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Abismo de Pasión Sabrina

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Abismo de Pasión Sabrina

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con promesas. Yo, Sabrina, caminaba por las calles empedradas del barrio, con un vestido negro ajustado que se pegaba a mis curvas como una segunda piel. El aroma de jazmines flotaba desde los balcones, mezclado con el humo de los taquitos callejeros y el perfume caro de las morras que pasaban riendo. Mis tacones resonaban contra el pavimento, un clic-clac que aceleraba mi pulso. Hacía meses que no salía así, sola, buscando algo que me sacara de la rutina de mi chamba en la agencia de publicidad.

Entré al bar La Noche Eterna, un lugar chido con luces tenues y salsa en vivo que te hacía mover las caderas sin querer. Pedí un margarita con sal, el limón fresco explotando en mi lengua al primer sorbo. Ahí lo vi: alto, moreno, con ojos que brillaban como obsidiana bajo las luces neón. Se llamaba Diego, un vato de unos treinta, con camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar un pecho tatuado con un águila mexicana. Me miró desde la barra, y su sonrisa fue como un roce eléctrico en la nuca.

¿Qué carajos, Sabrina? ¿Vas a dejar que este desconocido te revuelva el mundo esta noche?

Sí, neta que sí. Me acerqué, fingiendo casualidad, y charlamos de todo: del pinche tráfico de la Reforma, de cómo la CDMX te chupa el alma pero te la devuelve multiplicada. Su voz era grave, ronca, como el trueno lejano antes de la lluvia. Tocó mi brazo al reírse de mi chiste sobre los hipsters de Condesa, y sentí su calor filtrándose por mi piel, un hormigueo que bajaba directo a mi entrepierna.

La música subió de volumen, un cumbia rebajada que nos envolvió. Bailamos pegados, su mano en mi cintura firme pero suave, guiándome. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese olor que te hace cerrar los ojos y imaginar más. Mi cuerpo respondía solo: pezones endureciéndose contra la tela del vestido, un calor húmedo creciendo entre mis muslos. Abismo de pasión, pensé, ese vacío que me jalaba hacia él, como si Sabrina —yo— fuera el centro de un torbellino que no podía resistir.

Acto Uno: El Encuentro se cerraba cuando me susurró al oído: "Ven conmigo, Sabrina. Vamos a mi depa, está cerca". Su aliento cálido en mi oreja me erizó la piel. Asentí, el deseo ya un nudo apretado en mi vientre. Salimos tomados de la mano, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego que nos consumía por dentro.

El elevador del edificio en Masaryk era un espacio íntimo, espejos por todos lados reflejando nuestras siluetas entrelazadas. Apenas se cerraron las puertas, sus labios encontraron los míos. Un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y sal. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, dedos ásperos rozando mi piel suave. Gemí bajito, presionándome contra su dureza que palpitaba a través del pantalón. ¡Qué rico, pendejo! Dale más fuerte, rugía mi mente mientras el ding del elevador nos separaba temporalmente.

En su depa, minimalista con vistas al skyline de la ciudad, la tensión explotó. Me quitó el vestido con urgencia, besando cada centímetro expuesto: cuello, hombros, senos. Sus labios chuparon mis pezones, duros como piedras, enviando descargas directas a mi clítoris. Yo arañé su espalda, oliendo su piel salada, saboreando el sudor en su clavícula. "Eres una diosa, Sabrina", murmuró, y esas palabras me empoderaron, me hicieron sentir invencible.

Lo empujé al sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su cinturón con dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta que lamí despacio. Sabía a hombre puro, salado y almizclado. La tomé en mi boca, succionando con ritmo, escuchando sus jadeos roncos: "¡Órale, carnala! Así, no pares". Mi concha chorreaba, empapando mis bragas de encaje, que me quité de un tirón.

Este es mi abismo de pasión, Sabrina comandando la noche, tomando lo que quiero sin pedir permiso.

Me monté en él, guiando su polla hacia mi entrada húmeda. Deslicé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. El roce era fuego puro, cada vena pulsando contra mis paredes internas. Empecé a moverme, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando, sudor goteando entre nos. Él agarró mis nalgas, amasándolas, metiendo un dedo juguetón en mi ano, lo que me hizo gritar de placer. "¡Más, Diego! ¡Fóllame como si no hubiera mañana!", exigí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con fuerza animal.

El Acto Dos: La Escalada fue un torbellino de sensaciones. Cambiamos posiciones: él de pie contra la ventana, yo de espaldas, mis manos en el vidrio frío viendo las luces de la ciudad borrosas por mi aliento empañado. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. El sonido era obsceno: plaf-plaf-plaf mezclado con mis gemidos y sus gruñidos. Olía a sexo crudo, a jugos mezclados, a nuestra pasión desatada. Mi mente era un remolino: Esto es lo que necesitaba, este abismo de pasión donde Sabrina se pierde y se encuentra.

Me volteó, levantó una pierna sobre su hombro, penetrándome lento al principio, luego acelerando. Sentía cada roce, su glande besando mi cervix, mi clítoris hinchado frotándose contra su pubis. "Ven conmigo, preciosa", jadeó, y el orgasmo me golpeó como un tsunami. Ondas de placer desde el útero, músculos contrayéndose alrededor de su verga, chorros de mi esencia mojando sus muslos. Él se corrió segundos después, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar, gimiendo mi nombre: "¡Sabrinaaa!".

Colapsamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra nuestra piel ardiente. El afterglow era puro éxtasis: pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas calmándose. Él me acunó, besando mi frente, mientras yo trazaba sus tatuajes con dedos temblorosos. El aroma de nuestros fluides flotaba en el aire, mezclado con el perfume residual de mi jazmín.

"Eres increíble, Sabrina. Ese abismo de pasión que tienes... me arrastró por completo", susurró, y reí bajito, sintiéndome plena, empoderada. No era solo sexo; era conexión, un momento robado a la vida cotidiana que me recordaba mi fuego interior.

En este abismo de pasión, Sabrina, has renacido. Mañana será otro día, pero esta noche es eterna.

Nos quedamos así hasta el amanecer, con la ciudad despertando a nuestros pies, sabiendo que habíamos cruzado un umbral del que no hay regreso. El sol tiñó el cielo de rosa, y en ese instante, supe que volvería por más.

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