enviaba ondas de placer hasta mi clítoris hinchado. "Chíngame con la boca primero", le pedí, voz ronca. Se bajó, abriendo mis piernas con reverencia. Su lengua plana lamió desde el ano hasta el botón, saboreando mi flujo. Sabía salado y dulce, como miel prohibida. Los sonidos eran obscenos: chupeteos húmedos, mis jadeos ahogados, el crujir de las sábanas bajo mis uñas.

Esos actores de la película Diario de una Pasión no tienen nada que envidiarle a esto. Diego me come como si fuera su última cena.

El calor subía, mis pezones duros rozando el aire. Lo jalé del pelo, guiándolo más profundo. Mi primer orgasmo llegó como avalancha: piernas temblando, visión borrosa, un grito que salió de lo más hondo. "¡Pinche sí!". Él sonrió con la boca brillante de mis jugos, subiendo para besarme y hacerme probarme a mí misma.

Ahora el medio tiempo, donde la tensión se cocina a fuego lento. Diego se quitó los pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, con la cabeza roja y goteando precum. La tomé en la mano, sintiendo su pulso acelerado, caliente como hierro forjado. "Qué vergón tan chingón tienes, wey", le dije, lamiendo la punta. Salado, un poco amargo, perfecto. Lo chupé despacio, metiéndolo hasta la garganta, mientras él gemía y me acariciaba el pelo. Sus bolas pesadas rozaban mi barbilla, oliendo a hombre puro.

Pero no lo dejé acabar. Lo empujé de espaldas y me subí encima, frotando mi concha empapada contra su polla. El glande separaba mis labios, lubricándonos mutuamente. "Quiero montarte como Allie a Noah", susurré, recordando la película. Él agarró mis caderas, guiándome. Despacio, me hundí en él. Centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placer inicial dio paso a plenitud total. "¡Carajo, qué apretadita estás!".

Cabalgaba con ritmo, tetas rebotando, sudor perlando mi piel. El slap-slap de carne contra carne llenaba el cuarto, junto con nuestros alaridos. Olía a sexo crudo: fluidos mezclados, sudor, la vela de vainilla que había encendido antes. Sus manos amasaban mi culo, un dedo rozando mi ano, prometiendo más. Cambiamos: él encima, misionero feroz, embistiéndome profundo. Cada estocada tocaba mi punto G, haciendo estrellas explotar detrás de mis ojos cerrados.

Neta, esto es mejor que cualquier escena de esos actores de la película Diario de una Pasión. Mi Diego me hace volar.

La intensidad crecía. Me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas como riendas. Entró de nuevo, más duro, sus bolas golpeando mi clítoris. "¡Más, pendejo, rómpeme!", grité, perdida en el éxtasis. Él gruñía como animal, sudando sobre mi espalda. El clímax nos alcanzó juntos: yo convulsionando, ordeñándolo con mis paredes vaginales, él derramándose dentro, chorros calientes que me llenaban hasta rebosar. Gritos mudos, temblores compartidos, el mundo reduciéndose a ese unión palpitante.

El final, el afterglow que sella todo. Colapsamos en un enredo de miembros laxos, respiraciones entrecortadas. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso en mis muslos. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada. "Eres mi Noah mexicano", le dije riendo bajito. Él me besó la frente. "Mija, y tú mi Allie eterna".

Mientras el sueño nos vencía, pensé en la película apagada. Esos actores de la película Diario de una Pasión habían encendido la chispa, pero nosotros la habíamos convertido en incendio. Mañana, otra noche, otra escena. Porque el amor, el de verdad, no acaba en créditos.

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