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Pasion Es Un Valor Que Arde

7202 palabras

Pasion Es Un Valor Que Arde

La noche en Polanco estaba viva con el bullicio de la ciudad que nunca duerme. Las luces de los restaurantes brillaban como estrellas caídas, y el aroma a tacos al pastor se mezclaba con el perfume caro de las parejas que paseaban por las calles empedradas. Tú, con tu vestido rojo ceñido que abrazaba tus curvas como un amante posesivo, entraste al bar con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Habías venido por recomendación de una amiga, pero en el fondo sabías que era por él. Javier, ese moreno alto con ojos que prometían pecados deliciosos.

Lo viste de inmediato, recargado en la barra, con una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que te hacía sentir como si el mundo se detuviera. "¡Órale, qué sorpresa tan chida!", dijo al verte, su voz grave resonando en tu pecho como un tambor. Te acercaste, el roce de tu cadera contra la suya al saludar con un beso en la mejilla que duró un segundo de más. Su colonia, un olor a madera y especias, te invadió las fosas nasales, despertando recuerdos de noches pasadas en su cama, sudados y enredados.

¿Por qué carajos vine? Piensas. Porque la pasión es un valor que no se deja ir, te respondes a ti misma. Hace meses que terminaron, pero esa chispa nunca se apagó.

Charlaron de todo y nada: del pinche tráfico de la CDMX, de esa serie nueva en Netflix que los tenía enganchados, de cómo la vida seguía su curso loco. Pero bajo las palabras, la tensión crecía. Sus ojos bajaban a tus labios cada vez que reías, y tú sentías el calor subir por tus muslos cada vez que él se inclinaba para escucharte mejor. "Estás más guapa que nunca, wey", murmuró, su aliento cálido rozando tu oreja. "Tú tampoco estás tan pendejo", respondiste juguetona, mordiéndote el labio.

La primera copa de tequila se convirtió en la segunda, y el bar pareció encogerse hasta que solo estaban ustedes dos. Sus dedos rozaron los tuyos al pasarte el limón, un toque eléctrico que te erizó la piel. "Vamos a otro lado", propuso él, y tú asentiste sin pensarlo dos veces. Salieron a la noche húmeda, el viento juguetón levantando tu falda lo justo para que él viera el encaje negro de tus panties. Tomaron un taxi hasta su depa en Lomas, el trayecto lleno de miradas cargadas y roces disimulados en el asiento trasero.

Al entrar, el lugar olía a él: café recién hecho y algo masculino, como cuero nuevo. Cerró la puerta y te acorraló contra la pared del pasillo, sus manos grandes en tu cintura. "Te extrañé, ¿sabes?", gruñó antes de besarte. Sus labios eran firmes, urgentes, saboreando a tequila y deseo puro. Tú respondiste con hambre, enredando tus dedos en su cabello oscuro, tirando suave para que gimiera en tu boca. El beso se profundizó, lenguas danzando en un ritmo frenético, el sonido húmedo de sus bocas chocando como música prohibida.

Esto es lo que necesitaba. Su sabor, su fuerza. La pasión es un valor que me hace sentir viva, joder.

Te cargó sin esfuerzo hasta la recámara, tus piernas envolviéndolo mientras reían como chavos traviesos. La cama king size los recibió con sábanas de algodón egipcio frescas contra tu espalda ardiente. Se separó un momento para mirarte, desabrochando tu vestido con dedos temblorosos de anticipación. "Eres una diosa", susurró, bajando la tela para exponer tus senos plenos, pezones ya duros como piedritas. Los lamió despacio, su lengua caliente trazando círculos que te hicieron arquear la espalda, un gemido escapando de tu garganta. "¡Ay, cabrón, qué rico!", jadeaste, el placer subiendo como oleadas desde tu vientre.

Él se quitó la camisa, revelando ese pecho moreno y marcado por horas en el gym, vello oscuro bajando hasta su abdomen. Tus uñas rasguñaron su piel, sintiendo los músculos tensarse bajo tu toque. Bajaste la mano a su pantalón, palpando la verga dura que presionaba contra la tela. "Mira lo que me haces, mamacita", dijo con voz ronca, guiando tu mano para que la apretaras. Era gruesa, pulsante, y el calor que desprendía te mojó entre las piernas al instante.

Lo desvestiste completo, admirando su cuerpo desnudo a la luz tenue de la lámpara. Te arrodillaste, el piso alfombrado suave bajo tus rodillas, y lo tomaste en tu boca. Su sabor salado te llenó, el glande suave contra tu lengua mientras lo chupabas profundo, oyendo sus gruñidos guturales. "¡Joder, sí, así! Eres la mejor, pinche reina". Tus manos masajeaban sus bolas pesadas, el olor almizclado de su excitación envolviéndote como una droga. Él enredó los dedos en tu pelo, guiándote sin forzar, el ritmo perfecto entre sumisión y control.

Pero no querías que terminara tan pronto. Lo empujaste a la cama y te quitaste las panties, revelando tu panocha depilada y brillante de jugos. Te subiste a horcajadas, frotándote contra su verga dura, el roce resbaloso enviando chispas por tu clítoris. "Te quiero adentro, ahora", exigiste, y él obedeció, levantando las caderas para penetrarte de un solo empujón. ¡Dios! La plenitud te estiró deliciosamente, sus venas pulsando contra tus paredes internas. Empezaste a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizarse dentro y fuera, el sonido chapoteante de tu humedad mezclándose con vuestros jadeos.

Esto es puro fuego. Cada embestida me recuerda que la pasión es un valor eterno, uno que nos define.

La intensidad subió. Él te volteó boca abajo, poniéndote a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo tus rodillas. Sus manos amasaron tus nalgas redondas, abriéndolas para ver cómo tu concha lo devoraba. Entró de nuevo, profundo y fuerte, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación. "¡Chíngame más duro, pendejo!", gritaste, empujando hacia atrás para encontrarlo. Él aceleró, una mano bajando a frotar tu clítoris hinchado, el otro tirando de tu pelo para arquearte. El olor a sexo impregnaba el aire, sudor salado goteando de su frente a tu espalda, su calor mezclándose con el tuyo.

El orgasmo te golpeó como un tren. Tus paredes se contrajeron alrededor de su verga, milking him mientras gritabas su nombre, estrellas explotando detrás de tus párpados cerrados. "¡Me vengo, Javier! ¡Sííí!". Él no paró, prolongando tu placer con embestidas precisas hasta que rugió su propio clímax, llenándote con chorros calientes que se derramaban por tus muslos. Colapsaron juntos, cuerpos temblorosos enredados, el corazón de él latiendo contra tu pecho como un tambor de guerra.

Después, en la quietud, se quedaron así, piel pegajosa y respiraciones calmándose. Él te besó la frente, suave ahora, tierno. "Sabes, siempre creí que la pasión es un valor que hay que atesorar", murmuró, trazando círculos en tu vientre. Tú sonreíste, el afterglow envolviéndote como una manta cálida. "Y yo que la había olvidado contigo. Pero regresa, ¿verdad?".

Se durmieron abrazados, el amanecer filtrándose por las cortinas, prometiendo más noches como esa. La ciudad despertaba afuera, pero en esa cama, el mundo era solo pasión pura, un valor que ardía eterno en sus almas.

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