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Pasiones Desordenadas Biblia

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Pasiones Desordenadas Biblia

En la penumbra de mi recámara en el corazón de Guadalajara, el aire olía a jazmín fresco del jardín y a esa humedad sutil que se cuela por las ventanas entreabiertas. Yo, Marisol, de veintiocho años, con mi piel morena brillando bajo la luz de la vela, hojeaba el viejo libro familiar que mi abuela me había dejado. Se llamaba Pasiones Desordenadas Biblia, un tomo polvoriento con páginas amarillentas y anotaciones en los márgenes que hablaban de deseos prohibidos, de lujurias que la iglesia callaba pero que el cuerpo gritaba. No era la Biblia común; era una edición rara, con relatos reinterpretados que encendían la sangre como tequila puro.

Mi corazón latía fuerte mientras leía sobre Salomón y sus mil esposas, imaginando sus caricias aceitadas, el sudor perlando pieles ardientes.

"Neta, ¿por qué la fe nos niega esto?", pensé, sintiendo un calor subir desde mi vientre, mojando mis bragas de encaje. Hacía meses que no veía a Juan, mi amor secreto, ese pendejo alto y musculoso con ojos negros que me volvían loca. Trabajaba en la construcción, pero cuando nos veíamos, era puro fuego tapatío.

De repente, un golpecito en la ventana. Abrí las cortinas y ahí estaba él, con su sonrisa chueca y esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales. "Órale, Marisol, ábreme, que no aguanto más", susurró con voz ronca. Lo dejé entrar, y su olor a hombre, a jabón mezclado con tierra del día, me invadió como una ola. Nos abrazamos, y sentí su verga ya dura contra mi muslo. "Eres mi tentación, carnala", murmuró, besándome el cuello con labios calientes que sabían a chicle de canela.

Nos sentamos en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Le mostré el libro. "Mira esto, las pasiones desordenadas de la biblia que mi abue guardaba", le dije, pasando las páginas. Él rio bajito, su aliento cálido en mi oreja. "¿Quieres que seamos Adán y Eva, pero sin el maldito fruto que nos joda?" Sus dedos trazaron mi brazo, enviando escalofríos hasta mi clítoris palpitante.

El deseo crecía lento, como el hervor de un mole en olla de barro. Empecé a leerle en voz alta un pasaje sobre el Cantar de los Cantares: "Tu vientre es como montón de trigo cercado de lirios. Tus pechos como racimos de uva madura". Mi voz temblaba, y él me quitó la blusa despacio, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco. Las lamió con lengua experta, succionando los pezones hasta que gimí, un sonido gutural que rebotó en las paredes adornadas con sarapes coloridos.

"¡Ay, Juan, me estás volviendo loca, wey!", pensé, mientras sus manos bajaban a mi falda, desabrochándola con dedos ansiosos. El roce de su piel callosa contra la mía era eléctrico, como chispas de un cohete en fiesta patronal.
Me recosté, abriendo las piernas, y él inhaló profundo mi aroma almizclado de excitación. "Hueles a miel de maguey, rica", gruñó, bajando la cabeza. Su lengua exploró mi panocha depilada, lamiendo pliegues húmedos, chupando mi clítoris hinchado con maestría. Sentí sabores salados y dulces en su boca, mis jugos cubriendo su barbilla. Gemí alto, arqueando la espalda, el colchón crujiendo bajo nosotros.

Pero no era solo físico; en mi mente bullían las pasiones desordenadas biblia, esos versos que hablaban de cuerpos entrelazados como serpientes en el Edén. Juan se quitó la ropa, revelando su cuerpo esculpido por el sol jalisciense, su verga gruesa y venosa erguida como un cetro real. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso caliente, la piel aterciopelada sobre acero. "Chúpamela, Marisol, como la Magdalena al Señor", pidió con voz jadeante. Obedecí, arrodillándome, mi boca envolviéndolo en calor húmedo. Saboreé su pre-semen salado, moviendo la lengua en círculos, mientras él gemía "¡Sí, así, pinche diosa!". El sonido de su placer, ronco y animal, me empapaba más.

La tensión subía como mariachi en bodas, gradual, irresistible. Lo empujé a la cama y me subí encima, frotando mi coño mojado contra su polla dura. "Te quiero adentro, cabrón", le dije, guiándolo a mi entrada. Despacio, centímetro a centímetro, me llenó, estirándome deliciosamente. El olor a sexo nos rodeaba, sudor perlando nuestras frentes, pieles chocando con palmadas húmedas. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, mis tetas botando al ritmo.

En mi cabeza, las palabras del libro danzaban: pasiones desordenadas, biblia de pecados que sanan el alma. ¿Por qué negarnos esto si Dios nos dio cuerpos para gozar?
Aceleré, mis caderas girando como en baile de son jalisciense, sus manos apretando mis nalgas carnosas. Él embestía desde abajo, profundo, golpeando mi punto G con precisión. "¡Me vengo, Juan! ¡Chíngame más fuerte!", grité, y el orgasmo me sacudió como terremoto, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, llenándome con chorros calientes de semen, nuestros cuerpos temblando en éxtasis compartido.

Nos quedamos así, jadeantes, el silencio roto solo por nuestro respirar entrecortado y el lejano ladrido de perros callejeros. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso en mis muslos. Me acurruqué en su pecho velludo, oliendo su sudor masculino mezclado con mi esencia. "Eres mi biblia viva, Marisol", murmuró, besándome la frente. Reí suave, trazando círculos en su piel. Las pasiones desordenadas de ese libro ya no eran solo palabras; eran nuestra realidad, un secreto ardiente que nos unía más que cualquier voto.

Al amanecer, con el sol tiñendo las colchas de oro, nos vestimos entre besos perezosos. Él se fue por la ventana como ladrón de corazones, pero su promesa quedó: "Volveré esta noche, para más versos pecadores". Cerré el libro, su portada áspera bajo mis dedos, y sonreí. En Guadalajara, entre tortas ahogadas y tequilas, había encontrado mi fe verdadera: el placer consensual, el amor que enciende el alma. Y así, con el eco de sus gemidos en mis oídos, supe que las pasiones desordenadas biblia eran mi nuevo evangelio.

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