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Pasión de los Fuertes

6815 palabras

Pasión de los Fuertes

En las vastas llanuras de Jalisco, donde el sol besa la tierra con fuego eterno, Elena cabalgaba su yegua negra como si el viento mismo la impulsara. Era una mujer de carácter indomable, con curvas forjadas por el trabajo en el rancho familiar, piel morena curtida por el sol y ojos negros que ardían como brasas. A sus treinta años, dirigía el lugar con mano firme, pero en lo profundo de su pecho latía un hambre que ni las riendas ni el látigo podían domar.

Ese día, la hacienda bullía con la preparación de la fiesta patronal. Mariachis afinaban guitarras bajo los mezquites, el aroma del mole y el tequila flotaba en el aire cálido, y los peones reían con chistes subidos de tono. Javier, el capataz, destacaba entre todos. Alto, musculoso, con brazos como troncos de encino y una sonrisa que prometía tormentas, era el hombre que hacía que Elena sintiera un cosquilleo traicionero entre las piernas cada vez que lo veía alzar una bala de heno.

¿Por qué carajos me mira así?, se preguntaba Elena mientras lo observaba desde el porche, su blusa bordada pegándose a sus pechos por el sudor. Javier limpiaba su sombrero, los músculos de su espalda flexionándose bajo la camisa ajustada. Neta, era un chulo de campeonato, con esa piel bronceada y el olor a tierra y hombre que la volvía loca.

La noche cayó como un manto estrellado. La música de trompetas y violines llenaba el patio, y Elena bailaba con los invitados, su falda de china poblana girando al ritmo de los sones. Pero sus ojos buscaban a Javier. Él se acercó, oliendo a tequila y a sudor fresco, su mano grande envolviendo la de ella en un vals improvisado.

—Órale, patrona, ¿me concede este baile? —dijo con voz grave, su aliento cálido rozando su oreja.

—No soy tu patrona esta noche, Javier. Solo Elena —respondió ella, presionando su cadera contra la de él, sintiendo la dureza que crecía bajo sus pantalones.

El roce fue eléctrico. Sus cuerpos se movían al unísono, pechos contra pecho, el latido de sus corazones compitiendo con los tambores. Elena inhaló su aroma: cuero, humo de fogata y algo más primitivo, como la promesa de una noche sin frenos. Esta pasión de los fuertes nos va a consumir, pensó, mientras sus dedos se clavaban en su nuca.

La fiesta avanzaba, pero la tensión entre ellos era un río a punto de desbordarse. Javier la llevó a un rincón apartado, bajo la sombra de un sauce, donde el ruido se amortiguaba. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando como serpientes en celo. Elena saboreó el tequila en su boca, salado y dulce, mientras sus manos exploraban el bulto endurecido en su entrepierna.

—Neta, Elena, me tienes loco desde que llegué al rancho —gruñó él, mordisqueando su cuello, enviando chispas por su espina dorsal.

—Pues demuéstramelo, wey. Muéstrame esa fuerza tuya —lo retó ella, su voz ronca de deseo, deslizando la mano dentro de su camisa para acariciar el vello áspero de su pecho.

La llevaron adentro, a la recámara principal de Elena, donde la luz de las velas parpadeaba sobre la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio. Se desvistieron con urgencia, pero sin prisa vulgar. Javier admiró su cuerpo desnudo: senos plenos con pezones oscuros endurecidos, cintura estrecha fluyendo a caderas anchas y un monte de Venus recortado con precisión. Ella, a su vez, jadeó al ver su verga erguida, gruesa y venosa, palpitando con vida propia.

Se tumbaron, piel contra piel, el calor de sus cuerpos fundiéndose. Javier besó su clavícula, bajando por el valle de sus senos, lamiendo cada curva con devoción. Elena arqueó la espalda, gimiendo cuando su lengua rodeó un pezón, succionándolo con fuerza suave. El sonido de sus labios chupando era obsceno, húmedo, y el olor de su excitación —musgo y almizcle— impregnaba el aire.

—Sí, así, cabrón... no pares —susurró ella, enredando los dedos en su cabello negro revuelto.

Él obedeció, descendiendo más, besando su vientre tembloroso, hasta llegar a su concha empapada. Elena abrió las piernas, exponiéndose sin pudor, y Javier inhaló su esencia: salada, dulce, adictiva. Su lengua la abrió como una flor, lamiendo el clítoris hinchado con movimientos circulares. Ella gritó, las caderas buckeando contra su boca, el placer acumulándose como una tormenta en su vientre.

Pero Elena no era de las que se quedaban atrás. Lo empujó sobre la cama, montándolo como a un toro salvaje. Tomó su verga en la mano, sintiendo su calor y grosor, y la guió a su entrada. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirla estirarla, llenarla por completo. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras comenzaba a cabalgar, sus nalgas chocando contra sus muslos con palmadas rítmicas.

Javier gruñó, sus manos fuertes amasando sus tetas, pellizcando pezones. El sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre ellos, lubricando cada embestida. El cuarto olía a sexo crudo: fluidos mezclados, piel caliente, la fragancia de sus feromonas chocando. Elena aceleró, su concha contrayéndose alrededor de él, el roce de su pubis contra el de ella enviando ondas de éxtasis.

—Más fuerte, Javier... dame tu pasión de los fuertes —jadeó ella, clavando las uñas en su pecho.

Él la volteó sin esfuerzo, poniéndola a cuatro patas, y la penetró desde atrás con un golpe profundo. Elena chilló de placer, el ángulo golpeando su punto G con precisión brutal. Sus bolas chocaban contra su clítoris, el sonido húmedo y obsceno resonando. Javier la follaba como un animal, pero con reverencia, una mano en su cadera, la otra frotando su botón de placer.

La tensión crecía, espirales de fuego en sus entrañas. Elena sentía el orgasmo aproximándose, un tsunami inminente. —¡Me vengo, pendejo... vete conmigo! —gritó.

Javier aceleró, su verga hinchándose, y con un rugido gutural se derramó dentro de ella, chorros calientes inundándola mientras su concha lo ordeñaba en espasmos violentos. Ondas de placer la sacudieron, visión borrosa, músculos temblando, un grito primal escapando de su garganta.

Colapsaron juntos, exhaustos, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y semen. Javier la besó con ternura, su lengua lamiendo el sudor de su sien. Elena suspiró, el afterglow envolviéndola como una manta tibia, su corazón latiendo en sintonía con el de él.

—Esto no fue solo un polvo, Elena. Es algo más —murmuró él, trazando círculos en su espalda.

—Lo sé, carnal. La pasión de los fuertes no se apaga fácil —respondió ella, sonriendo contra su pecho, sabiendo que amanecerían juntos, listos para domar el mundo... y sus deseos.

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