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Pasión de Gavilanes Capítulo 79 Deseos Prohibidos

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Pasión de Gavilanes Capítulo 79 Deseos Prohibidos

Rosa sentía el calor del atardecer mexicano filtrándose por las cortinas de encaje de la hacienda en las afueras de Guadalajara. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia vespertina, mezclado con el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. Estaba sola en la sala principal, con el televisor encendido, sintonizado en Pasión de Gavilanes capítulo 79, esa telenovela que la tenía atrapada con sus pasiones desbordadas y amores imposibles. Sus pechos subían y bajaban con agitación mientras veía a los hermanos Reyes conquistar a las hermanas Elizondo con esa intensidad que le erizaba la piel.

¿Por qué carajos me pongo así con esto? pensó, mordiéndose el labio inferior. Rosa era una mujer de treinta y cinco años, curvas generosas forjadas por el sol de Jalisco, dueña de su propio rancho de caballos después de enviudar joven. Pero desde que Pasión de Gavilanes capítulo 79 empezó a emitirse, sus noches se llenaban de fantasías ardientes. El roce de las sábanas contra su piel desnuda la hacía gemir bajito, imaginando manos rudes de vaquero explorándola.

De pronto, la puerta se abrió con un chirrido que rompió el silencio. Era Diego, su capataz y carnal secreto, un moreno de ojos negros como el carbón, músculos tensos bajo la camisa ajustada y jeans desgastados que marcaban su paquete de forma descarada. Llevaba el sombrero ladeado, oliendo a cuero fresco y sudor masculino después de domar potros todo el día.

Neta, jefa, ¿otra vez con esa novela? —dijo con esa voz grave que le vibraba en el pecho, cerrando la puerta tras de sí—. Te veo de aquí y ya me late el corazón como tamborazo en feria.

Rosa se sonrojó, pero no apartó la vista del televisor donde justo los amantes se besaban con furia. El deseo inicial la golpeó como un rayo: quería que Diego la tomara ahí mismo, sobre el sillón de piel de res. Se levantó despacio, su falda plisada rozando sus muslos suaves, y caminó hacia él con caderas ondulantes.

—Ven, carnal. Mira esto —susurró, tomándolo de la mano y jalándolo al sofá—. En Pasión de Gavilanes capítulo 79 se armó el desmadre. ¿No te dan ganas?

Diego sonrió pillo, esa sonrisa que prometía travesuras. Sus dedos callosos rozaron el brazo de Rosa, enviando chispas de electricidad por su espina. El toque era ligero al principio, exploratorio, como si midiera el terreno. Ella sintió el pulso acelerado en su cuello, el calor subiendo desde su vientre. El olor de su colonia barata mezclada con hombría pura la mareaba.

Se sentaron juntos, cuerpos pegados, muslos rozándose. En la pantalla, los gemidos ficticios llenaban la habitación, pero el verdadero fuego ardía entre ellos. Diego pasó un brazo por sus hombros, su mano bajando casualmente hasta rozar el nacimiento de sus senos. Rosa jadeó, el pezón endureciéndose bajo la blusa de algodón.

Estás cañona hoy, jefa —murmuró él al oído, su aliento cálido oliendo a mentas y cerveza clara—. Me traes loco con ese escote.

El beso empezó tímido, labios rozando labios, saboreando el salado de la piel. Pero la tensión acumulada explotó. Rosa abrió la boca, invitándolo, y Diego devoró su lengua con hambre de lobo. Sus manos grandes amasaron sus tetas por encima de la tela, pellizcando pezones que dolían de placer. Ella metió las uñas en su espalda, sintiendo los músculos duros como rocas bajo la camisa.

Se separaron jadeantes, mirándose con ojos nublados de lujuria.

Esto es mejor que cualquier capítulo de telenovela, neta
, pensó Rosa, mientras Diego le quitaba la blusa con urgencia, exponiendo sus pechos llenos al aire fresco de la sala. Él los besó, lamió, chupó con devoción, haciendo que ella arqueara la espalda y gimiera alto. El sonido de su boca succionando era obsceno, húmedo, mezclado con sus suspiros roncos.

La falda voló al piso, dejando a Rosa en tanga de encaje rojo. Diego se arrodilló, besando su ombligo, bajando hasta el monte de Venus. El olor de su excitación lo invadió, almizclado y dulce como miel de maguey. Con dientes, rasgó la prenda, exponiendo su coño depilado, labios hinchados brillando de jugos.

Qué rico te ves, mamacita —gruñó, separando sus piernas. Su lengua la invadió, lamiendo clítoris con maestría, chupando como si fuera el último néctar del mundo. Rosa gritó, caderas moviéndose solas, manos enredadas en su pelo negro. El placer subía en olas, el sonido chapoteante de su boca en su humedad la volvía loca. Pendejo delicioso, no pares, suplicaba en silencio.

Pero Diego quería más. Se puso de pie, quitándose la camisa para revelar torso esculpido por el trabajo duro, cicatrices de espuelas y vaquería que Rosa trazó con lengua ansiosa. Bajó los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, goteando precum. Ella la tomó en mano, sintiendo el calor palpitante, el grosor que apenas cabía en su puño. La masturbó despacio, saboreando la gota salada en la punta con labios entreabiertos.

Te la chupo hasta que ruegues, vaquero —dijo juguetona, metiéndosela hasta la garganta. Diego jadeó, manos en su cabeza guiándola, follándole la boca con embestidas controladas. El sabor era puro macho, salado y adictivo, sus bolas peludas rozando su barbilla. Gemidos guturales llenaban el aire, el televisor olvidado de fondo con diálogos apasionados que parecían eco de su propio desmadre.

La llevó al sillón, la recostó bocarriba. Entró en ella de un solo empujón, llenándola hasta el fondo. Rosa chilló de placer doloroso, paredes vaginales estirándose alrededor de su polla enorme. ¡Ay, cabrón, qué grande! El ritmo empezó lento, cada embestida profunda, piel contra piel chapoteando, sudor perlando sus cuerpos. Él mordía su cuello, ella arañaba su culo, urgiéndolo más rápido.

El conflicto interno de Rosa bullía: Somos jefes y empleado, pero esto es nuestro secreto ardiente. Cada roce avivaba la llama, el olor a sexo impregnando la sala, mezclado con el perfume de las flores. Diego la volteó a cuatro patas, admirando su culo redondo, nalgueándola suave hasta dejar marcas rojas. Volvió a penetrarla, esta vez golpeando su punto G sin piedad. Sus tetas rebotaban, pezones rozando el cuero áspero del sofá.

Más fuerte, Diego, rómpeme —suplicó ella, voz ronca. Él obedeció, follándola como animal en celo, bolas golpeando su clítoris. El clímax se acercaba, tensión enredándose como soga de charro. Rosa sintió el orgasmo explotar primero, coño contrayéndose en espasmos, chorros de squirt mojando sus muslos. Gritó su nombre, visión borrosa de estrellas.

Diego no tardó, gruñendo como toro, llenándola de leche caliente que desbordaba por sus piernas. Colapsaron juntos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas. El afterglow los envolvió en paz, piel pegajosa de sudor y fluidos, corazones latiendo al unísono.

Minutos después, aún unidos, Diego besó su sien.

Eres mi pasión de gavilanes, jefa —dijo tierno—. Capítulo 79 y contando.

Rosa rio bajito, trazando círculos en su pecho.

Esto no acaba aquí, carnal. Mañana capítulo 80
, pensó, sabiendo que su deseo era eterno como las novelas que los unían. El sol se ponía, tiñendo la habitación de rojo pasión, prometiendo más noches de fuego en su hacienda.

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