Duracion de la Pasion de Cristo
La noche en el bar de Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel brille bajo las luces neón. Yo, Ana, acababa de salir de un trago largo en el antro, con el corazón latiéndome fuerte por el ritmo de la música cumbia rebajada que retumbaba en mis oídos. Ahí lo vi: Cristo, un moreno alto, con ojos cafés profundos como pozos de chocolate derretido y una sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Se llamaba así de verdad, neta, porque su carnal le había puesto Jesús, pero todos lo chingaban con Cristo. Me miró desde la barra, y sentí un cosquilleo en la nuca, como si su mirada me acariciara la espalda baja.
¿Qué wey tan guapo?, pensé. Neta que sí quiero que me invite un trago.
Se acercó con paso seguro, oliendo a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma macho que me pone la piel de gallina. "Órale, morra, ¿qué onda? ¿Te late un shot de tequila?" Su voz grave vibró en mi pecho, y asentí, mordiéndome el labio. Hablamos de pendejadas: del pinche tráfico de la Reforma, de cómo el calor de la CDMX nos tenía sudando como marranos. Pero entre risas, soltó: "Sabes, mi pasión dura más que la de Cristo en la cruz, duracion de la pasion de cristo no es nada comparada con lo que yo aguanto." Reí, pensando que era un pendejo fanfarrón, pero sus ojos decían verdad. La tensión creció con cada sorbo, sus dedos rozando mi mano al pasarme el vaso, enviando chispas hasta mi entrepierna.
Media hora después, salimos al coche, su camioneta pickup reluciente estacionada afuera. El beso en el asiento del copiloto fue fuego puro: sus labios gruesos sabían a tequila y sal, su lengua invadiendo mi boca con hambre controlada. Sentí su mano en mi muslo, subiendo despacio por la falda corta, el roce áspero de sus callos contra mi piel suave. Chin, qué rico se siente esto, me dije, mientras mi chucha empezaba a humedecerse, palpitando con anticipación. "Vamos a mi depa, Ana, te voy a mostrar lo que es pasión de verdad", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Asentí, jadeando ya, el olor a cuero del asiento mezclándose con mi aroma de excitación.
Acto primero cerrado: llegamos a su penthouse en Lomas, luces tenues y una cama king size esperando. Me quitó el vestido con manos expertas, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco del AC. Sus ojos se clavaron en mí, devorándome. "Eres una chula, pendeja preciosa", dijo juguetón, y yo reí, tirando de su playera para lamer su pecho moreno, salado y musculoso. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la habitación, como olas rompiendo en la playa de Acapulco.
En el medio, la cosa escaló chido. Nos besamos de pie, cuerpos pegados, su verga dura presionando mi vientre a través del pantalón. La bajé de un jalón, admirando esa polla gruesa, venosa, lista para mí.
¡No mames, qué mamalona! Va a doler rico.Me arrodillé, el piso frío contra mis rodillas, y la chupé despacio al principio, saboreando el precum salado, el olor almizclado de su entrepierna invadiendo mis fosas nasales. Él gemía bajo, "¡Sí, morra, así, trágatela toda!", sus manos enredadas en mi pelo, guiándome sin forzar. La succionaba con hambre, lengua girando en la cabeza sensible, hasta que me levantó y me tiró en la cama.
Se comió mi panocha como experto: lengua plana lamiendo el clítoris hinchado, dedos curvados dentro frotando ese punto que me hace ver estrellas. Sentí el calor de su aliento en mis labios mayores, jugos chorreando por mis muslos, el slap húmedo de su boca devorándome. "¡Ay, Cristo, no pares, wey!", grité, arqueando la espalda, uñas clavadas en sus hombros. Mi mente era un torbellino: Esto es mejor que cualquier pinche fantasía, su pasión no acaba nunca. Él aguantaba, ignorando mi primer orgasmo que me sacudió como terremoto, chorros calientes salpicando su barbilla. Me volteó boca abajo, nalgueándome suave, el ardor delicioso expandiéndose.
Entró en mí de perrito, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón ardiente, placentero, me arrancó un alarido. "¡Chíngame duro, cabrón!", supliqué, y él obedeció, embistiendo con ritmo salvaje. Piel contra piel slap-slap-slap, sudor goteando de su pecho a mi espalda, mezclándose en riachuelos salados. Olía a sexo puro, a deseo crudo mexicano. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como jinete en rodeo, tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones duros. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes internas, pulsando. La duracion de la pasion de cristo palidece ante esto, neta que este wey es una máquina, pensé entre jadeos, mientras él gruñía "¡Qué rica chochita, apriétame!".
La intensidad subió: misionero, piernas en sus hombros, penetrando profundo, golpeando mi cervix con precisión. Mis uñas arañaban su espalda, dejando marcas rojas, su aliento caliente en mi oreja susurrando guarradas: "Te voy a llenar, morrita, aguanta". El clímax se acercaba, tensión en espiral, mis músculos contrayéndose alrededor de él. Grité su nombre, olas de placer rompiéndome, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Él siguió, prolongando mi éxtasis, hasta que rugió, corriéndose dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío.
Al final, colapsamos en la cama revuelta, sábanas empapadas de sudor y fluidos. Su peso sobre mí era reconfortante, corazón latiendo desbocado contra mi pecho. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, el olor a sexo persistiendo como perfume íntimo. "Neta, Cristo, esa fue la pasión más larga y chida de mi vida", murmuré, acariciando su pelo revuelto. Él sonrió, besando mi frente. "Te lo dije, morra, mi duracion de la pasion de cristo es legendaria". Reímos bajito, envueltos en afterglow, el amanecer filtrándose por las cortinas, prometiendo más noches así. En ese momento, supe que esto no era solo un polvo; era conexión profunda, pasión que perduraba más allá de la carne.