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Despierta El Espiritu de la Pasion

7302 palabras

Despierta El Espiritu de la Pasion

La noche en Oaxaca era un calorón que se pegaba a la piel como un amante impaciente. Yo, Ana, acababa de llegar de un día recorriendo el mercado, con el olor a mole y chocolate aún impregnado en mi ropa. El zócalo bullía de vida: mariachis tocando rancheras que te erizaban el alma, parejas bailando pegaditos bajo las luces de colores, y ese aire cargado de jazmín y tierra húmeda que te hacía sentir viva, neta.

Me senté en una banca de hierro forjado, con una chela fría en la mano, viendo pasar el desfile de gente. Ahí lo vi: alto, moreno, con ojos que brillaban como obsidiana bajo la luna. Llevaba una guayabera blanca que se le ajustaba al pecho musculoso, y una sonrisa pícara que decía "Órale, mami". Se acercó con paso seguro, como si supiera que el destino nos había cruzado en ese momento.

—¿Qué hace una chava tan guapa sola en esta fiesta? —me dijo, con voz grave que me vibró en el estómago.

Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en las yemas de los dedos. —Esperando que llegue alguien interesante, wey. ¿Tú quién eres?

Se llamaba Javier, un artesano de mitla que tallaba alebrijes con manos que parecían hechas para acariciar. Hablamos de todo: de la Guelaguetza que se avecinaba, de cómo el mezcal quema pero endulza el alma, de sueños que se escapan como humo de un comal. Su risa era ronca, contagiosa, y cada vez que se inclinaba, olía a sándalo y sudor fresco, un aroma que me hacía apretar las piernas sin querer.

El espíritu de la pasión empezó a removerse en mí, como un fuego lento en las entrañas. No era solo deseo carnal; era algo ancestral, como si los dioses zapotecas nos bendijeran con esa chispa.

La plática fluyó hasta que la chela se acabó y la noche se puso más espesa. Javier me tomó de la mano, su palma callosa contra mi piel suave, y me dijo: —Ven, te llevo a un lugar donde el aire sabe a estrellas.

Subimos a su troca vieja, con el radio sonando cumbia rebajada que nos mecía en el asiento. El camino serpenteaba hacia las colinas, pasando ruinas iluminadas por reflectores, donde el viento traía ecos de antiguos susurros. Mi corazón latía fuerte, tan tan tan, como un tambor huichol. ¿Y si era un loco? Pero no, sus ojos me decían la neta: quería conocerme, poseerme con respeto, hacerme volar.

Llegamos a su taller, una casita de adobe con techo de teja, rodeada de alebrijes multicolores que parecían guardianes de secretos. Adentro, velas de cera de abeja parpadeaban, lanzando sombras danzantes en las paredes. Olía a copal quemándose, a madera fresca y a algo más... a él.

¿Estoy loca por seguirlo así? Pero carajo, su toque me enciende como chile en nogada. Quiero sentirlo todo, sin miedos, sin vueltas.

Me sirvió un vaso de mezcal con sal y limón. Bebimos despacio, lamiendo la sal de nuestros dedos, chupando el limón hasta que el jugo nos corría por la barbilla. Nuestras miradas se clavaron, y sentí su aliento cálido en mi cuello cuando se acercó.

—Ana, desde que te vi, supe que eras fuego puro —murmuró, rozando mi brazo con los labios.

Mi cuerpo respondió solo: pezones endureciéndose bajo la blusa, un calor húmedo entre las piernas que me hacía restregarme sutilmente. Lo besé primero, órale, con hambre de loba. Sus labios eran firmes, sabían a mezcal y a promesas. Nuestras lenguas bailaron, explorando, mordisqueando, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría.

La tensión crecía como tormenta en el Pacífico. Lo empujé contra la mesa de trabajo, rodeada de figuras fantásticas que nos miraban. Le quité la guayabera, revelando un torso tatuado con jaguares y serpientes emplumadas, piel morena que brillaba con sudor. Mis uñas arañaron suave su pecho, oyendo su gemido ronco que me erizaba la piel.

Mamacita, me vas a volver loco —gruñó, levantándome en brazos como si no pesara nada.

Me llevó a la cama, un catre ancho cubierto de sarapes tejidos. Caímos juntos, riendo bajito, pero el juego se volvió serio. Sus manos expertas masajearon mis senos, pellizcando los pezones hasta que jadeé, arqueándome. Bajó besos por mi vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar al borde del pantalón. Lo desabroché yo misma, ansiosa, exponiendo mi sexo depilado que palpitaba por él.

El aire se llenó de nuestro olor: almizcle de excitación, sal de pieles calientes. Javier se arrodilló, besando mis muslos internos, inhalando profundo. —Hueles a paraíso, mi reina —dijo antes de hundir la lengua en mí.

Ay, Diosito, qué delicia. Su lengua giraba en círculos, chupando mi clítoris hinchado, metiendo dedos gruesos que curvaba justo ahí, en el punto que me hacía ver estrellas. Gemí fuerte, agarrando su cabello negro, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El placer subía en olas, tenso, apretado, hasta que exploté en un orgasmo que me dejó temblando, gritando su nombre mientras jugos calientes me corrían por las piernas.

El espíritu de la pasión nos envuelve, como un nahual que transforma la noche en éxtasis. No hay vuelta atrás.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo suave las nalgas. Sentí su verga dura presionando contra mí, gruesa, venosa, goteando precum que lubricaba todo. —¿Quieres que te coja, Ana? Dime —preguntó, voz ronca de deseo.

Sí, pendejo, cógeme ya —rogué, empinándome.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué chingón! Llenaba cada rincón, su pubis chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada vena, cada pulso. Yo empujaba hacia atrás, clavándome más, mis tetas rebotando contra el sarape áspero.

El ritmo aceleró: sudor goteando, pieles chocando con plaf plaf, respiraciones entrecortadas. Me giró de frente, piernas en sus hombros, penetrándome profundo mientras nos mirábamos a los ojos. Sus embestidas eran potentes, precisas, rozando mi G-spot una y otra vez. El clímax nos alcanzó juntos: yo convulsionando alrededor de su polla, ordeñándola, él gruñendo como animal mientras se vaciaba dentro, chorros calientes que me inundaban.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas revueltas. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazones latiendo al unísono. El copal aún humeaba, mezclándose con nuestro aroma post-sexo: semen, jugos, sudor satisfecho. Javier me besó la frente, suave, tierno.

—Eres increíble, Ana. Despertaste el espíritu de la pasión en mí como nadie.

Me acurruqué en su brazo, sintiendo la paz de la entrega total. Afuera, el gallo cantaba temprano, anunciando un nuevo día. No sabía si sería para siempre, pero esa noche nos había marcado. En Oaxaca, entre alebrijes y mezcal, encontramos lo que el alma pide: conexión pura, fuego que no se apaga.

Nos quedamos así hasta el amanecer, piel con piel, soñando despiertos con más noches así. Neta, valió cada segundo.

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