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Locura Pasional del Reparto

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Locura Pasional del Reparto

Ana llegó al foro de Televisa en Polanco con el corazón latiéndole a mil. El sol de la Ciudad de México pegaba fuerte esa mañana de junio, pero adentro del estudio todo era fresco, con ese olor a café recién hecho y maquillaje que tanto le gustaba. Era su primera telenovela grande: Pasión Eterna, una historia de amores prohibidos en un rancho luxoso de Jalisco. Ella sería la protagonista, la ranchera fogosa que enamora al galán. Y el galán era Javier, el vato que traía locas a medio México con sus ojos verdes y esa sonrisa de pendejo encantador.

En la mesa de lectura, cuando leyó su primera escena con él, sintió un cosquilleo en la panza. Javier la miró fijo, recitando sus líneas con esa voz ronca que parecía acariciar el aire. "Mi amor, tu fuego me quema por dentro", dijo él, y Ana juró que el estudio se achicó. Todos aplaudieron la química, pero ella solo pensaba en cómo sus manos grandes rozarían las suyas de verdad. Neta, este güey me va a volver loca, pensó, mientras el director chismeaba que el reparto ya andaba en chismes de romance.

Los días siguientes fueron puro rehearsal. Vestida con un huipil ajustado que realzaba sus curvas, Ana practicaba la escena del beso bajo la luna falsa. Javier la tomaba de la cintura, fuerte pero suave, y sus dedos se hundían en su piel morena. Olía a Creed, ese perfume caro que le recordaba noches de fiesta en Polanco. "Corta, corta", gritaba el director, pero Javier no la soltaba del todo. "¿Todo chido?", le susurró al oído, su aliento cálido oliendo a menta. Ella asintió, sintiendo el calor subirle por el cuello. ¿Qué pedo con esta tensión? Es nomás acting, se decía, pero su cuerpo no mentía: los pezones duros contra la tela, el pulso acelerado entre las piernas.

Una noche, después de un día eterno de tomas, el reparto se juntó en el hotel contiguo, un cinco estrellas con alberca infinita y vista al skyline. Todos andaban en modo relax: chelas frías, tacos de suadero traídos de la calle y música de Banda MS sonando bajito. Ana se sentó junto a Javier en una mesa aparte, riendo de sus chistes tontos. "Órale, morra, tú y yo en esta telenovela vamos a armar la locura pasional del reparto", dijo él, guiñándole el ojo. Ella se rio, pero el comentario le prendió la mecha. Locura pasional del reparto... neta que sí. Sus rodillas se rozaron bajo la mesa, y fue como electricidad. Hablaban de todo: de su infancia en Guadalajara, de cómo él había dejado el modelaje por actuar, de lo chido que era trabajar con ella.

La plática se puso profunda. Javier confesó que desde el primer día la veía diferente, no como a las demás actrices. "Tienes ese fuego, Ana, que me hace querer más que actuar". Ella sintió un nudo en la garganta, el deseo creciendo como ola.

¿Y si le digo que sí? ¿Y si esta noche exploto?
Lo miró a los ojos, esos pozos verdes, y murmuró: "Ven a mi cuarto, nomás para platicar del guion". Él sonrió, sabedor. Minutos después, en el elevador, ya se comían con la mirada. El ding del piso sonó como campana de iglesia.

Adentro de la suite, con las luces tenues y el aire acondicionado zumbando suave, Javier la acorraló contra la puerta. Sus labios chocaron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila reposado que habían probado abajo. Ana gimió bajito, sintiendo su erección dura contra su vientre. "Te deseo tanto, chava", gruñó él, manos bajando por su espalda, apretando sus nalgas firmes bajo el short de mezclilla. Ella tiró de su playera, oliendo su sudor limpio mezclado con colonia, piel caliente y salada al lamerle el cuello.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo. Javier le quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el valle entre sus senos, el ombligo. Ana jadeaba, el sonido de su respiración entrecortada llenando la habitación. Sus manos son fuego, me derriten. Él chupó un pezón, duro como piedra, mientras dedos expertos bajaban su short, rozando el encaje húmedo de sus calzones. "Estás empapada, mi reina", murmuró, voz ronca. Ella arqueó la espalda, guiando su mano. El roce en su clítoris fue relámpago: círculos lentos, presión perfecta. Olía a su excitación, almizcle dulce y femenino, mezclado con el cuero del cinturón que él se quitaba.

Ana lo volteó, queriendo tomar control. Le desabrochó los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en la boca, saboreando la gota salada de precum, lengua girando en la cabeza sensible. Javier gruñó como animal, manos enredadas en su pelo negro largo. "¡Qué rico, Ana! No pares, carnala". Ella succionaba con hambre, sintiendo su pulso en la garganta, el calor subiendo por sus mejillas. Pero quería más. Se subió encima, frotando su humedad contra él, torturándolo. "Métemela ya, pendejo", exigió juguetona, y él obedeció, embistiéndola de un golpe profundo.

El ritmo empezó lento, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose. Ana cabalgaba, senos rebotando, uñas clavándose en su pecho velludo. El sonido era obsceno: gemidos ahogados, cama golpeando la pared. Javier la volteó a cuatro patas, penetrándola desde atrás, una mano en su clítoris, la otra jalando su pelo. "Eres mía esta noche", jadeaba. Ella gritaba placer, paredes del coño apretándolo como guante. El olor a sexo llenaba el aire, espeso y adictivo. Tensiones acumuladas de semanas explotaban: cada embestida borraba el set, el director, el mundo. Esta es nuestra locura pasional del reparto, pura y chingona.

El clímax llegó como tsunami. Ana se corrió primero, cuerpo temblando, chorros calientes mojando las sábanas, grito gutural escapando. Javier la siguió, llenándola con chorros calientes, rugiendo su nombre. Colapsaron, enredados, corazones galopando al unísono. Sudor enfriándose en la piel, besos perezosos post-sexo, sabor a sal y pasión en los labios.

Despertaron al amanecer, con el skyline rosado filtrándose por las cortinas. Javier la abrazó por detrás, verga matutina rozando sus nalgas. "¿Repetimos antes del desayuno?", bromeó. Ana rio, volteándose para besarlo. "Simón, pero con cuidado, que el reparto no se entere todavía". Se amaron de nuevo, lento esta vez, explorando cada curva, cada suspiro. Después, en la ducha, jabón espumoso deslizándose por cuerpos marcados por la noche: chupetones leves, rasguños juguetones.

De vuelta en el set, la química era explosiva. Cada toma salía perfecta, pero solo ellos sabían el secreto. La locura pasional del reparto había nacido, un fuego que los consumía y elevaba. Ana caminaba con paso seguro, sintiéndose empoderada, deseada. Esto es lo que quería: pasión real, no solo ficción. Y mientras el director aplaudía otra escena, ella y Javier intercambiaban miradas cargadas de promesas. Lo que empezó como trabajo se convirtió en su propia telenovela, llena de deseo infinito.

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