Pasion Prohibida Capitulo 2 El Susurro del Deseo
El sol de la tarde en Ciudad de México se colaba por las cortinas de encaje de la casa en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín y a café recién molido. Ana se miró en el espejo del pasillo, ajustándose el escote de su blusa de seda negra. Neta, ¿qué estoy haciendo? pensó, mientras su corazón latía como tambor en una fiesta de pueblo. Su cuñado, Marco, acababa de llegar de Guadalajara para la cena familiar. Su esposo, Luis, estaba en la cocina riendo con su carnal, pero Ana sentía esa electricidad en el aire, esa pasion prohibida que los había acechado desde la última vez que se vieron.
En Pasion Prohibida Capitulo 2, como si fuera el título de una novela que devoraba a escondidas, todo se ponía más intenso. La primera vez había sido un roce accidental en la boda de un primo, un beso robado en el jardín que dejó su boca con sabor a tequila y peligro. Ahora, con Luis a unos metros, el deseo bullía como el mole en Día de Muertos.
¿Por qué me mira así? Sus ojos cafés, profundos como el volcán Popocatépetl, me queman la piel.
—Ana, ¿me pasas el guacamole, mi reina? —dijo Luis, ajeno a todo, con esa sonrisa pendeja que ya no la encendía.
Marco extendió la mano al mismo tiempo, sus dedos rozando los de ella. Un chispazo. El tacto áspero de su piel contra la suavidad de la suya. Olía a loción de sándalo y a carretera, a libertad. Ana tragó saliva, sintiendo el calor subirle por el cuello.
La cena transcurrió entre charlas de futbol y chismes de la familia. Pero bajo la mesa, el pie de Marco rozó su pantorrilla, subiendo despacio, como una caricia prohibida. Ella no se movió. Es una locura, pero neta lo quiero, se dijo, mientras el pulso le martilleaba las sienes.
Después de los postres, Luis se levantó para lavar los platos, insistiendo en que Marco y ella charlaran. —¡Vayan al balcón, wey! Hace fresco.
El balcón daba a las luces de la ciudad, al bullicio lejano de cláxones y mariachis callejeros. Marco se acercó, su cuerpo alto y fuerte invadiendo su espacio. —No aguanto más, Ana. Desde la última vez, te sueño todas las noches.
Ella giró, su pecho rozando el de él. —Es una estupidez, Marco. Somos familia.
—Familia de mentiras —murmuró él, su aliento caliente en su oreja, oliendo a mezcal—. Esto es real. Esta pasion prohibida que nos quema.
Sus labios se encontraron en un beso feroz, hambriento. Lenguas danzando, sabor a chocolate y sal. Las manos de él en su cintura, apretando, mientras ella se arqueaba contra su dureza. El viento nocturno jugaba con su cabello, trayendo olores de tacos al pastor de la esquina.
Se separaron jadeando cuando oyeron a Luis tarareando en la cocina. —Vámonos —susurró Marco—. Mi hotel está cerca.
Ana dudó un segundo, pero el fuego en su vientre la decidió. —Dame cinco minutos. Dile que salgo por cigarros.
En el taxi, las manos entrelazadas, el conductor ajeno a la tormenta que se avecinaba. Ella sentía el roce de sus dedos callosos, el calor de su muslo contra el suyo. Esto es Capítulo 2 de nuestra historia, pensó, excitada por el secreto.
El hotel era uno de esos chidos en Reforma, con lobby de mármol y elevador que olía a limpio y a promesas. Apenas cerraron la puerta de la suite, Marco la empujó contra la pared. Sus besos bajaron por su cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas como huellas de pasión. Ana gimió, el sonido ahogado por la moqueta gruesa.
¡Dios, qué rico! Su boca en mi piel, como fuego líquido.
Le quitó la blusa con urgencia, exponiendo sus senos al aire acondicionado fresco. Los pezones se endurecieron al instante, y él los lamió, succionó, con un hambre que la hizo arquearse. Olía a su perfume mezclado con sudor fresco, ese aroma macho que la volvía loca.
—Eres tan chingona, Ana —gruñó él, mientras sus manos bajaban su falda—. Tan mojada por mí.
Ella lo empujó a la cama king size, montándose a horcajadas. Le desabrochó la camisa, besando su pecho velludo, saboreando la sal de su piel. Sus abdominales duros bajo sus palmas, el latido acelerado de su corazón. Marco era puro músculo de trabajar en el rancho familiar, y eso la enloquecía.
Desnuda, su cuerpo brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. Él la miró como si fuera un tesoro. —Ven, mi amor prohibido.
Ana se recostó, abriendo las piernas. Marco se arrodilló entre ellas, su lengua explorando su centro húmedo. El placer la atravesó como un rayo, sus caderas moviéndose solas. ¡Ay, cabrón, qué lengua tan diabla! Gemidos escapaban, sonidos guturales que llenaban la habitación. Él lamía despacio, chupando su clítoris, metiendo dedos que la llenaban justo.
El olor a sexo impregnaba el aire, almizclado y dulce. Ella tiró de su cabello, guiándolo, perdida en olas de éxtasis. Cuando el orgasmo la golpeó, gritó su nombre, el cuerpo temblando, jugos empapando las sábanas de hilo egipcio.
Marco subió, su verga dura rozando su entrada. —Dime que sí, Ana. Dime que me quieres dentro.
—Sí, pendejo —jadeó ella, riendo entre dientes—. Fóllame ya.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El grosor la llenaba, tocando puntos que Luis nunca alcanzaba. Se movieron en ritmo, piel contra piel, sudor perlando sus cuerpos. El slap-slap de sus caderas, sus respiraciones entrecortadas, el crujir de la cama. Él la embestía profundo, ella clavando uñas en su espalda.
Es mío, este placer es nuestro, prohibido pero perfecto.
Cambiaron posiciones: ella de perrito, él agarrando sus caderas, penetrando con fuerza. El espejo del clóset reflejaba la escena obscena, sus senos balanceándose, su rostro de puro gozo. Marco metió un dedo en su ano, lubricado por sus fluidos, y el doble placer la llevó al borde otra vez.
—Me vengo, Ana... —gruñó él.
—Dentro, carnal. Lléname.
El clímax los sacudió juntos, él derramándose caliente dentro de ella, ella convulsionando alrededor de su polla. Gritos ahogados, mordidas en hombros, el olor a semen y orgasmo flotando.
Se derrumbaron, enredados en sábanas revueltas. Marco la besó suave, trazando círculos en su espalda. —Esto no termina aquí. Pasion Prohibida Capitulo 2 es solo el comienzo.
Ana sonrió, el corazón lleno. Neta, Luis nunca sabrá. Pero en ese afterglow, con su piel pegada a la de él, oliendo a ellos mismos, se sintió viva, empoderada. El deseo prohibido las uniría más, en secreto, en noches robadas bajo las estrellas mexicanas.
Se ducharon juntos, jabón resbalando por curvas y músculos, risas compartidas. Él la secó con ternura, besos perezosos. Al vestirse, prometieron discreción, pero sus ojos decían lo contrario: vendría un Capítulo 3.
Ana regresó a casa en taxi, el cuerpo aún zumbando. Luis dormía, roncando como oso. Ella se metió en cama, sonriendo en la oscuridad. La pasion prohibida ardía en su alma, un fuego que no se apagaría.