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Dibujos de Pasión por Algo Irresistible

5823 palabras

Dibujos de Pasión por Algo Irresistible

Estaba en mi taller en la Roma, con el sol de la tarde colándose por las ventanas altas, pintando sombras en las paredes de ladrillo visto. El aire olía a café recién molido y a trementina, ese aroma que siempre me ponía en modo creativo. Yo, Marco, un pinche artista de treinta y tantos, con las manos manchadas de carbón y los ojos fijos en el lienzo. Pero ese día, todo cambió cuando ella entró.

Ana, mi vecina del piso de arriba, la morra que siempre saludaba con una sonrisa que me hacía latear el corazón como tamborazo. Alta, con curvas que gritaban vida, piel morena como el chocolate de Oaxaca y ojos negros que te chupaban el alma. Llevaba un vestido flojo de algodón, pero se le pegaba al cuerpo con el sudor del calor mexa. “Oye, Marco, neta que necesito posar para ti”, dijo con esa voz ronca, juguetona. “Quiero verte dibujar algo que me prenda”. Yo, pendejo, sentí un cosquilleo en la verga que no era de nervios.

La acomodé en el diván viejo, con telas revueltas y cojines suaves. Le pedí que se quitara el vestido, solo para capturar la luz, le dije, pero la neta era que quería devorarla con la mirada. Ella se rio, “¿Qué, carnal? ¿Ya te pusiste caliente?”, y se desvistió despacio, dejando caer la tela al piso con un susurro que me erizó la piel. Su cuerpo desnudo brillaba: pechos firmes con pezones oscuros endureciéndose al aire, caderas anchas invitando a manosearlas, y entre las piernas, un triángulo de vello negro que prometía miel.

Empecé a dibujar. Lápiz sobre papel, trazos suaves al principio. Dibujos de pasión por algo irresistible, pensé, mientras mi mano volaba capturando la curva de su muslo, el hueco de su ombligo. El sonido del lápiz rascando era hipnótico, como un latido. Olía su perfume mezclado con el de su piel caliente, un olor a jazmín y mujer lista. Ella me miraba fijo, mordiéndose el labio, y yo sentía el calor subiendo por mi cuello.

¿Por qué carajos me afecta tanto? Es solo un dibujo, pero cada línea es como tocarla. Quiero lamer esa gota de sudor que le resbala por el valle de los senos.

El primer acto terminaba ahí, con el deseo latiendo quieto, pero el segundo ya empezaba a arder. Pasaron minutos, horas quizás, y mis dibujos se volvieron más intensos. Le pedí que se tocara, “para la pose, ¿eh?”, y ella, pendeja traviesa, abrió las piernas un poco, pasando los dedos por su monte de Venus. “Así, ¿verdad, artista?” Su voz era un ronroneo, y vi cómo sus labios se humedecían, brillando. El aire se cargó de su aroma, ese olor almizclado de calentura que me ponía la verga como fierro.

Dejé el lápiz. No aguantaba más. Me acerqué, de rodillas frente a ella, y le besé el interior del muslo. Su piel sabía a sal y sol, tibia como tortilla recién salida del comal. “Marco, chinga, no pares”, jadeó, enredando sus dedos en mi pelo. Mi lengua subió despacio, rozando su clítoris hinchado, saboreando su jugo dulce y ácido. Ella gimió, un sonido gutural que retumbó en el taller, como eco de mariachi en fiesta. Sus caderas se movían contra mi boca, y yo lamía con hambre, chupando, metiendo la lengua adentro mientras mis manos amasaban sus nalgas firmes.

Pero quería más. La levanté, la puse contra la mesa de dibujo, papeles volando al suelo. Ella me quitó la camisa de un jalón, arañándome el pecho con uñas pintadas de rojo. “Te quiero dentro, cabrón”, me dijo, desabrochándome el pantalón. Mi verga saltó libre, dura, venosa, goteando pre-semen. La froté contra su entrada mojada, sintiendo el calor que me chamuscaba la punta. Entré despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado me tragaba como vorágine. “¡Ay, qué rico, más adentro!” gritó, y yo embestí, el chapoteo de piel contra piel llenando el cuarto, mezclado con nuestros jadeos.

El ritmo creció. La cogí de pie, luego en el diván, ella encima montándome como jinete en palenque. Sus tetas rebotaban, yo las chupaba, mordiendo pezones que se endurecían en mi boca. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo impregnando todo, salado en la piel, dulce en los besos. Sus paredes me ordeñaban, y yo sentía el orgasmo subiendo como volcán. “Ven conmigo, Marco, córrete adentro”, suplicó, clavándome las uñas en la espalda. Explotamos juntos, mi leche caliente llenándola mientras ella convulsionaba, gritando mi nombre en un eco que me dejó sordo.

Neta, esto no era solo un dibujo. Era pasión viva, por algo irresistible que nos unía más que el carbón y el papel.

El tercer acto llegó suave, en la afterglow. Nos quedamos tirados en el diván, cuerpos enredados, respiraciones calmándose como lluvia que para. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón que aún galopaba. Le acariciaba el pelo húmedo, oliendo a ella, a nosotros. “Fue chingón, ¿verdad?”, murmuró, trazando círculos en mi piel con el dedo. Yo asentí, besándole la frente. “Más que cualquier dibujo de pasión por algo. Esto fue real, mamacita”.

El sol se ponía, tiñendo el taller de naranja y rosa, como si el cielo aplaudiera. Recogimos los papeles del suelo, riéndonos de los trazos borrosos por el sudor. Uno lo enmarcamos ese mismo día: un dibujo de pasión por algo irresistible, su silueta borrosa pero ardiente. Sabíamos que no era el fin; era el principio de muchas sesiones así, de arte y carne mezclados en la Ciudad de México que nunca duerme.

Y mientras nos vestíamos, con promesas susurradas y besos perezosos, sentí que por fin había capturado algo eterno: el fuego que quema adentro, listo para arder de nuevo.

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