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Pimpinela Pasiones

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Pimpinela Pasiones

Ana se miró en el espejo del baño, ajustándose el escote del vestido rojo que abrazaba sus curvas como una caricia prohibida. El aroma del perfume de jazmín flotaba en el aire, dulce y embriagador, mientras tarareaba bajito una canción de Pimpinela. "Hoy va a ser chido", pensó, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Hacía meses que Marco y ella jugaban a este juego de seducción lenta, pero esta noche, con la playlist de pimpinela pasiones lista en el Spotify, todo iba a explotar.

El timbre sonó como un latido acelerado. Abrió la puerta y ahí estaba él, con esa sonrisa pícara que la derretía. Alto, moreno, con ojos que prometían travesuras. "¡Wey, qué guapa estás!", dijo Marco, entrando con una botella de tequila reposado en la mano. El olor a su colonia, madera y cítricos, la envolvió de inmediato. Se besaron en la mejilla, pero sus labios rozaron un segundo de más, enviando chispas por su espina.

En la sala del departamento en Polanco, las luces tenues pintaban sombras suaves en las paredes blancas. Cenaron tacos de arrachera preparados por ella, jugosos y ahumados, con salsa verde que picaba justo en la medida. "Neta que cocinas como diosa", murmuró él, lamiéndose los labios. Ana rio, sintiendo el calor subirle por el cuello. La música empezó: Olvídame de Pimpinela, con esa voz rasposa de pasión contenida. "Baila conmigo", le pidió ella, extendiendo la mano.

Sus cuerpos se pegaron en el centro de la sala. La piel de Marco bajo la camisa era cálida, firme. Ana apoyó la cabeza en su pecho, oyendo el tum-tum de su corazón acelerado. El roce de sus caderas al ritmo de la balada la hacía jadear bajito.

"¿Por qué me pones así de caliente, pendejo?",
pensó, mientras sus manos bajaban por su espalda, apretando ese culo que tanto le gustaba.

La canción cambió a A Esa, y Marco la giró, presionándola contra la pared. Sus bocas se encontraron por fin, un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y limón. El vello de su barba raspaba delicioso contra su piel suave. "Te deseo tanto, Ana", gruñó él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible. Ella arqueó la espalda, gimiendo suave, el vestido subiéndose por sus muslos. El aire se cargó de ese olor almizclado, de excitación pura.

Acto de escalada. Se separaron un momento, jadeantes. "Vamos a la recámara", susurró ella, tomando su mano. El pasillo parecía eterno, cada paso un pulso de anticipación. En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio frescas, Marco la desvistió lento. El vestido cayó como una cascada roja, revelando lencería negra de encaje. "Eres una chingona", dijo él, admirándola. Sus dedos trazaron sus pechos, endureciendo los pezones al roce. Ana tembló, el tacto eléctrico bajando directo a su entrepierna húmeda.

Se tumbaron, piel contra piel. El calor de su erección presionaba su vientre, dura y pulsante. Ella la tomó en la mano, sintiendo las venas hinchadas, el terciopelo sobre acero. "Qué rica verga tienes, wey", murmuró, masturbándolo lento mientras él gemía ronco. Marco bajó la boca a sus senos, chupando un pezón con succiones que la hacían retorcerse. El sonido húmedo de su lengua, el slurp obsceno, llenaba la habitación. Olía a sudor limpio, a sexo inminente.

"No pares, cabrón, me estás volviendo loca",
pensó Ana, arqueando las caderas. Sus dedos exploraron su coño, resbaladizo de jugos. "Estás chorreando por mí", dijo él, metiendo dos dedos adentro, curvándolos contra ese punto que la hacía gritar. Ella cabalgó su mano, tetas rebotando, el placer subiendo en oleadas. Besos en el ombligo, lamidas en los muslos internos, hasta que su lengua llegó al clítoris. La succionó como caramelo, alternando con círculos rápidos. Ana se mordió el labio, uñas clavadas en su cabello, el mundo reduciéndose a esa boca mágica.

Pero quería más. Lo empujó sobre la cama, montándolo a horcajadas. La punta de su verga rozó su entrada, untándose de sus mieles. "Entra en mí, Marco, fóllame duro". Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla. Estirada, completa. Empezó a moverse, subiendo y bajando, el plaf plaf de carne contra carne resonando. Él agarró sus nalgas, guiándola, embistiendo desde abajo. Sudor perlaba sus cuerpos, salado al lamerlo del pecho de él.

La tensión crecía, interna y externa. Ana sentía el orgasmo acechando, como una tormenta. Pimpinela pasiones, pensó, recordando la playlist que seguía sonando bajito en el fondo, Por Estas Calles ahora, testigo de su frenesí. Marco la volteó, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando su clítoris. "¡Sí, así, pendejo, dame todo!", gritó ella. Cada estocada era fuego, placer punzante. Sus manos en sus caderas, jalándola contra él, el ritmo salvaje.

El clímax la golpeó primero: un estallido desde el útero, ondas que la sacudían, coño contrayéndose alrededor de su verga. "¡Me vengo, wey!", aulló, lágrimas de placer en los ojos. Marco gruñó, embistiendo tres veces más antes de correrse dentro, chorros calientes pintándola por dentro. Colapsaron juntos, jadeos entrecortados, cuerpos pegajosos.

En el afterglow, se acurrucaron bajo las sábanas revueltas. El aroma a sexo impregnaba el aire, mezclado con jazmín residual. Marco besó su frente, suave. "Eres mi pimpinela de pasiones, Ana. Neta que contigo todo es fuego". Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.

"Y tú el mío, cabrón. Esto apenas empieza".

La música seguía, un eco suave de sus entregas. Afuera, las luces de Polanco parpadeaban indiferentes, pero adentro, el mundo era perfecto. Ana cerró los ojos, saboreando el regusto salado en sus labios, el latido compartido calmándose. Habían construido algo más que placer: una conexión que ardía eterna.

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