La Pasion de Cristo PDF Carnal
Estaba tirada en mi cama king size en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como loco arriba del techo y el sudor perlándome la piel morena. Era una noche de esas de abril en la CDMX, cuando el bochorno te hace sentir que el cuerpo pide a gritos algo fresco, algo caliente. Agarré mi laptop, la abrí y empecé a navegar sin rumbo fijo, buscando algo que me sacara del tedio. No sé cómo carajos llegué ahí, pero di con un link rarísimo: la pasion de cristo pdf. Pensé que era el clásico de la Semana Santa, pero la portada tenía una silueta de un hombre crucificado con curvas que no eran de sufrimiento, sino de puro éxtasis.
¿Y si lo bajo? Solo por curiosidad, güey, me dije a mí misma, mientras el cursor temblaba en mi mano sudada.
Lo descargué en segundos. El archivo se abrió y ¡no mames! No era la historia del Nazareno que mi abuelita me contaba de morrilla. Era una versión retorcida, carnal, donde la pasión no era de espinas y clavos, sino de piel contra piel, de gemidos ahogados en la oscuridad de un templo olvidado. Leí las primeras líneas: el Cristo no cargaba la cruz, sino el peso de un deseo prohibido, con una mujer que lo ungía no con óleo, sino con besos que sabían a vino y sal. Mi pulso se aceleró, el calor entre mis piernas empezó a crecer como un fuego lento. Olía a mi propio aroma, ese almizcle dulce que sale cuando el cuerpo se despierta. Cerré los ojos un segundo, imaginándome a mí en esa escena, mis tetas rozando un pecho duro, mis uñas clavándose en carne masculina.
Pero no estaba sola en la ciudad. Recordé a Diego, mi carnal de la uni, el que siempre andaba con esa sonrisa pícara y un cuerpo de gym que me ponía loca. Habíamos cogido un par de veces, puro desmadre consensual, sin compromisos, solo placer puro. Lo llamé sin pensarlo dos veces. "Órale, ven pa'cá, cabrón. Tengo algo que te va a volar la cabeza", le dije al teléfono, mi voz ronca ya de anticipación. Media hora después, tocó el timbre. Lo abrí en shortcito y tank top pegado por el sudor, mis pezones marcaditos bajo la tela fina.
—Qué onda, Sofi, ¿qué traes? —preguntó Diego, entrando con una chela en la mano, su playera ajustada marcando los abdominales que yo tanto quería lamer. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese olor de hombre que me eriza la piel.
Lo jalé al cuarto, le mostré la laptop. "Lee esto, es la pasion de cristo pdf que bajé. Pero no es lo que piensas". Se sentó a mi lado en la cama, su muslo rozando el mío, y empezó a leer en voz alta. Su voz grave narrando esas escenas: la flagelación como caricias rudo-eróticas, la corona de espinas como un collar de placer doloroso. Sentí su aliento caliente en mi cuello, su mano posándose casual en mi rodilla.
Chingado, esto me está prendiendo como mecha, pensé, mientras mis chichis se endurecían y un calor líquido me bajaba por el vientre.
La tensión creció despacio, como el trueno antes de la tormenta. Diego dejó de leer, me miró con ojos oscuros de deseo. "Esto está cabrón, Sofi. Me dan ganas de ser tu Cristo", murmuró, su mano subiendo por mi muslo, dedos ásperos rozando la piel suave. Yo no dije nada, solo me incliné y lo besé, duro, con lengua que sabía a chela y menta. Sus labios eran firmes, su barba raspándome la barbilla como una promesa de roce más abajo. Lo empujé contra el colchón, me subí encima, sintiendo su verga ya dura presionando contra mi concha a través de la tela.
Nos quitamos la ropa con urgencia, pero sin prisa loca. Primero su playera, revelando ese pecho velludo que olía a macho sudado. Lamí sus pezones, mordisqueando suave, oyendo sus gemidos bajos como rezos paganos. "Más, pinche loca", gruñó, sus manos amasándome las nalgas, apretando hasta que dolía rico. Yo me quité el short, quedando en tanguita empapada. Él la jaló a un lado, sus dedos explorando mi humedad, rozando el clítoris hinchado. "Estás chorreando, Sofi", dijo, y metió dos dedos adentro, curvándolos justo donde me vuelve loca. El sonido era obsceno, chapoteo húmedo mezclándose con mi jadeo y el zumbido del ventilador.
Pero no quería correrme todavía. Lo quería dentro.
Como en ese PDF, una pasión que quema el alma. Lo volteé, me puse de rodillas, agarré su verga gruesa, venosa, con una gota de pre-semen brillando en la punta. La chupé despacio, saboreando el salado salobre, mi lengua girando alrededor del glande mientras él me agarraba el pelo. "Qué rica mamada, güey", jadeó, sus caderas moviéndose leve. El olor de su sexo me llenaba la nariz, musgoso y adictivo. Luego me tumbó, separó mis piernas anchas, y se hincó entre ellas como un penitente devoto.
Entró despacio al principio, centímetro por centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena pulsando contra mis paredes, el calor de él llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón, qué grande!", grité, mis uñas clavándose en su espalda. Empezó a bombear, lento al inicio, cada embestida un latido compartido. El sudor nos unía, piel resbalosa chocando con palmadas húmedas. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en ebullición. Aceleró, sus bolas golpeándome el culo, mi clítoris rozando su pubis. Mis tetas rebotaban, él las chupaba, mordiendo los pezones hasta que dolió placer.
La intensidad subió como la procesión de Viernes Santo, pero en reversa: no sufrimiento, sino éxtasis. Cambiamos posiciones, yo encima cabalgándolo, mis caderas girando como en un baile de cumbia sucio. Sentía su verga golpeando mi punto G, el placer acumulándose en espiral. "Córrete conmigo, Diego, ¡chinga!", le rogué, mi voz quebrada. Él me jaló contra su pecho, nos volteó a misionero profundo, y bombardeó sin piedad. El cuarto se llenó de nuestros gritos: "¡Sí! ¡Más! ¡No pares, pendejo!". El clímax llegó como un rayo, mi concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, chorros de placer mojando las sábanas. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo mi nombre como un mantra.
Nos quedamos jadeando, enredados, el sudor enfriándose en la piel. Su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su pelo revuelto. Afuera, la ciudad zumbaba con cláxones lejanos y risas nocturnas.
La pasion de cristo pdf había sido el detonador, pero esto era real, nuestro. Diego levantó la vista, sonrió pillo. "¿Volvemos a leerlo mañana?". Reí bajito, besándolo suave. "Órale, pero esta vez tú eres el Cristo y yo la Magdalena". El afterglow nos envolvió como una sábana tibia, el cuerpo saciado pero ya soñando con la próxima pasión.