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La Amarga Pasion de Cristo Ana Catalina Emmerick

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La Amarga Pasion de Cristo Ana Catalina Emmerick

Ana Catalina se recargaba en el sillón viejo de la sala, con el aire cargado del olor a café de olla recién hecho y el incienso que todavía flotaba desde la capilla del barrio. Afuera, en las calles de Coyoacán, los chilangos gritaban sus ofertas de elotes y esquites, pero adentro de su casita colonial, todo era silencio roto solo por el volteo de las páginas. Tenía entre las manos La Amarga Pasión de Cristo de Ana Catalina Emmerick, un libro que su abuelita le había regalado antes de morir. Neta, qué cosa tan intensa: las visiones de esa monja alemana describían el sufrimiento de Jesús con un detalle que te ponía la piel chinita. Pero para Ana, de treinta y tantos, soltera empedernida y con un cuerpo que todavía volteaba cabezas en el mercado, esas páginas removían algo más profundo, algo caliente que le subía desde el vientre.

¿Por qué carajos me excita esto? se preguntaba mientras leía sobre las flagelaciones, el sudor mezclado con sangre, los gemidos de dolor que Ana Catalina Emmerick plasmaba con tanta crudeza. Su mano libre se deslizaba distraída por el escote de su blusa floja, rozando el pezón que se endurecía bajo la tela. Olía a su propio aroma, ese mezclado de jabón de lavanda y el leve sudor del calor mexicano. Se imaginaba a Cristo no como mártir intocable, sino como un hombre de carne y hueso, con músculos tensos bajo la piel bronceada, respirando agitado contra su cuello. ¡Ay, Diosito, perdóname! pensaba, pero no paraba. La tensión crecía, un cosquilleo entre las piernas que la hacía apretar los muslos.

Ahí fue cuando sonó el timbre. Era él, Marco, el vecino del 12, ese moreno alto con ojos cafés que parecía sacado de un sueño pecaminoso. Venía con una botella de mezcal de Oaxaca, pretextando que quería platicar de la procesión de Semana Santa que se venía. Ana lo dejó pasar, sintiendo ya el pulso acelerado, el olor a su colonia barata invadiendo el espacio. Se sentaron en la sala, cercanos en el sofá estrecho, y Marco empezó a hablar de las tradiciones, pero sus ojos se clavaban en el libro abierto sobre la mesa.

La Amarga Pasión de Cristo de Ana Catalina Emmerick, ¿eh? —dijo él con una sonrisa pícara—. Mi carnala es devota de eso. Pero neta, Ana, tú leyendo eso aquí solita... ¿no te da por pensar en otras pasiones?

Ana se sonrojó, pero el mezcal ya le calentaba la garganta, aflojándole la lengua. ¿Y si le digo? pensó. Le contó cómo las descripciones la ponían calenturienta, cómo imaginaba el cuerpo de Jesús retorciéndose no solo de dolor, sino de un deseo reprimido. Marco la miró fijo, su mano rozando la rodilla de ella accidentalmente. El aire se espesó con el olor a tierra mojada de la lluvia que empezaba a caer afuera, tamborileando en las tejas.

El primer acto de su propia pasión empezó lento, como la procesión del Silencio. Marco se acercó, su aliento cálido contra la oreja de Ana.

—Déjame mostrarte una pasión que no sea tan amarga —murmuró, y ella no lo detuvo. Sus labios se encontraron, suaves al principio, saboreando el mezcal y el dulzor de sus lenguas. Ana sintió el roce áspero de su barba incipiente en la mejilla, el calor de sus palmas grandes subiendo por sus muslos bajo la falda. Esto es pecado, pero qué chingón pecado, pensó mientras él le besaba el cuello, chupando la piel salada. Ella arqueó la espalda, oliendo su sudor fresco, ese aroma macho que le hacía agua la boca.

Se levantaron, tropezando un poco con la alfombra, riendo bajito como chavos traviesos. En el cuarto, la cama king size con sábanas de algodón egipcio crujió bajo su peso. Marco la desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: los hombros redondos, los pechos firmes con pezones oscuros como chocolate. Ana gemía bajito, "¡Órale, cabrón, no pares!", mientras sus dedos se enredaban en el pelo negro de él. Él bajó la cabeza, lamiendo su ombligo, bajando más, hasta llegar a la panocha húmeda que palpitaba por atención. El olor a excitación femenina llenó la habitación, almizclado y dulce, y Marco lo inhaló profundo antes de meter la lengua, saboreándola como si fuera el fruto prohibido del Edén.

Ana se retorcía, las imágenes del libro mezclándose en su mente: las espinas, pero ahora eran placeres punzantes; la corona, un collar de besos; la cruz, sus piernas abiertas en entrega total. La Amarga Pasión de Cristo de Ana Catalina Emmerick se convertía en su guía perversa, transformando el dolor en éxtasis. Marco la volteó boca abajo, sus manos amasando las nalgas redondas, y ella sintió la verga dura presionando contra ella, gruesa y venosa, lista. —Dame permiso, mi reina —pidió él, y ella asintió, empinándose como gata en celo.

El medio tiempo fue puro fuego lento. Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso haciendo que Ana gritara de placer. "¡Más adentro, pendejo, rómpeme!" exigía, y él obedecía, embistiendo con ritmo creciente. El sonido de carne contra carne resonaba, chapoteos húmedos mezclados con jadeos y el golpeteo de la lluvia furiosa afuera. Sudor resbalaba por sus espaldas, salado en la boca cuando ella lo besaba. Ana clavaba las uñas en las sábanas, sintiendo cada vena de esa verga chida frotando su interior, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. Él le mordía el hombro suave, dejando marcas rojas como estigmas de amor, y ella respondía apretándolo con los músculos internos, ordeñándolo.

Pero no todo era rose. En su cabeza, la culpa asomaba como sombra: ¿Qué diría mi abuelita? ¿Qué pensaría Jesús de esta cogida salvaje? Marco lo notó, aminoró el paso, volteándola para mirarla a los ojos. —Esto es nuestro, Ana, puro y consensual. Déjate llevar, neta que te ves hermosa así, abierta y jadeante. Sus palabras fueron bálsamo, y ella se rindió del todo, montándolo ahora ella, cabalgando con furia. Sus tetas rebotaban, él las atrapaba con manos callosas, pellizcando pezones. El olor a sexo impregnaba todo, espeso y adictivo, con toques de su perfume y el mezcal olvidado en la sala.

La tensión escalaba, pulsos latiendo en sincronía, respiraciones entrecortadas. Ana sentía el orgasmo construyéndose como una tormenta, olas de calor desde el clítoris hasta la nuca. Marco gruñía, "¡Me vengo, chula, agárrate!", y ella aceleró, frotándose contra él hasta que explotó primero: un grito gutural, el cuerpo convulsionando, chorros de placer mojando las sábanas. Él la siguió segundos después, llenándola con calor líquido, su verga palpitando dentro.

El final fue un afterglow tierno, cuerpos enredados bajo las sábanas revueltas, la lluvia amainando a un susurro. Ana apoyaba la cabeza en el pecho de Marco, escuchando su corazón galopante calmarse, oliendo el sexo secándose en su piel. La Amarga Pasión de Cristo yacía olvidado en la sala, pero sus ecos sensuales perduraban en ella. Ya no era amarga; era dulce redención, un secreto compartido que la empoderaba. —Gracias, wey —susurró ella, besándole el pecho—. Esto fue mejor que cualquier visión.

Marco sonrió, acariciándole el pelo. Afuera, el barrio volvía a la vida con ladridos de perros y risas de vecinos. Ana se sentía plena, mujer en todo su esplendor, lista para más pasiones no tan amargas. El libro de Ana Catalina Emmerick había despertado algo eterno: el deseo humano, crudo y divino a la vez.

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