El Color de la Pasión Capítulo 86 Fuego en la Piel
El sol se hundía en el horizonte de Puerto Vallarta, pintando el mar de un rojo intenso que me recordaba el color de la pasión capítulo 86, esa escena donde los amantes por fin se entregan sin reservas. Yo, Ana, estaba recargada en la barandilla de la terraza de nuestra villa privada, con el viento salado rozando mi piel morena y erizándola como caricias preliminares. Llevaba un vestido ligero de algodón, ceñido a mis curvas, que se pegaba a mis pechos con cada brisa. Hacía semanas que no veía a Diego, mi carnal en este juego de deseos, y el anhelo me quemaba por dentro.
Lo oí llegar antes de verlo: el ronroneo grave de su camioneta Jeep, el crujido de las llantas sobre la grava fina. Mi pulso se aceleró, un tamborileo en las sienes que olía a anticipación. Salió del auto con esa chulería natural, camisa blanca desabotonada dejando ver su pecho tatuado con un águila mexicana, jeans ajustados que marcaban su paquete sin pudor. Órale, qué rico se ve el pendejo, pensé, mordiéndome el labio mientras el aroma de su colonia especiada, mezclada con sudor fresco del camino, ya flotaba en el aire.
¿Cuánto tiempo más voy a aguantar sin tocarlo? Su mirada me come viva, y yo solo quiero que me devore entera.
—Mamacita, murmuró con esa voz ronca que me pone la piel de gallina, acercándose con pasos lentos, como depredador. Me giró hacia él de un jalón suave, sus manos grandes en mi cintura, y me plantó un beso que sabía a tequila y sal marina. Nuestras lenguas bailaron perezosas al principio, explorando sabores olvidados: el dulzor de su boca, el picor leve de la barba incipiente raspando mis labios hinchados.
Acto primero de nuestra noche: la bienvenida. Lo llevé adentro, la villa iluminada por velas que parpadeaban sombras sensuales en las paredes de adobe blanco. Cenamos mariscos frescos que él mismo preparó —camarones al ajillo con limón y chile— , el vapor subiendo con olor a ajo tostado y mar. Hablábamos de todo y nada, pero el aire estaba cargado de electricidad. Sus pies rozaban los míos bajo la mesa de madera, un roce casual que mandaba chispas directo a mi entrepierna. Yo sentía mi panocha humedeciéndose, un calor líquido que empapaba mis bragas de encaje.
—Te extrañé, chula, dijo él, sus ojos cafés clavados en los míos, oscuros de deseo. —Cada noche soñaba con enterrarme en ti hasta el fondo.
Mi risa salió temblorosa, el corazón latiéndome en la garganta. Lo tomé de la mano y lo guié al sofá de piel suave, donde nos hundimos juntos. Sus dedos trazaban círculos en mi muslo desnudo, subiendo despacio, probando límites. Yo arqueaba la espalda, el vestido subiéndose solo, exponiendo la curva de mi nalga. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el romper lejano de las olas.
La tensión crecía como tormenta en el Pacífico. En el segundo acto, nos besábamos con hambre, mi lengua lamiendo el sudor salado de su cuello mientras él me quitaba el vestido de un tirón. Quedé en bra y tanga negra, pezones duros como piedras presionando la tela. Diego gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho.
¡Dios, qué ganas de montarlo ya! Pero no, hay que saborear esto, como buen mole que se cocina lento.
Me recostó en el sofá, su boca descendiendo por mi cuerpo. Besos húmedos en el valle entre mis senos, mordiscos juguetones que dolían rico. El olor de mi excitación subía, almizclado y dulce, mientras él lamía mi ombligo, bajando hasta el borde de la tanga. Sus manos amasaban mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave, separándolas para rozar mi ano con la yema del pulgar. Jadeé, el placer un rayo que me recorría la espina.
—¡Ay, cabrón! —gemí, arqueándome. Él rio bajito, quitándome la tanga con los dientes, el roce áspero enviando ondas de calor.
Ahora desnuda, expuesta bajo su mirada hambrienta, sentí el aire fresco lamiendo mi coño depilado, labios hinchados brillando de jugos. Diego se arrodilló, inhalando profundo mi esencia.
—Hueles a pecado, reina, dijo antes de hundir la cara entre mis muslos.
Su lengua era fuego: lamió mi clítoris en círculos lentos, chupando suave al principio, luego con succión que me hacía ver estrellas. El sonido obsceno de su boca devorándome —chapoteos húmedos, mis gemidos roncos— se mezclaba con el zumbido de mi sangre. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me deshace, bombeando rítmico mientras yo tiraba de su pelo, caderas empujando contra su rostro barbado. El sabor de mí en su aliento cuando subía a besarme me volvía loca.
Pero no lo dejé acabar ahí. Lo empujé al sofá, desabrochando sus jeans con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza roja goteando precum que lamí como miel. ¡Qué chingona está! Pensé, tragándomela hasta la garganta, el olor almizclado de su hombría llenándome las fosas nasales. Él jadeaba, manos en mi cabeza guiándome, follándome la boca con embestidas controladas. Saliva corría por mi barbilla, el slap-slap de piel contra piel un himno erótico.
La intensidad escalaba. Lo monté despacio, frotando mi raja húmeda por su longitud hasta que no aguanté más. Me hundí en él de un jalón, su verga estirándome deliciosamente, llenándome hasta el útero. Grité, el placer un estallido. Cabalgaba con furia, tetas rebotando, sudor perlando nuestras pieles que chocaban con palmadas húmedas. Diego me agarraba las caderas, clavando uñas, gruñendo mi nombre.
—¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo! —exigí, y él obedeció, volteándome a cuatro patas en el sofá.
Desde atrás, su cuerpo cubría el mío, pecho peludo contra mi espalda resbalosa. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. El olor a sexo impregnaba el aire —sudor, fluidos, pasión cruda. Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando pezones mientras me taladraba, ritmo frenético. Sentía su verga palpitar dentro, hinchándose, y mi orgasmo se acercaba como ola gigante.
Esto es el clímax, como en el color de la pasión capítulo 86, donde todo explota en éxtasis puro. No pares, amor, rómpeme en mil pedazos.
El tercer acto llegó en avalancha. Me volteó boca arriba, piernas sobre sus hombros, penetrándome vertical para golpear mi G directo. Nuestros ojos se clavaron, almas conectadas en ese vaivén salvaje. El sonido de nuestros cuerpos —piel chapoteando, gemidos fusionados— era sinfonía. Él aceleró, gruñendo:
—Me vengo, cariño, ¡ahora!
Yo exploté primero, coño contrayéndose en espasmos que ordeñaban su verga, jugos salpicando. Gritó mi nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes inundándome, prolongando mi placer. Colapsamos juntos, entrelazados, pulsos latiendo al unísono.
En el afterglow, yacíamos en la terraza bajo las estrellas, brisa nocturna secando nuestro sudor. Su cabeza en mi pecho, yo acariciando su cabello revuelto. El mar susurraba paz, el aroma de jazmines silvestres mezclándose con nuestro olor a sexo satisfecho.
—Eres mi pasión eterna, Ana, murmuró, besando mi piel aún sensible.
Sonreí, el corazón pleno. Esto no era solo un polvo; era conexión profunda, empoderamiento mutuo en cada caricia compartida. Mañana vendrían más capítulos de nuestra propia telenovela, pero esta noche, el color de la pasión capítulo 86 brillaba en nuestras venas, eterno e inolvidable.